En el mes de febrero, se celebra el mes de la patria, de los símbolos patrios y nuestra identidad, por tanto, es muy favorable la ocasión para referirnos a las luchas y los conflictos culturales que se están desarrollando en el campo de las ciencias sociales y las humanidades para definir la “dominicanidad”.
Las batallas de los relatos para definir quiénes somos: cuáles son los rasgos culturales, principios, valores que nos definen y nos diferencian de los demás, siempre han estado presentes en la tradición filosófica, histórica, antropológica, la semiología, la psicología social y la sociología dominicana desde la fundación de la República hasta la actualidad, en la era de la modernización neoliberal.
En cierta medida, los discursos sobre la identidad nacional operan como una construcción intelectual, una ideología, una narrativa, un relato histórico cultural de los que somos, que busca fundar el imaginario sobre los orígenes de la nación dominicana, procura la integración nacional, el orgullo patrio y el reconocimiento de nuestra identidad, a través de un proceso de diferenciación con el extraño, el enemigo y/o extranjero.
En ese sentido, la construcción de los relatos sobre la identidad nacional, no es algo ingenuo, sino un proyecto, un programa político-ideológico, racionalmente calculado que tiene efecto de poder, pues busca establecer quien o quienes pertenecen a la comunidad nacional y cuáles no pertenecen, por tanto deben ser excluidos y discriminados. De manera que, el discurso sobre la identidad nacional afecta las políticas públicas del Estado, pues a partir del imaginario de nuestra identidad, se decide que expresión artística y/o religiosa vamos a fortalecer. Donde y cuáles son las gestas épicas, los recursos y los desfiles militares que se van a promover. En fin, la idea que tenemos de nuestra identidad va a definir la política cultural del Estado dominicano y va a decidir los valores, creencias, hábitos, estilos de vida y, los rasgos culturales que nos definen y debemos prestarles respecto y obediencia.
En general, vamos a sostener que la construcción de la percepción de la identidad nacional es un oficio de los intelectuales: publicistas, periodistas, cientistas sociales, humanistas, etc., que a través de los medios como la radio, la televisión, la opinión pública, las plataformas digitales, los textos escolares y los ensayos académicos que se utilizan en la educación básica y universitaria, producen y reproducen los valores, los hábitos y los rasgos culturales que definen nuestra dominicanidad. Los conflictos sobre la construcción de la identidad del dominicano, se expresan en las academias, la educación básica, en la disputa por los contenidos de los libros de textos, en los medios de comunicación, las plataformas digitales y, en particular en las estrategias publicitarias para promover artículos y servicios de consumo que, “supuestamente” representan la identidad nacional.
Es muy notable que desde el discurso filosófico dominicano, siempre aparece la eterna disyuntiva entre el ser y la forma, el esencialismo y el nominalismo, el esencialismo y el relativismo o, como diría Foucault, la distinción entre las palabras y las cosas para definir la identidad del dominicano. El debate filosófico sobre la identidad nacional, está marcado por una dualidad entre el esencialismo y el relativismo.
Desde una perspectiva semiótica, algunos intelectuales dominicanos, se han ocupado de interpretar los rasgos que definen nuestra identidad o dominicanidad en los textos canónicos de la literatura dominicana: Qué si somos vagos, haraganes o pesimista, que si somos “chivos” o desconfiados con los otros, etc. Desde la semiótica literaria, se propone una identidad del dominicano, a partir de los discursos literarios y las interpretaciones sociales de los autores consagrados de la literatura dominicana. En muchos casos, estas interpretaciones no toman en cuenta la biografía del autor, sus referencias culturales y sus trayectorias personales, desvinculando la biografía (subjetividad), el discurso y el contexto.
