Las nominaciones a los 98ª Premios de la Academia ya están sobre la mesa, y con ellas se presenta la encrucijada que siempre nos ofrece este certamen: ¿reflejan estas candidaturas realmente lo mejor del cine contemporáneo o son, más bien, un manifiesto de tensiones entre industria, reputación y arte? Lo cierto es que la lista de nominados abre un abanico narrativo y geográfico que merece celebrarse, cuestionarse y, sobre todo, discutirse.
- Entre récords y contradicciones
El dato que encabeza todos los titulares es histórico: Sinners, el thriller vampírico de Ryan Coogler, ha hecho historia al obtener 16 nominaciones, más que cualquier otra película en la historia de los Óscar —superando los 14 de títulos como Titanic o La La Land. Esta gesta estadística es fascinante, no solo por lo numérico, sino porque refleja cómo una película que mezcla géneros populares puede dominar tanto los apartados creativos como técnicos.
Pero aquí viene una primera contradicción: la cantidad no siempre equivale a calidad. Que Sinners lidere la carrera no significa necesariamente que sea el pináculo del arte cinematográfico del año, sino quizás un síntoma de lo que Hollywood prefiere premiar —grandes apuestas con mensaje social integrado en estructura de género.
Y en paralelo a esto, películas de perfil más autoral como Sentimental Value o Hamnet (la adaptación del clásico de Chloé Zhao), aparecen con fuerza en las categorías mayores, lo que demuestra que la Academia sigue abriendo espacio para apuestas narrativas más delicadas y personales.
- Frankenstein y mi decepción personal
No puedo disimularlo: ver Frankenstein de Guillermo del Toro en la lista de nominados a Mejor Película y Mejor Guion Adaptado fue para mí un golpe —no de entusiasmo, sino de incredulidad. La película, que ha polarizado opiniones, representa lo que considero lo peor que vi en 2025: una obra visualmente grandiosa, pero narrativamente desarticulada, que falla a la hora de transformar ambición en significado.
Aquí hay una lección interesante sobre los Óscar: muchas veces la reputación de un autor, su trayectoria y la maquinaria industrial detrás de un proyecto pueden pesar más que la experiencia estética o emocional que la película en sí entrega al espectador. Y no hablo desde la anécdota personal: hablo de una sensación compartida por críticos y público que esperaban más sustancia y menos artificio.
Si Frankenstein es un monstruo, no es el que conocíamos: es la encarnación de expectativas desmedidas que no logran encontrar una pulso dramático coherente.
- Dirección y guion: un foco en la forma y la voz
Hay nominaciones que, independientemente de gustos personales, son imposibles de ignorar por su solvencia creativa:
- Chloé Zhao, nominada por Hamnet, sigue consolidando un estilo que hace del silencio y la contemplación un lenguaje poderoso.
- Paul Thomas Anderson, por One Battle After Another, representa la máxima expresión de un cinema de autor capaz de tejer densidad narrativa y emoción sin concesiones.
- Joachim Trier (Sentimental Value) aporta sensibilidad europea: un cine sobrio y humano, lejos de la grandilocuencia industrial.
- Ryan Coogler, con Sinners, pone sobre la mesa cómo el cine de género puede dialogar con problemas históricos y sociales sin perder tracción narrativa.
En el terreno del mejor guion, la presencia de títulos como Blue Moon, Marty Supreme o One Battle After Another indica que, más allá de la forma, hay preocupación por historias que articulan conflictos internos y sociales de manera aguda.
Aquí es donde creo que el cine contemporáneo vuelve a demostrar su grandeza: no solo busca entretener, sino pensar, cuestionar y traducir la complejidad de nuestro tiempo en lenguaje audiovisual.
- El elogio que Hollywood necesita escuchar: cine internacional
Si hay un apartado donde de verdad siento que los Óscar pueden aspirar a ser una verdadera fiesta global, es el de Mejor Película Internacional. Este año, títulos de Brasil, Francia, Noruega, Túnez y España (Sirat, de Óliver Laxe) compiten por el galardón.
Quiero decirlo con claridad: el mejor cine del momento no se hace en Hollywood. Esa afirmación puede sonar polémica, pero está respaldada por una riqueza narrativa, estética y política que se ve con fuerza en producciones que no entienden el cine como producto sino como conversación cultural. Películas como Sentimental Value o The Secret Agent (Brasil) —ambas nominadas en largas listas de candidaturas y capaces de hablar de realidades locales con resonancia global— son prueba de ello.
Estas películas, a menudo hechas con presupuestos más modestos y con voces que emergen de contextos específicos, desafían el cine hegemónico al proponer nuevas formas de narrar, sentir y compartir experiencias humanas universales.
- Un Oscar plural, imperfecto y necesario
El panorama de los Óscar 2026 es, en muchos sentidos, emblemático de nuestro tiempo cinematográfico: una mezcla de espectáculo, autoría, industria y globalidad. Hay elecciones que critico con firmeza —como la inclusión incuestionada de Frankenstein en categorías mayores— y otras que celebro con entusiasmo, especialmente las que muestran que el cine internacional está viviendo una etapa de plenitud creativa.
Si algo nos enseña esta temporada, es que el cine sigue siendo un territorio de tensión fértil: entre lo comercial y lo artístico, entre lo local y lo global, entre lo que vemos y lo que nos conmueve. Y aunque los Óscar no definan por completo qué es “el mejor cine”, sí nos invitan a mirarlo, debatirlo y, sobre todo, disfrutarlo con atención crítica e imaginación abierta.
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