Como dominicanos, solemos reproducir acríticamente expresiones, formas de pensar y maneras de estar en el mundo: sedimentos de un pensamiento que se nutre de miradas pasadas y se perpetúa por no problematizarse, por no tomarnos el tiempo de vernos en el espejo. Cuando pienso en «lo dominicano», me siento como intentando domesticar un animal extraño que vive en nuestras mitologías, que tiene como 200 brazos y quinientos colmillos.

La «dominicanidad» es un especie de campo de batalla donde posiblemente terminemos hechos pedazos por intentar preservar su idea bien acomodada en nuestro imaginario. Sin embargo, si bien es cierto que tenemos muchísimas cosas positivas, también tenemos nuestras sombras y bemoles, principalmente cuando se trata de nuestra relación con otros.

Aunque es más fácil —y menos problemático—, quedarnos con la idea de lo dominicano como espacio de generosidad, alegría y confraternidad, de abrazos en el aeropuerto y aplausos al aterrizar en Las Américas, el presente texto busca generar cierto grado de tensión, lo suficiente como para cuestionar la idea de «dominicanidad» que tenemos.

El rechazo por la diferencia

Las interacciones humanas encuentran momentos de tensión cuando aparecen anomalías en lo cotidiano de una conversación. En el flujo de ideas iguales, ciertas corrientes dominantes se suceden sin contratiempos hasta que alguien rompe ese flujo y propone otras maneras de pensar y pensarnos. La historia está llena de esa clase de personas que no se contentaron con aquello que aprendieron, ni vivieron su momento histórico con el optimismo tóxico de creer que todo tiempo futuro será mejor.

La expresión humana condensa todo un universo para ser leído y la más mínima interacción social puede revelarnos las grietas de nuestra cultura. Pienso en mi contexto dominicano y nuestra falta de voluntad para el diálogo. Dudo de que seamos capaces de conversar con respeto cuando se trata de diferencias ideológicas, religiosas o culturales. En momentos donde se presentan temas de notable complejidad que requieren detenernos, repensarnos, problematizarnos, permitirnos otra manera de asumirnos, mirarnos en el espejo y poner en tensión aquello que creemos ser, el dominicano se «alza», se «quilla», saca lo peor de sí. El otro se vuelve un enemigo que atenta contra la propia condición de sujeto. Por eso no es de extrañar que un motorista agreda con un casco a una mujer con quien tuvo una diferencia[1], o que ante un choque automovilístico, otro le rompa la cara con una piedra a un conductor del Sistema Nacional de Transporte Estudiantil (TRAE)[2].

Quizá estos ejemplos no sean los más «potables», ya que sería injusto pensarnos exclusivamente desde el paroxismo. Pero el asunto es que la falta disposición al diálogo deviene inevitablemente, en esa clase de violencia. Quizá sea mejor pensarnos en momentos de calma, donde el dominicano se revela «naturalmente». ¿Qué pasa cuando la expresión crítica se cruza con un dominicano? ¿Cuando el decir nuestra verdad públicamente es recibido con violencia? Me adelanto: basta escribir un ensayo como este y tocar ciertos temas como la dominicanidad para provocar las ronchas habituales. No hace falta haber tenido un choque automovilístico para que nuestros ofendidos te muestren su rostro más vil.

En el dominicano aparecen ciertas características recurrentes al intercambiar opiniones contrarias, sobre todo cuando se trata de pensar lo dominicano: tomarse todo personal, caer directamente en el insulto y la violencia —a falta de un entendimiento común—, o evitar la confrontación directa (muy rara esta última). Incluso las personas aparentemente más «cultas», pueden que sean retratadas en este texto. Sé que este ensayo generará, como es de esperar, su cuota de rechazo. Cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, sino parte de nuestra cultura.

Este es el momento en el que mis queridos lectores confirmarán mi hipótesis. Dirán: «este siempre está generalizando, poniendo el dedo en la llaga, por qué se mete con este tema», «este es un "enemigo interno", ¿qué agenda lo empuja? ¿Acaso es pro-haitiano? ¿Acaso es pagado por alguna organización internacional? ¿Acaso trabaja para el Estado? ¿Es este tipo realmente dominicano?». El asunto es que poner en tensión ciertas ideas es correr el riesgo del rechazo radical.