En el discurso histórico, la identidad nacional se produce y reproduce a partir de las narrativas de las grandes batallas épicas, sobre los grandes hechos históricos, las batallas y las luchas de los héroes nacionales que fundaron la nación dominicana. La historiografía nacional, a través del sistema educativo (público y privado), los textos escolares y los museos históricos, participa en la construcción de la memoria histórica de la nación y, la construcción de la identidad nacional, pues a través del aprendizaje y la repetición de fechas, héroes y plazas memorables, construye y reconstruye los relatos históricos sobre las grandes batallas de los héroes nacionales, configurando en la memoria de los dominicanos, un imaginario histórico de nuestro pasado, presente y futuro.
En esta misma línea, es muy notable el esfuerzo de la Antropología, de los Folkloristas dominicanos, por rescatar las memorias y las herencias culturales de los afrodescendientes y sus influencias en las formas de vida de los grupos populares y la religiosidad del dominicano.
Desde el discurso de la psicología social, la identidad nacional se construye a partir de las interacciones, experiencias y trayectorias de los individuos, como un proceso de socialización y construcción de los rasgos de las personalidades, del carácter del dominicano en un contexto institucional determinado.
En ese sentido, como bien dice Josefina Zaiter, el discurso sobre la identidad desde la psicología social, parte de un “enfoque integrador en el que lo psicológico, lo sociológico, lo histórico y político se conjugan”. En este caso, la narrativa sobre la identidad no está dado a partir de una esencia, un rasgo histórico general que heredamos para toda la vida, sino a partir de las interacciones individuales y la construcción de las personalidades en un contexto histórico e institucional determinado.
Por otro lado, desde la tradición sociológica (constructivista), la identidad nacional no es algo heredado para toda la vida, no es una esencia homogénea, un ADN, sino una construcción permanente de individuos y grupos sociales por definir sus hábitos, deseos, subjetividades y estilos de vida en un contexto de cambio, modernización y, transformación permanente de las estructuras sociales y culturales. Por eso, desde la sociología, resulta tan difícil hablar de la dominicanidad como algo homogéneo, sin establecer las diferencias espacio temporal y la heterogeneidad social de los dominicanos.
En la actualidad vivimos bajo las consecuencias del proceso de globalización, la revolución tecnológica, la democratización y, la individualización que está afectando a la sociedad dominicana de manera diferenciada y, muchos de los rasgos que en el pasado definían la “dominicanidad”, hoy no tienen muchos sentidos para los jóvenes y los grupos sociales. Hoy vivimos en un mundo interconectado, acelerado, bajos los efectos de la revolución tecnológica, con mayor autonomía, libertad, consumo, individualismo, pero también con mayor diversidad y heterogeneidad cultural.
La sociedad dominicana se ha polarizado y ha pasado a ser más heterogénea. Se ha estructurado una fuerte estratificación social, de islas aisladas, de los súper ricos (globalizado) que no tienen, tampoco les interesa, fidelidad nacional. Una fuerte clase media profesional, comercial con hábitos de consumos y estilos de vida transnacionales y, una clase de precariados donde se expresa una diversidad cultural.
Con el desarrollo de los medios de comunicación, la expansión de las industrias culturales y las migraciones, se ha producido una mayor diversidad cultural y un fuerte multiculturalismo en la sociedad dominicana. En cierta medida, hemos dejado de ser una sociedad que se apoya en los valores y las creencias tradicionales y estamos siendo afectados por los acelerados procesos de modernización.
En ese sentido, el estudio o la interpretación de la dominicanidad debe estar delimitado en términos históricos, temporales y espaciales. No es lo mismo hablar de la identidad del dominicano sin establecer las diferencias históricas o distinguir entre la era del capitalismo industrial o el capitalismo informacional. La era del autoritarismo de Trujillo o, durante el proceso de democratización, no es los mismos la identidad de la clase media que de los pobres y precariados dominicanos.
De manera que, la identidad nacional no es una herencia histórico-estructural, un ADN, una esencia natural de la dominicanidad, sino un conflicto permanente entre tradición y modernidad, las estructuras objetivas de la sociedad y las subjetividades de los dominicanos, en un contexto espaciotemporal determinado.
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