“Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”. (George Orwell, 1984)
Era el año 1986 y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) —proyecto político que había iniciado como un faro de luz y esperanza redentora para toda la humanidad, en 1917— se hallaba al borde del colapso. Nada funcionaba: las instituciones públicas eran ineficientes y corruptas, las filas en las tiendas que presentaban una gigantesca escasez de productos eran interminables, la represión social y política era más brutal que nunca, etc. Y entonces, sucedió lo impensable: el 26 de abril de ese mismo año tuvo lugar un terrible accidente en la central nuclear Vladímir Illich Lenin, ubicada en el norte de Ucrania, a dieciocho kilómetros de la ciudad de Chernóbil y a diecisiete kilómetros de la frontera con Bielorrusia.
En ese momento, el dirigente máximo de la URSS —el secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS)— era Mijaíl Serguéievich Gorbachov (1931-2022), abogado y político ruso, que había asumido sus funciones el año anterior. Gorbachov pretendía encabezar una serie de reformas para flexibilizar la economía soviética y restaurar las libertades democráticas, conocidas como perestroika y glasnost, respectivamente. Sin embargo, el incidente de Chernóbil puso en movimiento unos convulsos acontecimientos políticos que conducirían a la crisis final del sistema soviético.
En el año 1991, entre los días 19 y 21 de agosto, un grupo de miembros de “línea dura” del gobierno y de los servicios de inteligencia del Estado —conocidos por sus siglas KGB— efectuaron un intento de golpe contra Gorbachov, pues consideraban que sus reformas habían ido demasiado lejos. Aunque fueron detenidos antes de lograr su cometido, la popularidad del PCUS se vio fuertemente afectada por estos sucesos. El 8 de diciembre de 1991, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia —Boris Yeltsin (1931-2007), Leonid Kravchuk (1934-2022) y Stanislav Shushkévich (1934-2022), respectivamente— firmaron el Tratado de Belavezha, que disolvió automáticamente el Tratado de Creación de la URSS, del año 1922.
Esta decisión no fue comunicada sino después de tomada a Gorbachov, cuyas reformas apuntaban a transitar de una economía supuestamente “socialista” hacia un modelo más semejante al chino, tras el gobierno de Deng Xiaoping (1904-1997). Como primer presidente de la recién creada Federación de Rusia, Yeltsin rápidamente procedió a empujar las reformas económicas al límite, empleando la “terapia de choque” neoliberal apresuradamente, bajo el liderazgo del economista estadounidense Jeffrey D. Sachs (n. 1954). Estos bruscos cambios contribuyeron a terminar de colapsar los sistemas agrícolas e industriales del país, generando una hiperinflación brutal y miseria generalizada a lo largo y ancho de la nación.
Y fue en este contexto de incertidumbre y desesperación que eventualmente surgió una araña que terminaría por acaparar todo el poder para sí misma, tejiendo pacientemente su telaraña a lo largo de años y años, amparándose en un discurso agresivamente nacionalista, evocando ecos del antiguo “chovinismo ruso” de los zares y del traidor de la Revolución Rusa, José Stalin (1878-1953). El nombre de esta araña es Vladímir Putin (n. 1952). Estacionado en la Alemania Oriental como agente de la KGB en el año 1989, cuando colapsó el Muro de Berlín, Putin ascendió lentamente por la jerarquía de poder ruso hasta convertirse en el dictador todopoderoso que es hoy en día.
Producto de las privatizaciones aceleradas prescritas por Sachs —representante económico del gobierno de William Jefferson Clinton (n. 1946) en los Estados Unidos— y ejecutadas por Yeltsin, muchos antiguos integrantes del PCUS se enriquecieron ilícitamente de la noche a la mañana, convirtiéndose en los nuevos oligarcas de Rusia. Uno de estos oligarcas fue Putin, quien poco a poco fue amasando su poderío y eliminando a todos sus opositores y adversarios políticos y económicos.
El 24 de febrero de 2022, el dictador ruso ordenó la invasión de Ucrania, bajo el pretexto de “combatir el fascismo” y “proteger a su país de las agresiones de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN)”, entre otras excusas. Ahora sabemos que, en realidad, es Putin quien ha estado apoyando grupos y organizaciones neonazis en todo el planeta y a lo interno de Ucrania.[i] El motivo real de las acciones sanguinarias de este tirano parecieran ser hacerse con el control del gas, el petróleo, las tierras raras y demás minerales preciosos que yacen bajo el suelo ucraniano, a la vez que desestabiliza a sus enemigos históricos en su desenfrenada búsqueda de poder.
A lo interno de su país, Putin ha desencadenado brutales represiones y represalias contra todos sus opositores políticos, contra los movimientos sociales y contra la izquierda, consolidando profundamente su régimen antidemocrático por décadas. Según el filósofo francés Étienne Balibar[ii], uno de los objetivos principales de Putin es recrear el imperio zarista y reivindicar la figura de Stalin contra la de Vladímir Lenin (1870-1924) y León Trotski (1879-1940), máximos dirigentes del proceso revolucionario ruso de inicios del siglo XX. Estas manipulaciones son evidentes en las continuas disputas por determinar el destino del cadáver de Lenin, que yace en un mausoleo en Moscú, la capital rusa; así como en las pretensiones del tirano de prohibir la posesión y lectura de las obras de Lenin.
El pasado 14 de febrero de 2025, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) advirtió sobre un misil ruso que dañó el escudo protector en la vieja central nuclear Vladímir Illich Lenin, donde ocurrió el nefasto accidente de Chernóbil.[iii] Resulta que este daño ha inhabilitado la protección contra la radiación por la cual este escudo fue construido en primer lugar. Este inesperado, irónico y cruel giro de la historia nos recuerda que el neoimperialismo ruso es una temible fuerza contemporánea que no se detendrá ante nada, hasta no haber conquistado toda la región del Báltico y aniquilado por completo al valiente y resistente pueblo ucraniano.
[i] Rusia recurre a grupos neonazis para sabotajes en Ucrania y algunos países de la OTAN
[ii] Étienne Balibar: “El pacifismo no es una opción” – ANRed
[iii] El ataque en Chernóbil subraya los riesgos persistentes para la seguridad nuclear | Noticias ONU
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