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Mena, Claudio. (2026). «Intercambio». Imagen libre de derechos generada con ChatGPT. Utilízala como te plazca

El cuestionamiento a la persona

En el 2016, durante el programa radial El Sol de la Mañana, estalló un debate entre el periodista Julio Martínez Pozo y el sociólogo Miguel D. Mena—miembro del jurado que otorgó el Premio Internacional Pedro Henríquez Ureña a Mario Vargas Llosa—, tras la polémica generada porque en su artículo «Los Parias del Caribe»[3], el escritor peruano había comparado la Sentencia 168-13[4] con leyes nazis [5]. Mientras Mena defendía la autonomía del jurado y el legado humanístico del premio, Martínez Pozo —productor de radio y televisión—, reducía la discusión a una cuestión de lealtad estatal: «siendo tú un funcionario del Estado dominicano, pagado por el Estado dominicano, andas calumniando al Estado dominicano».

¿Pero quiénes representaban en ese momento al Estado dominicano? ¿El entonces presidente Danilo Medina y su administración? ¿Los funcionarios del Ministerio de Cultura? ¿A quién iba dirigido realmente el cuestionamiento? ¿Se estaba cuestionando a Miguel o a la decisión de otorgar el premio a Vargas Llosa? ¿Qué relevancia tenía ser o no ser parte del Estado de turno? ¿Debemos, acaso, apagar nuestro sentido crítico para no «calentarnos» con nuestros amiguitos en el gobierno? ¿Iba la crítica de Pozo dirigida al propio Vargas Llosa por sus declaraciones y posiciones sobre la República Dominicana, o se estaba cuestionando al mismo Estado por reconocer oficialmente a una figura que había mantenido posturas controvertidas y críticas respecto a la manera que el país —a través de sus procesos legislativos—, retirara de su documentación a miles de dominicanos? En definitiva, ¿cuál era el verdadero objeto de la crítica planteada por Pozo hacia la situación?

Si vemos la entrevista completa y leemos muy entre líneas, en el fondo, Pozo no hablaba ni del premio otorgado a Vargas Llosa, ni siquiera del Estado, sino de los valores con los que se asocia lo dominicano. Todo se redujo a qué tanta ¿lealtad? profesamos por lo dominicano. Este evento ilustra con crudeza la dificultad del dominicano de sostener con respeto una diferencia ideológica sin que esta se convierta en acusación directa de traición a la patria.

En esencia, para Martínez Pozo lo que importaba no era la verdad de los hechos —ni siquiera entender la posición de Miguel—, sino fomentar una polarización de opiniones que refuerzan ciertos valores sobre otros, valores con los que se identifica su audiencia y que por consiguiente, sube o baja su rating. Para Pozo, Vargas Llosa es un «enemigo del Estado dominicano». Es decir, que parecería que todos debemos estar bien alineados cuando se trata de ciertos temas, no vaya a ser que se nos acuse de traición. O estamos en los tiempos de la Santa Inquisición o nunca salimos del todo de ella.

El cuestionamiento en el discurso no era precisamente contra la legitimidad del premio y los criterios con que éstos fueron otorgados, sino a la idea de «dominicanidad» puesta en tensión por la figura de un Miguel, el miedo de pensarnos más allá del pulcro retrato de lo dominicano que responde a cierta manera de pensar, decir y actuar. Tanto Vargas Llosa como el mismo Miguel, son vinculados a ideas que reducen lo que significa «ser dominicano» en función a lo que «no es dominicano». No puede existir una identidad nacional sin exclusiones. En este evento, Julio Martínez Pozo bloqueó el espacio de la contradicción legítima apelando a la adscripción y al «deber ser» del sujeto dominicano, donde al parecer, si un jurado le otorga un premio a una persona que cuestiona una ley o al Estado dominicano del momento, es un traidor. ¿Deberíamos todos odiar a Vargas Llosa por su opinión? ¿Es una opinión suficiente para que un sujeto sea puesto en el paredón de nuestros ilustres estandartes de la dominicanidad?

Este evento puede ser utilizado como sinecdoque. El tono confrontacional de Pozo —típico de nuestra cultura de medios de comunicación—, revela muchísimas lecturas que por supuesto, no agotaremos en este texto. Sin embargo, haciendo una brevísima nota al margen del tema, una figura como la de Pozo hace un trabajo útil para ciertos sectores: genera y condiciona la opinión pública. Su papel no es buscar una verdad, sino precisamente bloquear la contradicción, condicionar la lectura de los hechos, dirigir a una audiencia, presentar una expresión que fomente polaridades, dejar claro lo que nos define: lo que nos representa con lo que no nos representa. Las preguntas de ese encuentro debieron ser, ¿qué es lo que realmente criticó Vargas Llosa? ¿Por qué nos molesta tanto lo que dice? ¿Por qué sus comentarios elevan tan radicalmente nuestras pasiones al punto de sentirnos profundamente ofendidos?

