La Educación Superior tiene un compromiso ineludible con el desarrollo de las personas y de la sociedad. Esta responsabilidad requiere de este tipo de educación apertura a las diferentes ramas del saber que pueden aportar para que las naciones avancen, los ciudadanos se empoderen y las comunidades fortalezcan su estabilidad y su calidad de vida. En este sentido, la educación superior, para alcanzar estas metas, tiene la oportunidad de construir y elegir diferentes trayectos y lógicas. Un trayecto pertinente y actual se vincula con la economía naranja. Desde el ecosistema de la educación superior, la relación con este campo de la economía ha de ser más dinámica y sostenible.
La economía naranja, por tener como fuente de productividad el talento de las personas, requiere de una educación que no mutile sus capacidades. Demanda una educación que potencie su creatividad, su capacidad de observación y de curiosidad, no sólo intelectual, sino aquella que escruta la vida cotidiana. Este tipo de economía muestra un componente humanizador que recupera el valor de los talentos personales y comunitarios. Su lógica no responde a un mercado egocéntrico. Es una lógica mercantil que permite la construcción de las identidades; el despliegue de las expresiones culturales y creativas. La economía naranja comparte diversidad y muestra más apertura a la inclusión. La gestión de este tipo de economía requiere la puesta en ejecución del pensamiento y del discernimiento críticos. Aun reconociendo sus bondades, se ha de estar atento, sin ingenuidades.
La educación en sentido general y, en particular, la educación superior que nos ocupa han de formular y aplicar políticas académicas y de corresponsabilidad social que tengan como foco el desarrollo de las capacidades creativas de las personas y sus posibilidades de innovar. Estas habilidades son importantes. Con ellas se diversifican y profundizan las manifestaciones de la cultura local, regional y del mundo. Para lograr un fortalecimiento real, han de cuidar la calidad de la educación que ofrecen; han de crear oportunidades para que los estudiantes y los docentes despierten las capacidades subutilizadas que se relacionan con la diversidad de expresiones de la cultura. Las manifestaciones culturales. como la música, la literatura, el cine, las esculturas, las artesanías, el teatro, la fotografía, el baile y múltiples expresiones más, requieren atención pedagógica en las entidades de educación superior.
El impulso que la educación superior le otorga a las expresiones de las artes constituye, también, un aporte a la economía, no solo de los autores, sino a la economía del país. Pero, no a cualquier economía. Se robustece la economía naranja, la cual va dejando a su paso una sociedad más pacífica, una población más identificada con sus propios talentos y con los aportes de las comunidades locales. La educación superior que impulsa la economía naranja posibilita al mismo tiempo una identificación con los valores nacionales. Posibilita, también, apertura a redes de colaboración; porque la economía naranja promueve la producción desde comunidades que ponen en común sus talentos y su visión sobre el desarrollo, la economía y la sociedad. El eje dinamizador es la producción creativa, libre y reflexiva. La productividad artística y económica responden de forma coherente a la naturaleza de la economía naranja: una economía para un desarrollo humano, social y comprometido con el bien común.
Las instituciones de educación superior de la República Dominicana, unas más que otras, impulsan la economía naranja desde sus escenarios. Esta economía requiere más apoyo y atención en el país. Las instituciones de Educación Superior tienen la oportunidad de cualificar su corresponsabilidad social, estableciendo normativas; y abriendo espacio para que el talento de los estudiantes, docentes y gestores encuentre vías diversas para potenciar su desarrollo y su puesta en acción. El impulso a la economía naranja en tiempo de cultura digital supone un compromiso con el desarrollo tecnológico y con la actualización de las instituciones de educación superior. Estos dos aspectos han de estar apoyados en procesos sistemáticos de investigación científica y de relectura reflexivo-crítica de la realidad socioeducativa y político-económica.
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