“En tiempos de engaño universal,

decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.”

—George Orwell—

Las guerras no solo se libran en el campo de batalla; también se libran en el terreno del lenguaje. Desde hace décadas, los estudios sobre comunicación política advierten que el control del relato público constituye una dimensión esencial del ejercicio del poder en contextos de conflicto. Como señaló Noam Chomsky, “la propaganda es para la democracia lo que la fuerza es para los estados totalitarios;” una observación que resume con crudeza el papel que puede desempeñar la comunicación en la construcción de consensos durante situaciones de guerra.

En su obra “Manufacturing Consent: the political economy of the mass media” (traducido al castellano como: Los guardianes de la libertad), Noam Chomsky y Edward S. Herman, sostienen que los sistemas de comunicación modernos no se limitan a transmitir información; también filtran, jerarquizan y organizan la realidad de modo que ciertas narrativas se vuelven dominantes mientras otras desaparecen del espacio público. En tiempos de guerra ese mecanismo tiende a intensificarse, porque el control del lenguaje pasa a ser parte del propio esfuerzo estratégico del Estado.

El vocabulario oficial comienza entonces a separarse gradualmente de los hechos que pretende describir; donde hay guerra se habla de “operaciones,” donde hay bombardeos se habla de “objetivos,” donde hay víctimas civiles se habla de “daños colaterales.” El lenguaje funciona como una zona de amortiguamiento entre la realidad y la opinión pública; suaviza, administra, reordena las palabras con el propósito de hacer políticamente manejable aquello que, expresado en términos directos, resultaría mucho más difícil de justificar ante la sociedad.

Durante buena parte del siglo XX existía, sin embargo, un contrapeso imperfecto pero real, el corresponsal que viajaba al lugar de los hechos. Ese periodista veía, escuchaba, constataba fuentes de primera mano, caminaba el terreno de la guerra; y como nada es perfecto, sus crónicas podían estar condicionadas por la línea editorial de su medio, por la política exterior de su país o por sesgos personales, pero cuando menos, las mismas, partían de una experiencia directa, de una presencia física que servía como punto de contacto entre el acontecimiento y el público.

Con el paso del tiempo ese modelo comenzó a transformarse; apareció la figura del periodista embedded, incorporado a una unidad militar. Desde ese momento el reportero dejó de moverse con independencia para pasar a desplazarse bajo la protección y muchas veces bajo la supervisión de las mismas fuerzas que protagonizaban la operación. El acceso a la información quedaba inevitablemente mediado por quienes ofrecían seguridad, transporte y acceso al frente y a las fuentes; el punto de observación comenzaba a estrecharse hasta coincidir casi por completo con la perspectiva del convoy que escoltaba al periodista, ya sea por acción y omisión.

El deterioro posterior ha sido aún más profundo. En el ecosistema digital contemporáneo gran parte del debate público ya no se alimenta de corresponsales en terreno; la narrativa se construye a partir de comentaristas que transmiten desde estudios improvisados, oficinas privadas o habitaciones situadas a miles de kilómetros del conflicto, analistas que interpretan mapas, repiten comunicados oficiales o elaboran hipótesis sin haber pisado jamás el lugar donde ocurren los hechos. En ese espacio proliferan videos sin contexto, imágenes reutilizadas de otros conflictos, secuencias editadas fuera de su marco original. Se ha llegado a un punto donde algunos “comunicadores” han sido atrapados mintiendo pura y simplemente y en ocasiones incluso presentando al público material extraído de videojuegos, como si fuese registro real de combate y sin ninguna consecuencia para quien así opera.

Se produce de este modo una paradoja característica de nuestro tiempo: nunca ha existido tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan difícil distinguir con claridad qué constituye una fuente primaria o una simple falsedad. Entre la comunicación oficial cuidadosamente administrada y el ruido especulativo de las redes, la sociedad queda situada en un terreno dominado por versiones, interpretaciones y reconstrucciones indirectas e incluso falsas; un espacio donde los hechos observables pierden terreno frente a las narrativas que compiten por imponer su propia explicación de la realidad.

En ese contexto la credibilidad del servicio de información oficial adquiere un valor estratégico; no se trata únicamente de persuadir a la opinión pública, sino de sostener una coherencia básica entre lo que se comunica y lo que eventualmente puede comprobarse. Cuando esa coherencia se rompe, el daño institucional resulta profundo; incluso las declaraciones veraces comienzan a ser recibidas con sospecha. La guerra siempre ha estado acompañada de propaganda, silencios y disputas narrativas; lo inquietante de nuestro tiempo es que el acceso directo a los hechos parece haberse reducido mientras crece de manera exponencial la circulación de versiones.

Cuando desaparece el testigo, cuando las palabras dejan de nombrar con precisión lo que ocurre, la sociedad queda atrapada entre narrativas que compiten por definir la realidad. En este punto la verdad se ha convertido en un lujo al que muy pocos tienen acceso.

Ramón A. Lantigua

Abogado

Abogado, docente y especialista en mercados regulados. Egresado de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña; Postgrado en Derecho Procesal Civil, de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, y Maestría en Derecho de la Universidad de Tulane, en la ciudad de Nueva Orleans.

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