"Por todas partes se advierten indicios de que la naturaleza protesta cuando se le viola y no se le ama. Si esto sigue adelante, la víctima puede morir de amargura e indignación, y con ella todos aquellos a quienes alimenta". Peter Tompkins.
San Juan vive hoy una peligrosa ilusión.
Se ha querido hacer creer al pueblo que la amenaza minera se detuvo, que el peligro pasó, que la tranquilidad regresó a las montañas y a los ríos. Pero la verdad parece ser otra: la fiera sigue viva… y está herida.
Y no hay criatura más peligrosa que aquella que se siente acorralada.
La suspensión anunciada por el presidente no equivale a una cancelación definitiva del proyecto minero. No es el cierre de una puerta. Es apenas una pausa incierta. Una pausa que, según denuncian comunitarios de la zona, ni siquiera ha sido respetada plenamente.
Mientras el pueblo esperaba calma, continúan reportándose movimientos, trabajos y acciones intimidatorias vinculadas a la empresa minera. Ya se habla de carreteras destruidas para impedir el paso de los lugareños. Ya circulan denuncias alarmantes sobre persecuciones contra personas que grababan lo que ocurría en el lugar. Dominicanos perseguidos en su propia tierra por intentar documentar lo que sucede en las montañas de San Juan.
Y la pregunta es inevitable:
¿Quién protege al pueblo?
Porque cuando una comunidad comienza a sentir miedo de denunciar, cuando grabar se convierte en un riesgo, cuando el campesino tiene que mirar hacia atrás antes de hablar, entonces el problema deja de ser ambiental y se convierte también en moral, social y humano.
San Juan no está luchando solamente contra una explotación minera.
Está luchando por su agua.
Por su tierra.
Por su derecho a existir sin miedo.
Hay quienes intentan reducir este conflicto a números, inversiones y promesas de desarrollo. Pero el verdadero desarrollo jamás puede construirse sobre el temor de las comunidades ni sobre la destrucción de la vida agrícola de una provincia que alimenta al país.
La historia latinoamericana está llena de pueblos que fueron convencidos con discursos brillantes mientras perdían silenciosamente sus ríos, sus cosechas y su futuro.
El 14 de septiembre de 2015, en la mina de Veladero, Argentina, propiedad de la Barrick Gold, una cañería de cianuro tuvo una ruptura y un importante derrame ocurrió, y la gente del pueblo decidió tomar únicamente agua mineral y no mandar a sus hijos al colegio. El gobierno prohibió el consumo de agua que no fuera mineral; además, presentaron una denuncia penal contra la empresa por el daño ambiental en que había incurrido. Tres días después, la justicia dispuso la clausura temporal de la mina.
En 2015, la justicia de Argentina procesó a nueve ejecutivos de la minera por ese derrame. La canadiense Barrick Gold vertió un millón de litros de agua con cianuro cerca de un pueblo.
El 17 de septiembre de 2020, la justicia chilena cerró definitivamente el proyecto aurífero Pascua Lama por los daños ambientales causados en la frontera entre Chile y Argentina, enterrando así la intención de la minera canadiense Barrick Gold de construir la mina de oro y plata a cielo abierto más grande del mundo.
Y por eso San Juan desconfía.
Porque sabe que muchas veces el oro deja riqueza para unos pocos y cicatrices para generaciones enteras.
El valle de San Juan no es simplemente una zona explotable marcada en un mapa corporativo. Es una tierra viva. Una tierra sembrada de memoria campesina, de trabajo honrado, de agua que baja de las montañas y hace posible la vida.
Por eso preocupa profundamente que, aun después de una disposición presidencial de suspensión, continúen ocurriendo hechos que parecen desafiar la autoridad del Estado y aumentar la tensión en la zona.
Una suspensión que no se respeta deja de ser tranquilidad y se convierte en incertidumbre.
Y la incertidumbre, cuando hay intereses tan grandes en juego, puede transformarse en peligro.
Y lo más doloroso para muchos sanjuaneros es comprender que detrás de este proyecto no solamente existen intereses extranjeros. También hay participación y capital dominicano. Hay manos dominicanas beneficiándose de una amenaza que podría poner en riesgo el agua, la agricultura y la tranquilidad de su propio pueblo.
Eso hace la herida aún más profunda.
Porque una comunidad puede entender la ambición de corporaciones lejanas que solo ven cifras y minerales. Lo que cuesta aceptar es que hijos de esta misma tierra participen en decisiones que podrían comprometer el futuro de generaciones enteras.
Ninguna inversión debería valer más que la vida de un valle.
Ningún beneficio económico debería colocarse por encima del derecho de un pueblo a conservar su agua, sus montañas y su paz.
San Juan merece respuestas claras.
Merece saber si la explotación minera será cancelada definitivamente o si simplemente se está esperando el momento oportuno para retomarla cuando disminuya la presión social.
Porque los pueblos no viven de promesas ambiguas.
Viven de certezas.
Y mientras no exista una decisión definitiva, la herida seguirá abierta.
La fiera seguirá viva.
CUANDO SAN JUAN AÚN RESPIRA
San Juan no ha muerto…
pero ya le ronda la sombra.
No han llegado aún las máquinas,
pero ya se escuchan
en los papeles firmados en silencio,
en las manos que negocian la montaña
como si no tuviera memoria.
El río aún corre,
todavía canta su verdad entre las piedras,
pero hay quienes lo miran
como quien mide un botín,
como quien calcula cuánto vale
el agua convertida en ausencia.
¿No bastó Cotuí?
¿No fue suficiente ver la herida abierta
donde antes latía la vida?
Hoy repiten la historia
con otro nombre,
con otro disfraz,
con las mismas mentiras vestidas de progreso.
Pero San Juan no es cifra,
no es contrato,
no es subsuelo negociable.
San Juan es maíz,
es sudor campesino,
es niño descalzo corriendo entre los surcos,
es la fe sembrada en cada cosecha.
¿Quién se atreve a vender el agua
que aún no ha dejado de nacer?
¿Quién firma el permiso
para secar el mañana?
Que hablen ahora
los que tienen voz en los escritorios.
Que no se escondan
tras informes maquillados
ni discursos vacíos.
Porque la historia no olvida,
y la tierra tampoco perdona.
Aún estamos a tiempo,
aún respira el valle,
aún canta el viento entre los árboles.
No dejemos que el oro
nos cueste la vida.
No dejemos que San Juan
se convierta en recuerdo.
Hoy no escribo desde la herida,
sino desde la advertencia.
Porque el silencio de hoy
puede ser el lamento de mañana.
Y esta vez,
no podremos decir
que no lo sabíamos.
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