En la actualidad, el tema que está concitando las mayores preocupaciones y los más encendidos debates políticos en las academias, los medios de comunicación convencionales y las plataformas digitales tiene que ver con la erosión progresiva del imaginario democrático y el resurgir de los gobiernos conservadores y autoritarios en América Latina.
Buena parte del debate público explica este fenómeno apelando a una tesis estructural: el auge de los gobiernos conservadores sería resultado de un complot geopolítico de la ultraderecha norteamericana —encarnada en el movimiento MAGA— que financiaría candidatos afines y desacreditaría a los gobiernos democráticos y progresistas desde los medios y las plataformas digitales.
Otras lecturas individualistas van más lejos, y le atribuyen a Donald Trump una influencia determinante sobre la región, sin advertir, como diría Carlos Marx en su dieciocho brumario, que en ese gesto no hacen sino engrandecer al individuo en lugar de empequeñecerlo.
Ambas interpretaciones comparten un mismo problema: le asignan al poder externo una capacidad estructural tan descomunal que termina por anular la historicidad, la resistencia y la agencia de las sociedades latinoamericanas, es decir, su capacidad de cambio y transformación propia.
El resultado es un relato unidimensional que explica la transición política de la región exclusivamente por la influencia estadounidense, sin detenerse en el contexto de las condiciones socioeconómicas, políticas, culturales y subjetivas de sus propios ciudadanos.
En un artículo anterior propusimos pensar el resurgimiento del autoritarismo —tanto de ultraizquierda como de ultraderecha— a partir de la relación compleja entre dos variables: una externa, que reconoce la influencia financiera, militar y mediática de Estados Unidos, y otra interna, ligada a las condiciones socioeconómicas y las trayectorias sociopolíticas de cada país, bajo el supuesto que una no se puede entender sin la otra. Los países se vuelven más vulnerables a la influencia externa cuando atraviesan grandes crisis internas, y viceversa.
Sin embargo, en este artículo, desde una perspectiva de la sociología cultural, nos interesa detenernos en la parte cultural, es decir en la erosión del imaginario democrático y la transmutación de los valores políticos de los ciudadanos latinoamericanos.
En las últimas décadas, las estadísticas socioeconómicas de los organismos regionales muestran que las sociedades latinoamericanas se han polarizados entre una élite política y empresarial que centralizan las grandes riquezas, una clase media profesional concentrada en las grandes ciudades y una mayoría de trabajadores precarizados con salarios por debajo de la canasta familiar.
En este contexto, se ha producido un incremento de la desconfianza de los ciudadanos en las instituciones políticas tradicionales como el Estado y los partidos, se ha desarrollado una cultura del individualismo utilitario, una lucha acelerada de todos contra todos, un deterioro de las instituciones sociales y una crisis de la cohesión e integración social, produciendo una transformación de los valores políticos de los ciudadanos latinoamericanos hacia el conservadurismo.
La erosión del imaginario democrático
¿Qué está pasando? Ya lo decía Max Weber: la política moderna democrática descansa, idealmente, en el ámbito racional de medios y fines del político profesional, en los procesos de deliberación racional, en la competencia legal electoral de los partidos, en la burocratización (eficientización) de la administración pública y la legitimación social del poder del Estado.
Pero cuando el imaginario político moderno no cumple sus promesas ni expectativas creadas como ha estado sucediendo se produce un vacío y pasamos de la acción racional de medios y fines a la acción emocional y tradicional. De la deliberación racional a la manipulación política. Del político democrático-profesional al liderazgo mesiánico.
De manera que, como diría Emilio Durkheim, la retórica conservadora autoritaria funciona como una ideología, un imaginario, una religión cívica funcional que, mediante la crítica a la falta de orden, de seguridad ciudadana, a la inmigración y la fragmentación de la sociedad promete acabar con el enemigo y salvar la sociedad.
Por tanto, lo que cohesiona a los movimientos conservadores no es un programa racional sino una experiencia emocional compartida. Los mítines, los símbolos, los colores -el gorro rojo de MAGA, las camisas de determinado color de futbol-, se constituyen en espectáculos, símbolos y rituales que producen euforia colectiva e integración cultural, dando lugar a varias figuras cuasi religiosas:
El líder mesiánico capaz de transformar el mundo
La retórica autoritaria alienta el voluntarismo carismático: el líder gobierna no porque tiene razón, sino porque representa una verdad trascendental. El líder es el portador de una verdad que no se argumenta sino que se revela. Trump, Bolsonaro, Maduro, Ortega, Milei, operan en esta lógica: su credibilidad no decrece con los errores factuales porque el vínculo con las masas de seguidores no es racional sino ideológico-emocional. Cada fracaso se reinterpreta como un complot, un sabotaje externo, cada crítica como persecución del enemigo.
La verdad auto-revelada
La retórica autoritaria produce su propio régimen de verdad: en este caso las noticias falsas no son simplemente mentiras estratégicas, son afirmaciones que de tanto repetirlas se convierten en dogmas (verdades sagradas) de autoconfirmación.
Los influencers digitales no buscan la verdad, la deliberación racional, ni explicar la complejidad de los procesos políticos, buscan seguidores mediante la resonancia emocional que produce la repetición al infinito de los bots y los algoritmos. En las redes sociales, lo que importa no es si algo es falso o verdadero, sino que utilizan cualquier recurso posible para fortalecer la identidad ideológica y la fidelidad de sus seguidores.
La construcción del enemigo
Toda ideología y/o religión, necesita una alteridad negativa, un enemigo, un “diablito” y un sistema de valores que defina los límites éticos, morales y políticos de la comunidad de los miembros. De manera que la retórica autoritaria construye sistemáticamente su propio enemigo absoluto: para la ultraderecha es el inmigrante, la élite globalista, el comunista, el progresista, para la ultraizquierda es el imperialismo norteamericano. El enemigo, en este caso, no aparece como una alteridad, el otro yo con quien negociar, crear puentes o deliberar racionalmente, sino como una amenaza que hay que destruir.
La democracia liberal moderna ha traído consigo un incremento de la complejidad, la inseguridad, la incertidumbre, los valores del individualismo y del multiculturalismo. La retórica conservadora, autoritaria, en cambio, promete exactamente lo contrario: simplicidad, orden, seguridad, certidumbre y los valores del comunitarismo, la homogeneidad cultural y un retorno a la tradición. Ahí radica buena parte de su fuerza de seducción.
De manera que el revivir del conservadurismo y el autoritarismo contemporáneo en la región latinoamericana en particular, no es una anomalía externa a la democracia liberal sino las que siempre regresa si no cumple su promesa, su sombra, su otra cara emocional: la búsqueda del eterno retorno al paraíso perdido, hacia un pasado-futuro idealizado que el líder mesiánico promete restaurar.
Ahora bien, si la erosión del imaginario democrático tiene raíces en la desigualdad social, la desconfianza institucional, la fragmentación social y el individualismo utilitario que hemos descrito, entonces su recomposición no puede depender de una vuelta a los valores tradicionales de la religión, de la búsqueda de la utopía comunista o de la nostalgia de un pasado histórico idealizado que nunca ha existido, sino de las luchas por la justicia social, la fortaleza institucional, la deliberación racional y el reconocimiento de los valores del multiculturalismo.
Compartir esta nota