En momentos de miedo, la reacción es pedir más fuerza. Es comprensible. Pero hay una verdad incómoda: la seguridad construida fuera de la ley termina produciendo más desorden, porque los mecanismos utilizados para disuadir el delito pueden terminar reproduciendo las mismas violaciones que se pretende combatir.

La seguridad ciudadana no es solo la reducción del delito. Es la posibilidad de vivir sin miedo y de confiar en que las reglas funcionan. Esa confianza no se impone, se construye. Y esa construcción exige un compromiso real del Estado con el fortalecimiento institucional, la transparencia en el manejo de los recursos públicos y la aplicación efectiva de sanciones frente a hechos de corrupción debidamente comprobados. Es esa coherencia la que moldea la percepción ciudadana y fortalece la credibilidad del sistema.

La experiencia comparada lo confirma. Japón y Suiza han apostado por la prevención, la disciplina social y la fortaleza institucional, logrando altos niveles de cumplimiento de la ley y confianza ciudadana. Su principal fortaleza radica en la consistencia del sistema: normas claras, instituciones que funcionan y una cultura de respeto al orden jurídico. Sin embargo, estos modelos descansan en condiciones sociales, educativas e históricas que no siempre son replicables en otros contextos.

Por su parte, El Salvador, en su contexto reciente, ha privilegiado una respuesta más intensa frente al crimen organizado, logrando una reducción significativa de ciertos índices delictivos. No obstante, este enfoque ha generado debates sobre el alcance de las medidas adoptadas y su impacto en las garantías fundamentales, lo que plantea interrogantes sobre su sostenibilidad a largo plazo dentro del marco del Estado de derecho.

Modelos distintos, con resultados y tensiones propias, pero una misma lección: la seguridad no se construye copiando experiencias ajenas. Se construye entendiendo qué funciona, evaluando sus límites y adaptándolo a la realidad institucional, social y constitucional de cada país. En otras palabras, no se trata de importar soluciones, sino de desarrollar un modelo propio, basado en criterios objetivos y ajustado a nuestras condiciones.

La inseguridad no se manifiesta únicamente en la consumación del delito. También se expresa en la violación cotidiana de la ley. El irrespeto a las normas de tránsito, normalizado en muchos espacios; la circulación en vía contraria; la desobediencia a señales básicas; y las infracciones en túneles y elevados son manifestaciones claras de desorden. Esta realidad no solo refleja desorden social, sino que impacta directamente en la seguridad jurídica.

Lo mismo ocurre en el ámbito ambiental: la depredación de áreas protegidas, la tala indiscriminada de árboles y la contaminación de ríos y cañadas evidencian prácticas que vulneran el orden jurídico. Estas conductas no son hechos aislados, sino el reflejo de una cultura de incumplimiento, muchas veces sostenida por la ausencia de consecuencias efectivas.

Cuando las normas se incumplen de manera constante y no generan consecuencias, la ley deja de ser una referencia confiable. El ciudadano ya no sabe a qué atenerse ni puede prever cómo actuará el sistema frente a una conducta determinada. En ese contexto, la incertidumbre sustituye a la norma y la confianza comienza a deteriorarse. Es precisamente ahí donde la seguridad ciudadana y la seguridad jurídica se conectan.

El punto no es elegir entre prevención o represión. Ambas son necesarias. La prevención reduce las causas del delito; la represión, cuando es legítima, establece consecuencias. Separarlas es un error. Desbalancearlas, también.

Prevenir implica educación cívica, intervención comunitaria, políticas sociales sostenidas y el uso inteligente de la tecnología. Es actuar antes de que el delito ocurra. Reprimir, por su parte, implica la respuesta legítima del Estado frente al delito cometido: identificar al responsable, investigarlo con eficacia, someterlo a un proceso con todas las garantías y, en caso de responsabilidad comprobada, imponer una sanción proporcional. No es actuar sin límites, sino, actuar correctamente dentro de la ley.

Cuando la prevención falla y la represión es débil, aparece la impunidad. Y la impunidad no solo incrementa el delito: destruye la confianza en el sistema y debilita la propia idea de justicia.

En la República Dominicana, el problema no es solo la criminalidad. Es también el funcionamiento del sistema. Una investigación limitada, procesos inconsistentes y sanciones desiguales generan un doble efecto: inseguridad en las calles e inseguridad en el derecho.

La inseguridad jurídica surge cuando la ley deja de ser previsible, cuando no se aplica igual para todos, cuando el resultado depende más de la persona que de la norma. En ese punto, el miedo y la desconfianza se encuentran. Y cuando se encuentran, el Estado comienza a debilitarse.

Frente a esta realidad, la tentación es clara: más fuerza, menos límites. Pero ese camino tiene un costo. Un Estado que actúa fuera de la ley pierde legitimidad. Y sin legitimidad, ninguna política de seguridad puede sostenerse en el tiempo.

La Constitución no es un obstáculo. Es la regla del juego. Es la que fija los límites del poder, pero también la que le otorga validez. La legalidad, el debido proceso, la proporcionalidad y el control judicial no frenan la seguridad: la hacen posible dentro de un marco legítimo.

El desafío, entonces, es más exigente: construir seguridad dentro del derecho. Esto implica fortalecer las instituciones, mejorar la capacidad de investigación, reducir la impunidad y sostener políticas de prevención de manera continua y articulada. Pero, sobre todo, exige coherencia: que la ley se aplique siempre, sin excepciones, sin privilegios y sin selectividad.

Porque al final, la diferencia es clara: la seguridad que se impone desde el miedo es inestable y pasajera; la seguridad que se construye desde el derecho genera confianza, orden y permanencia. Y es precisamente esa permanencia la que define la verdadera fortaleza de un Estado.

José Miguel Vásquez García

Abogado

Egresado como Doctor en derecho de la Universidad Autónoma de Santo Domingo Autor del libro de derecho “MANUAL SOBRE LAS ACTAS Y ACCIONES DEL ESTADO CIVIL”. Especialista en materia electoral y derecho migratorio Maestría en derecho civil y procesal civil Maestría en Relaciones Internacionales Maestría en estudios electorales Cursando el Doctorado en la Universidad del País Vasco: Sociedad Democracia Estado y Derecho. Coordinador de maestría de Derecho Migratorio y Consular en la UASD Maestro de grado actualmente en la UASD Ex consultor Jurídico de la Junta Central Electoral 2002-2007 Abogado de ejercicio. Delegado político nacional del PRD 2012-2020

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