Hace unos días, el Senado de la República fue escenario de una ceremonia poco común en la vida política: la graduación de una nueva cohorte del Máster en Derecho Constitucional y Derecho Público, realizado en alianza con la Universidad de Castilla-La Mancha. No se trató de una foto institucional más, sino de un gesto que —si sabemos leerlo— tiene el tamaño de una declaración: el poder público también debe estudiar, formarse y rendir cuentas ante el conocimiento.
No pude estar presente. Pero escuché con atención las palabras que sí llegaron hasta mí, especialmente las de Senador Lic. Ricardo de los Santos, Presidente del Senado de la República, quien además es parte de la cohorte que se graduó. Don Ricardo, como afectuosa y respetuosamente le llamo, dijo y me gustó mucho escucharlo: «Hoy podemos celebrar una meta personal lograda, procurando contribuir a la consolidación institucional y a la calidad de nuestra democracia, cuyo soporte básico es la supremacía de la Constitución, la separación de poderes, la legalidad, la transparencia administrativa, la protección de los derechos fundamentales y la responsabilidad de los servidores públicos frente a la ciudadanía».
También fueron lecciones para mí, las palabras improvisadas del profesor español Francisco Massó Garrote, catedrático de Derecho Constitucional y director de varias maestrías desarrolladas en el Congreso dominicano.
Y confieso algo: en el eje de las palabras del Dr. Massó, me conmovió su manera de hablar de democracia. No por la elegancia del discurso —que la tuvo— sino por su hondura filosófica cuando nos recordó una verdad incómoda: la democracia no es un regalo permanente; es una construcción frágil que hay que defender cada día.
Vengo de una historia personal que no me deja ser indiferente. Nací y me eduqué en el aire áspero de una dictadura. Conocí, por un breve tiempo de juventud, el sabor de una democracia vivida fuera de nuestras fronteras; y entendí, desde entonces, que la libertad no es una palabra, sino un sistema de hábitos, límites, controles y cultura cívica. Por eso, cuando Massó Garrote advirtió que atravesamos “graves momentos de incertidumbre política” en nuestras democracias y que, precisamente por eso, debemos apostar por la democracia constitucional, sentí que no hablaba solo a los graduandos: hablaba al país entero. Y me sentí aludida como dominicana.
Su mensaje tiene una fuerza especial porque no se quedó en lo abstracto. Insistió en lo esencial: pluralismo, respeto a los derechos, límites al poder, controles institucionales, cuidado de la convivencia democrática. Y en un punto que considero decisivo, subrayó que la democracia no se conserva únicamente con leyes; se conserva con educación. “La democracia no es algo que nos venga dado… tenemos que cuidarla… y además tenemos que educar”, dijo.
Ahí está el corazón de mi reflexión de este lunes: cuando el Senado se gradúa en Derecho Constitucional, el país recibe una lección sobre cómo se preserva una República. El Senador de los Santos dijo de manera más que apropiada: «La mayor riqueza de todo ser humano es el conocimiento; por eso no vamos a escatimar esfuerzos para continuar fortaleciendo la formación de legisladores, colaboradores y ciudadanos».
Porque el poder que no se forma, termina improvisando, y el poder que improvisa se acerca peligrosamente al abuso. La democracia constitucional —esa que protege libertades y también controla al poder— necesita servidores públicos con preparación, pero necesita algo aún más amplio: ciudadanía educada, capaz de reconocer cuándo se respetan las reglas y cuándo se intenta torcerlas. Y necesita buenos maestros, bien formados, que la impulsen y la vivan.
Por eso me impresionó otra idea de Massó Garrote: que en la República Dominicana existe un mandato —poco común en el mundo— de enseñar la Constitución, no solo en los espacios del Estado, sino en universidades, escuelas y a los niños. Esa frase, dicha en una graduación, es una llamada a la nación: si la Constitución es la casa común, debemos enseñar a habitarla.
Mientras lo escuchaba, pensé en música. Y pensé en Beethoven —no por el dato anecdótico, sino por la metáfora—: en esa capacidad de convertir un momento de fragilidad en una obra que ilumina. La célebre Sonata “Claro de Luna” (la “Moonlight Sonata”) fue escrita cuando su audición ya se deterioraba seriamente, antes de quedar completamente sordo. Y bajo la inspiración de una joven que era ciega. En ese contraste —creación y límite— se parece a la democracia: es más bella cuando entendemos lo que cuesta, lo que exige, lo que demanda de nosotros.
Hoy, cuando el mundo ve retrocesos, polarizaciones y tentaciones de “atajos” autoritarios, la República Dominicana tiene una responsabilidad histórica: no dormirse en los laureles de su orgullo democrático, sino reforzarlo donde más duele y donde más decide el futuro: en la escuela, en los aprendizajes reales de niños y jóvenes, en la formación de ciudadanía, en el respeto cotidiano a la institucionalidad.
Que se gradúen legisladores y colaboradores del Senado en Derecho Constitucional no es solo un logro académico; es una señal. Una señal de que la democracia no se presume: se estudia, se trabaja, se defiende. Y se defiende —como recordó el profesor— enseñándola.
Ricardo de los Santos y Francisco Massó Garrote, son dos grandes figuras en ese escenario. Sus discursos no son discursos paralelos: son dos planos del mismo mensaje democrático.
Primero, veo en las palabras del Dr. Massó, la democracia constitucional, límites al poder, el pluralismo, la necesidad y valor de la educación cívica y lo que encierra el mensaje de que “la Constitución enseña.” Este pensamiento del Dr. Massó representa la conciencia teórica y ética de la democracia.
Luego vi que Don Ricardo institucionaliza esa visión. Para el Senador Presidente encuentro que destaca la supremacía de la Constitución, la separación de poderes, la legalidad, la transparencia, los derechos fundamentales, la responsabilidad frente a la ciudadanía. Estas no son consignas, sino criterios de gestión pública.
Massó formula el ideal. Don Ricardo lo traduce en política institucional.
Lo que el profesor Massó plantea desde la teoría constitucional, el presidente del Senado lo asume como compromiso de gestión institucional.
Todo este recuento de pensamientos, reflexiones y lecciones aprendidas o capacidades actualizadas, me llevan a afirmar que el programa de Formación y Capacitación en servicio que implementa la eficiente y distinguida Directora de Recursos Humanos, Lic. Sonya Uribe, legitima no solo los programas de formación para legisladores, formación para colaboradores, acuerdos internacionales, continuidad de las políticas de capacitación que encierra el programa, y una visión a largo plazo (“los primeros no serán los últimos”) que no solo contempla la gestión del Señor Presidente del Senado, sino que ejecuta con extrema eficiencia la Directora de Recursos Humanos para todos los legisladores y colaboradores del Senado de la República Dominicana.
La democracia se preserva formando a quienes ejercen el poder.
Este artículo mío no ha sido escrito como un artículo que relata un acto. Ni como Asesora de las comisiones de educación y educación superior del Senado, ni me lo han pedido. He visto el acto de graduación y me he inspirado en ómo una democracia se protege a sí misma cuando decide educar a sus propias instituciones.
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