Cuando escuchamos la palabra “economía”, lo primero que se nos viene a la mente son los términos inflación, tipo de cambio, crecimiento, tasas de interés o política fiscal y monetaria. Sin embargo, el término “economía” ha tenido muchos cambios a lo largo de los siglos y no necesariamente han coincidido con el concepto técnico y científico que conocemos actualmente. Su evolución ha estado ligada a los cambios históricos que se han producido en la organización de la sociedad, el Estado, y el pensamiento político. Entender cómo ha cambiado el concepto de economía permite tener una mejor comprensión del papel que esta disciplina desempeña en el mundo contemporáneo.

La palabra “economía” proviene del griego oikonomía, que significa administración del hogar. En la Antigüedad, la economía era concebida como un conjunto de normas prácticas para gestionar recursos escasos dentro de una unidad familiar, no como una ciencia autónoma. Incluso algunos filósofos como Aristóteles, que reflexionaron sobre la producción, el intercambio y el uso del dinero, lo hicieron desde una óptica ética y política. No obstante, hacia finales del siglo XV comenzó a usarse la expresión “economía política”, en vez de “economía”, por los intelectuales del Renacimiento para referirse a los ensayos que tenían como objeto reflexionar sobre la administración del “hogar social” representado por los nuevos Estados. Pero este enfoque cambió profundamente en la Europa moderna. A partir del siglo XVII, la consolidación del Estado moderno, el fortalecimiento del poder soberano y la creciente necesidad de financiar ejércitos, burocracias y obras públicas transformaron de manera decisiva la reflexión económica. La economía dejó de referirse al hogar para convertirse en un problema central del Estado.

En ese momento surgieron los primeros intentos de institucionalización de la “economía política”, con la politización de la ciencia jurídica. El derecho se transformó en la base teórica del Estado soberano, abandonando la función que hasta ese momento tenía: regular las relaciones privadas. En consecuencia, el bienestar de la población y el funcionamiento eficaz de las instituciones pasaron a ser metas explícitas de los gobiernos. Pero para alcanzar dichas metas era necesario contar con una economía nacional sólida. Esto impulsó la necesidad de conocer y sistematizar los principios que regían la actividad económica. Desde ese momento, la expresión “economía política”, entendida como el conjunto de leyes que gobiernan la economía del Estado, comenzó a utilizarse de manera recurrente en vez del término “economía”, auspiciado, fundamentalmente, por una corriente de pensamiento económico denominada “mercantilismo”, que se caracterizó por otorgar al Estado un rol central en la regulación de la actividad económica con el objetivo de fortalecer el poder nacional. Aunque no fue una doctrina homogénea y en su aplicación hubo diferencias significativas entre los distintos países europeos, todos compartían algunas ideas clave: la importancia del comercio exterior, la acumulación de metales preciosos y la intervención del Estado en la economía.

Pero el hecho que consolidó el uso del término “economía política” fue la publicación, en 1615, del “Tratado de Economía Política” del economista francés Antoine de Montchrestien. Este texto es considerado el primer escrito en el que aparece de manera explícita dicha expresión. Aunque la obra no explicaba el funcionamiento de la economía en el sentido moderno. Mas bien, era una guía indicativa de cómo debía intervenir el poder público para garantizar el orden, la prosperidad y la fortaleza nacional. Esta orientación estatista reflejaba con claridad el espíritu del mercantilismo, particularmente del mercantilismo francés.

Dentro del contexto del mercantilismo, la economía era una herramienta de los gobiernos para garantizar el engrandecimiento del Estado, lo que marcaría el desarrollo posterior del pensamiento económico occidental. No obstante, a mediados del siglo XVIII el término “economía política” experimentó una transformación conceptual en algunos países mediterráneos de Europa, particularmente en Italia, donde la “economía” dejaba de ser una técnica al servicio de los gobiernos para convertirse en un saber orientado al estudio de las relaciones sociales y comerciales. De este cambio conceptual surgieron nuevas denominaciones como “economía civil” y “ciencia del comercio”.

