El poder, cuando pierde sentido ético, suele desarrollar relaciones instrumentales. Mira a las personas desde la conveniencia, calcula sus movimientos, mide sus lealtades y convierte los vínculos humanos en simples piezas de utilidad. Se cree invulnerable, se endurece frente a la crítica y, en ocasiones, adopta la forma del cinismo.

La historia política y empresarial está llena de ejemplos de esa frialdad. Dictaduras que comenzaron prometiendo redención terminaron persiguiendo toda disidencia. Líderes rodeados de aduladores terminaron desconectados de la realidad social. Grandes corporaciones han despedido miles de trabajadores únicamente para satisfacer indicadores financieros o aumentar el valor de sus acciones. Incluso en espacios religiosos, comunitarios o familiares, el poder puede asumir formas autoritarias cuando se pierde la empatía y la capacidad de escuchar.

Pero el poder también puede ser una oportunidad para transformar, servir, incidir positivamente, abrir caminos y dejar huellas. Todo depende de si se ejerce como dominio sobre los demás o como responsabilidad frente a la historia.

Existen diferentes ejemplos. Nelson Mandela utilizó el poder para promover la reconciliación después de décadas de odio racial en Sudáfrica. José Mujica, en Uruguay, convirtió la austeridad y la sencillez en un mensaje ético frente a la política tradicional. El papa Francisco insistió en que el liderazgo debe estar vinculado al servicio, a la cercanía humana y a la defensa de los excluidos. Son ejemplos que muestran que la autoridad no necesariamente tiene que deshumanizar.

Con frecuencia, el poder termina aislando. A medida que aumentan las posiciones de autoridad, disminuyen las voces sinceras alrededor de quienes las ejercen. Muchos comienzan a decir únicamente aquello que saben que el líder desea escuchar y no lo que realmente necesita oír. Se crea entonces una especie de burbuja donde la adulación sustituye la crítica, la obediencia desplaza la reflexión y el desacuerdo se percibe como una amenaza. En ese ambiente, la distancia humana se convierte en un mecanismo de protección y el poder empieza a desconectar a las personas de la realidad concreta del sufrimiento, de las necesidades colectivas y de la sensibilidad social.

No es casual que numerosos gobernantes, empresarios, líderes religiosos y dirigentes de organizaciones hayan cometido errores graves precisamente en los momentos de mayor poder. Cuando desaparecen los contrapesos, se debilita la capacidad de autocrítica. El dirigente comienza a confundirse con el cargo, a creer que sus decisiones son siempre correctas y a interpretar cualquier cuestionamiento como un acto de deslealtad. La historia demuestra que muchos líderes no fueron derrotados por sus adversarios, sino por el aislamiento, la soberbia y la incapacidad de escuchar voces diferentes de las propias.

Los liderazgos que verdaderamente trascienden son aquellos capaces de conservar humanidad en medio de la autoridad. Son quienes entienden que dirigir no significa humillar, imponer o controlar, sino inspirar, construir confianza y generar bienestar colectivo. La historia suele recordar menos a quienes acumularon poder para avasallar y más a quienes lo utilizaron para dignificar la vida de los demás y abrir oportunidades para las futuras generaciones.

Bernardo Matías

Antropólogo Social

Bernardo Matías es antropólogo social y cultural, Master en Gestión Pública y estudios especializados en filosofía. Durante 15 años ha estado vinculado al proceso de reformas del sector salud. Alta experiencia en el desarrollo e implementación de iniciativas dirigidas a reformar y descentralizar el Estado y los gobiernos locales. Comprometido en los movimientos sociales de los barrios. Profesor de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, la Universidad Autónoma de Santo Domingo –UASD- y de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales –FLACSO-. Educador popular, escritor, educador y conferencista nacional e internacional. Nació en el municipio de Castañuelas, provincia Monte Cristi.

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