Los filósofos de la Ilustración postularon la naturaleza contractual de la sociedad. Jean Jacques Rousseau sostuvo, en El contrato social, la limitación de las voluntades individuales al servicio de una Voluntad General o interés común. En otras palabras, la libertad del orden civil reemplaza la libertad natural y se constituye en fundamento de la justicia social.
Por su parte, John Locke, en El segundo tratado sobre el gobierno civil, concibió el contrato social como un acuerdo libérrimo entre los ciudadanos para garantizar lo que consideraba eran tres derechos naturales: la vida, la libertad y la propiedad privada. De este modo, Locke se convirtió en uno de los padres del liberalismo político.
Así, desde la perspectiva ilustrada, la legitimidad del Estado proviene de un contrato tácito entre ciudadanos reconocidos como libres e iguales. Desde un punto de vista formal, y en muchos aspectos factuales, el paradigma ilustrado se contrapuso al principio del derecho divino y a cualquier tipo de absolutismo. La libertad personal es incompatible con las monarquías.
Por su parte, la Ilustración Obscura propone una defensa de la libertad personal y, al mismo tiempo, quiere abolir la democracia, el modelo político producto de la Ilustración y a la que considera opuesta a la realización individual.
El núcleo de las diferencias entre ambos paradigmas se encuentra en el concepto de libertad que sustentan ambos. Para la Ilustración, la libertad está indisolublemente vinculada a la noción de límite. Solo la existencia de bordes posibilita la comprensión y el ejercicio de la libertad. Sin límites no existe libertad alguna, sino, en palabras de Hegel, “el capricho de la naturaleza”. (Fenomenología del espíritu).
Al mismo tiempo, la libertad se vincula al principio de igualdad. De ahí el vínculo entre el pensamiento ilustrado y el reconocimiento universal de los derechos humanos, aunque, en la práctica, esto no impidió las exclusiones reales de carácter racial, cultural y de género.
En cambio, el pensamiento de la Ilustración Obscura ve el límite como obstáculo, represión y, sobre todo, como ralentización. Es un movimiento que fetichiza la aceleración, el movimiento infinito de la innovación tecnológica. Se resiste a la pausa, concebida como retroceso y coacción a la libertad creadora.
A su vez, la Ilustración Obscura desvincula la libertad de la igualdad porque defiende el darwinismo social. Ve la humanidad sometida a una jerarquía natural de individuos superiores que se imponen sobre los más débiles. Por ello, resulta incompatible con la democracia y con cualquier concepción ética que se centre en la empatía y el cuidado de los otros.
La Ilustración concibió la libertad como un bien espiritual y político. Eso la hace relacional, nos vincula y nos regula desde el punto de vista ético. Este límite, representado en el orden civil, se concretiza en las instituciones y hace posible la convivencia ciudadana.
Por el contrario, la Ilustración Obscura piensa la libertad como un bien no relacional, en los términos del capitalismo neoliberal y libertario, como libertad de consumir. Por consiguiente, no ve contradicción entre una comunidad de hombres libres y una monarquía dirigida por un CEO no sometido a regulaciones de carácter ético.
La Ilustración es parte del legado del pensamiento democrático. La Ilustración Obscura, fundamento para un pensamiento neoautoritario, representa un retroceso en los derechos adquiridos de la humanidad y en la ética del cuidado que nos debemos como seres humanos. No constituye, como postula Peter Thiel, el escape de la política, sino la instauración tecnocrática de una política de la crueldad.
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