Dos hechos marcaron dichos cambios: la creación de la primera cátedra de economía civil de Europa en la Universidad de Nápoles en 1754 y la publicación, en 1757, de la obra “Lezioni di commercio, o di economia civile (Lecciones de comercio o de economía civil)” de Antonio Genovesi, el máximo exponente de esta corriente. Genovesi concebía la economía como una ciencia moral y civil, que estaba estrechamente vinculada al bienestar de la sociedad. Para él, el comercio no era simplemente una fuente de riqueza material, sino un medio para fomentar la cooperación, la confianza y el progreso colectivo.

Esta nueva visión de la economía representó una ruptura parcial con el estatismo de la corriente mercantilista. Se reconocía la importancia de la iniciativa privada, las instituciones civiles y las normas sociales en el funcionamiento económico, a pesar de que el Estado seguía teniendo un papel preponderante en el mismo.

Los debates académicos de finales del siglo XVIII sentaron las bases para la aparición de la economía como disciplina científica en el siglo XIX. Las obras de los economistas clásicos Jean-Baptiste Say, David Ricardo, Thomas Malthus, James Mill, John Stuart Mill y Nassau William Senior consolidaron el uso del término “economía política” como el estudio sistemático de la producción, distribución y consumo de la riqueza.

Posteriormente, marginalistas y neoclásicos reformularon el análisis económico en términos de factores de producción y consolidaron la separación entre la “economía política” y la moral. Con ellos, la palabra “economía” comenzó a despojarse de su adjetivo político. En 1831, Richard Whately propuso la sustitución del término “economía política” por el de “cataláctica” por ser más expresivo del significado de ciencia del intercambio. Pero el término “economía política” siguió utilizándose en los análisis de la mayoría de los economistas marginalistas o neoclásicos (Roscher, Fawcett, Jevons, Cairnes y Walras). Fue Alfred Marshall que lo sustituyó en los títulos de sus trabajos, especialmente con la publicación, en 1890, de su transcendental obra “Principios de economía”. Sin embargo, la nueva denominación tardó en introducirse y no llegó a generalizarse ni siquiera en los autores neoclásicos posteriores.

Fue a partir de la década de 1930 que comenzó a extenderse el término “economía”, que inicialmente se utilizó para abanderar la reorientación que la escuela de pensamiento neoclásica significó respecto al concepto y al método de la ciencia. Este cambio terminológico no fue neutral. Al eliminarse la referencia explícita de la política, la economía comenzó a presentarse como una ciencia objetiva y técnica, separada de los conflictos de poder y de las decisiones colectivas. Sin embargo, la historia del término recuerda que la economía nació precisamente como una reflexión sobre la organización del Estado y la sociedad.

Los cambios mostrados por el término “economía” a través de siglos han ido más allá de cuestiones semánticas. Han sido el reflejo de cambios más profundos en la forma en que las sociedades han entendido los procesos de producción, la generación de riqueza y el papel del Estado. El concepto ha evolucionado junto con las necesidades y preocupaciones de las sociedades de cada época. Recuperar esta perspectiva histórica resulta relevante en un momento en que los debates económicos vuelven a estar cargados de implicaciones políticas y sociales. La economía nunca ha sido, ni puede ser, un saber neutral. Su propia evolución conceptual demuestra que siempre ha estado ligada a las grandes preguntas sobre el bienestar, el poder y el destino colectivo de las sociedades humanas.

Alexis Cruz Rodríguez

Economista

Doctor en Economía (Ph.D.) por la Universidad de Surrey, Inglaterra, con un Magíster en Economía Financiera de la Universidad de Santiago de Chile (USACH) y un Máster en Escritura Creativa en la Universidad de Salamanca. Es licenciado en Economía por el Instituto Tecnológico de Santo Domingo (INTEC). Tiene amplia experiencia en ministerios, bancos y organismos internacionales. En el ámbito académico ha impartido docencia en diversas universidades dominicanas y extranjeras. Ha sido director de la Escuela de Economía de la Universidad Católica Santo Domingo y de las maestrías en Economía Aplicada y Economía para Negocios de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra. Sus ensayos académicos han sido publicados en revistas especializadas de circulación internacional. Es autor de los libros Ceteris Paribus. Biografías de economistas dominicanos (2023) y Exchange arrangements, currency crises and macroeconomic performance (2022). Actualmente es viceministro de Economía en el Ministerio de Hacienda y Economía y anteriormente fue viceministro de Análisis Económico y Social del MEPyD.

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