Este evento evidencia tan cristalinamente uno de los rasgos claros que deberíamos analizar de la dominicanidad: cómo solemos rechazar a las personas que no piensan como nosotros y cómo cuestionamos a la persona, no a lo que la persona dice o hace. En tanto el discurso nos moleste, el otro se vuelve un enemigo, un adversario. En el fondo, por más que se le busque la vuelta, cuestionamos lo que no representa nuestros propios valores.

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Mena, Claudio. (2026). «Tensión no resuelta». Imagen libre de derechos generada con ChatGPT. Utilízala como te plazca

La disidencia como amenaza a nuestra identidad

En este país, la disidencia no se discute, ni se piensa, ni se permite; se señala, se rechaza y se criminaliza. Expresar cualquier idea que cuestione ciertas maneras de pensarnos es ya en sí un riesgo. En el dominicano, la desconfianza está presente: siempre estamos «chivos», «moca», descubriendo el «gato entre macuto». Preferimos desconfiar de quien nos cuestiona, antes que escuchar lo que tiene que decir. Desde el primer atisbo de diferencia, saltan nuestras banderitas de la dominicanidad, levantamos la ceja y ponemos cara de que llegó un viento con algún mal olor.

Me atrevo a decir que uno de los grandes problemas que tenemos como dominicanos es nuestra incapacidad de escuchar. Andamos siempre con la respuesta en la punta de la lengua, «a cuarta», esperando que el otro termine para vomitarle todo lo que tenemos que decir. Andamos como un monedero —dispuestos a repartir menudo a todo el mundo—. ¿Puede el dominicano escuchar con sentido, apertura y propósito, sin predisponerse? Cuando se le plantea alguna diferencia, ¿puede disentir sin sentir una amenaza a su identidad?

Si pensamos que la dominicanidad es una ficción necesaria que nos contamos entre nosotros y repetimos, lo que nos molesta del cuestionamiento es que nos genera tensión, que produce en nosotros un rechazo al tambaleo sobre nuestra representación compartida. Aunque no tenemos que pensar igual —ni sentir igual, ni tener los mismos valores—, preferimos acomodarnos a la seguridad que somos algo y que compartimos algo. Defendemos las representaciones con las que nos sentimos sumamente cómodos, con las que el colectivo se identifica. Las ficciones suelen defenderse con más violencia que los hechos porque dependen de la creencia colectiva para sostenerse, una complicidad: es un salto a la fe de una colectividad que a falta de autocrítica, prefiere el reforzamiento de su idea más idealizada.

Quizá, no se trata de que nos falten herramientas críticas, sino de que solemos ejercer la crítica de manera instantánea, muchas veces por oposición al otro y no desde una convicción auténticamente reflexiva. Es difícil practicar la calma y no caer en la respuesta visceral. Detenernos exige la capacidad de autoregularnos, cosa en suma difícil. Planteo la emergencia del detenimiento, de la pausa, de no responder por impulso, sino cultivar la capacidad de afrontar la disidencia con la mayor altura posible.

La crítica que solemos ejercer no se enfoca en comprender a los demás, sino en medirnos, superponernos, plantear una relación de fuerza que nos posicione siempre asimétricamente por encima. Presentamos la crítica, pero ocultando la competitividad subyacente, un ego que sutilmente se deja ver. La confrontación no arriesga una posición, sino que la blinda, accede al intercambio a modo de duelo, de imposición de la visión propia. No se busca la verdad, sino la razón. El dominicano es experto en tener razón.

El dominicano puede que tenga miedo a enfrentarse a sí mismo y reconocer aquellos aspectos de su supuesta identidad que son fruto de procesos que no fueron pensados, sino asumidos por ósmosis en forma de tradición, de un devenir histórico que queda registrado en nuestros archivos y que parece estar resguardado como algo sacrosanto. El saber histórico del dominicano no se plantea que esos supuestos en nuestro imaginario pudieran haber estado fundados en ideas, intenciones y agendas que se perpetúan sin cuestionamiento y que no siempre tienen una lógica positiva. Reproducimos acríticamente los valores de nuestra cultura.

Por eso es tan importante aprender a escuchar: no es ser sumisos, ni «perder», sino permitirnos la posibilidad de estar equivocados, de que los demás nos influyan con sus perspectivas vitales no siendo estas necesariamente las nuestras. La disidencia no tiene por qué convertirse en una demostración de fuerza, ni en desafío al lugar que ocupamos, pero así solemos ejercerla. ¿Por qué a veces se hace tan difícil pensar sin la predisposición de que estamos vislumbrando un detalle a corregir?

