Durante las últimas semanas, el mercado energético ha estado en el ojo del huracán. La pérdida de aproximadamente 14,4 millones de barriles diarios de producción de crudo de los países del Golfo en abril, a causa del cierre del Estrecho de Ormuz, ha sido compensada en parte por el vaciado de reservas y otros alivios temporales. Aunque partes de África y Asia han sufrido escaseces, en gran parte del mundo desarrollado —más allá del aumento de los precios de los combustibles y los billetes de avión— la vida ha seguido con relativa normalidad. Pero se acerca un punto crítico. La Agencia Internacional de Energía advirtió la semana pasada que los inventarios de petróleo se están agotando a un ritmo récord. En las próximas semanas se avecinan nuevas escaseces en los países pobres y subidas de precios en los ricos. Gobiernos, empresas y consumidores deben estar preparados.
Cierta reducción del consumo ha aliviado la presión hasta ahora, junto con algunos incrementos en la oferta. Había más petróleo de lo habitual en alta mar cuando comenzó la guerra con Irán; los productores del Golfo habían aumentado su producción al intuir el peligro. La liberación de un récord de 400 millones de barriles de reservas estratégicas de petróleo, anunciada por los países de la AIE en marzo y ejecutada a un ritmo de 2,3 millones de barriles diarios desde mediados de abril, ha sido de gran ayuda. Estados Unidos ha estado exportando más crudo y China importando menos. Y las refinerías han estado consumiendo sus existencias en lugar de comprar petróleo más caro.
Pero la AIE estima que el mundo ha estado consumiendo unos 6 millones de barriles diarios más de los que se producen. Las reservas mundiales de petróleo siguen reduciéndose a un ritmo récord, mientras que algunos incrementos de oferta se están agotando. El petróleo que se encontraba en alta mar fuera de Ormuz ya ha sido entregado, y las existencias de las refinerías menguan.
La gran liberación de reservas estratégicas partía de la premisa de que Ormuz volvería a abrirse en pocas semanas; una vez que concluya dicha liberación, los gobiernos que habrán vaciado alrededor de un tercio de sus anteriores reservas de 1200 millones de barriles serán reacios a seguir drenando existencias con demasiada rapidez. Las compañías petroleras, los operadores y las refinerías aún poseen más de 3000 millones de barriles, pero una gran parte está inmovilizada en sistemas operativos y, por tanto, no está disponible para su liberación. JPMorgan estima que los inventarios comerciales de petróleo en los países de la OCDE podrían acercarse a «niveles de estrés operativo» a principios de junio.
El precio del Brent, en torno a los 109 dólares por barril el viernes, ha bajado desde su pico de más de 120 dólares, aunque sigue siendo más de un 60 % superior a los niveles anteriores a la guerra. Los precios se han moderado por las esperanzas de un acuerdo entre Estados Unidos e Irán para reabrir el estrecho. Eso parece cada vez más improbable en el corto plazo. Incluso si un avance rápido permitiera reanudar el tráfico marítimo, podría llevar hasta finales de año reabrir el estrecho por completo y normalizar la producción del Golfo.
Por eso los precios tendrán que subir para frenar la demanda, con los consumidores compitiendo potencialmente por unos suministros cada vez más escasos. Los mercados más tensos están surgiendo no en el crudo, sino en los productos refinados, como el combustible de aviación y el diésel. Aunque las refinerías han aumentado la producción de combustible para aviones, una fuerte caída de los suministros de Oriente Medio ha reducido los inventarios clave europeos por debajo de los mínimos de los últimos cinco años. El diésel, vital no solo como combustible para vehículos sino también para la agricultura y la industria, podría experimentar fuertes subidas de precio en Europa y escaseces en África.
La AIE señala que casi 80 países han adoptado ya medidas de emergencia ante el inminente punto de inflexión. Las economías en desarrollo podrían ser las más afectadas; los cuantiosos subsidios que han utilizado para proteger a los consumidores de las subidas de precios mundiales serán cada vez más insostenibles.
Pero los países europeos que han priorizado el apoyo a la demanda de los consumidores mediante medidas como las rebajas fiscales a los combustibles también tendrán que adoptar —como ya han hecho muchos de sus homólogos asiáticos— medidas más contundentes para conservar la energía, por ejemplo, fomentando el teletrabajo o el uso del transporte público. Cada vez más países van a tener que aprender a vivir dentro de sus más limitados medios energéticos.
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