La disidencia podría pensarse con el filtro histórico. Arrastramos un complejo de Trujillito que nos remite a la internalización de un modelo autoritario donde la contradicción equivale a un desafío a la propia autoridad, a la gobernanza del yo. Cada conversación se convierte en una micropolítica del caudillismo, donde se libra una constante lucha por determinar quién está arriba, abajo, alante o atrás. La conversación como campo de batalla. La crítica sería entonces, un residuo conversacional de una cultura política autoritaria, donde cada uno de nosotros es un pequeño retrato vivo de Trujillo que se manifiesta en el desacuerdo —con las manos en la pistola, por si acaso—.

Sin movimiento, sin contradicción, sin intercambio, sin honestidad, sin permitirnos ver al otro como un otro y no como un rival, estaremos condenados a repetir, con comodidad, la idea de quienes creemos ser. En ese sentido, no habrá «dominicanidades», sino una sola ruta de acceso al parnaso de la dominicanidad consagrada: la visión única y exclusiva en la que tenemos que encajar. Entonces, la dominicanidad se vuelve un filtro de con quiénes nos juntamos.

Sé que es sumamente difícil bajar la guardia en la protección de la idea que tenemos de nosotros mismos, de nuestras opiniones y maneras de estar en el mundo. Creo que en el fondo, el miedo que tenemos es que tengamos que reconocer aquello que puede cambiar en nosotros.

Creo que sin contraste ni roce, nos quedamos igual. Cuando lo que está en juego es el propio lugar, la propia idea de lo que somos, comprender al otro puede sentirse como descender. Defendemos nuestra silla, nuestro trono particular. Escuchar tiene un precio que no todos estamos dispuestos a pagar.

Referencias consultadas

  1. Suero, F. (2026, 25 de mayo). Sigue la violencia en las vías: motorista golpea mujer con casco tras accidente. El Nacional. https://elnacional.com.do/nacionales/policiales/motorista-golpea-mujer-casco-accidente_571829.html↩︎
  2. Diario Libre. (2026, 26 de mayo). Dictan tres meses de prisión preventiva contra motorista que agredió a conductor del TRAE. https://www.diariolibre.com/actualidad/justicia/2026/05/26/dictan-prision-preventiva-a-motorista-que-agredio-a-chofer-del-trae/3546582↩︎
  3. Hoy. (2025, 14 de abril). El controversial artículo que Mario Vargas Llosa escribió sobre República Dominicana. Hoy. https://hoy.com.do/el-pais/el-articulo-que-mario-vargas-llosa-escribio-sobre-republica-dominicana_1039749.html↩︎
  4. La ley negaba de la nacionalidad por jus soli (principio jurídico mediante el cual una persona adquiere la nacionalidad o ciudadanía de un país simplemente por nacer en su territorio) a hijos de extranjeros indocumentados. Tribunal Constitucional de la República Dominicana. (2013, 23 de septiembre). Sentencia TC/0168/13: Expediente núm. TC-05-2012-0077. https://www.tribunalconstitucional.gob.do/consultas/secretar%C3%ADa/sentencias/tc016813/↩︎
  5. zolfm.com. (2016, 4 de febrero). Tremenda Discusión entre Miguel De Mena y Julio Martienez Pozo por reconocimiento a Vargas Llosa [Video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=yq-Rt1nSgv8↩︎

Claudio Mena

Claudio Mena. Comunicador visual, publicista, escritor, docente y gestor cultural. Licenciado en Publicidad de la Universidad Acción Pro Educación y Cultura (UNAPEC), ha trabajado en varias agencias de publicidad como McCann Erickson Dominicana, Young & Rubicam Damaris, Compass Audiovisual, Cazar DDB, entre otras, desempeñando diversos roles creativos desde ilustrador, diseñador gráfico, redactor y director de arte. Es fundador de la plataforma Moñohecho, en la que promueve la creación literaria y su difusión, y de la revista de comunicación visual Vocabulario Gráfico. Como escritor, ha publicado “Visiones de mundos e instintos” (2013), Ediciones Moñohecho, “Graffiti” (2018), Ediciones Moñohecho, y el tercer número de la “Colección de Cuadernos de Frasco de Paisaje” (2020). Correo: claudiotroisemme@gmail.com Instagram: https://www.instagram.com/kinkimena/ Blog: https://claudiotroisemme.blogspot.com/

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