Que vivimos una época “rara”, en el que suceden cosas que parecían insólitas, no hay dudas. Hasta de “tierras raras”, se habla. Así que no se trata solo de situaciones y crisis visibles -sociales, económicas, políticas, ambientales o tecnológicas; es algo más complejo y profundo: esa sensación de que no estamos parados en tierra firme.

Lo absurdo, la desvergüenza, la ignorancia, lo frívolo, lo insolente y de mal gusto es lo que prima en los medios y lo que las leyes del mercado nos imponen, pues es lo vende, es lo que muchos disfrutan como lo bueno. Adelantado a la época, Enrique Santos Discépolo nos lo anticipaba con su tango Cambalache.

Comentaba a algunos amigos-hermanos que en nuestros días de juventud sentíamos que teníamos entre manos cosas importantes, dedicamos nuestras vidas al logro de estas y, por eso, dejamos muchas otras de lado. Había constructos, conceptos que nos proporcionaban sentido de vida. Hoy, esos mismos, se nos muestran frágiles.

La vida personal y familiar, el trabajo y la vida social en general, parecían ser guiadas por ideas y creencias fuertes, que nos proporcionaban certezas, esperanzas, y hasta motivación profunda para nuestro accionar en el contexto en que nos tocó vivir, independientemente de los peligros que nos acechaban entonces.

Hoy, esas certezas de ayer se muestran frágiles, algunas de ellas agotadas, otras incluso, imposible de sostener y seguir defendiendo, ante la evidencia de su enorme fracaso. Duele pensar en los grandes sacrificios que en muchas ocasiones fueron necesarios asumir, de índole personal y hasta familiar. Mucha sangre desgarrada.

Contábamos con referentes claros, guías para una vida vivida con coherencia y sentido. Sentíamos que el sacrificio personal estaba saldado ante una nueva realidad que pensábamos emergía en un futuro no muy lejano y que más tarde justificaría el sacrificio asumido entonces.

En medio de toda esta situación la espiritualidad se hace presente nueva vez por necesidad. No como un refugio ingenuo, ni como una esperanza vacía o un sueño irrealizable, no, más bien desde una interrogante incómoda, pero necesaria formular: ¿desde dónde estamos viviendo? ¿Cuál es el sentido de la vida?

No hablamos de una espiritualidad hueca, ni vacía de concreción. No como un refugio religioso de salvaguardarnos en lo personal. Tampoco. Se trata de una espiritualidad vinculada a la vida, que nos permita visualizar certezas y posibilidades, mucho más allá de un templo frío y silencioso.

Sería una espiritualidad que nos cuestione sobre nuestra propia existencia y nos conduzca a preguntarnos: ¿qué vale la pena? ¿qué significa vivir bien? ¿cómo enfrentar el dolor, la pérdida, el límite? ¿cómo vivir de manera decente? ¿a qué apostar y, sobre todo, qué ignorar y desechar?

Una época de tanta incertidumbre, como la que vivimos, estas preguntas y otras, vienen con fuerza y no piden permiso. Nos cuestionan de frente y de manera abierta. Es difícil eludirlas que no fuere por temor a sus consecuencias o de dejarnos atrapados en la anomia que nos tiene atrapados, encadenados.

Hablar de espiritualidad en tiempos de incertidumbre suele generar suspicacias. Para algunos, suena a evasión; para otros, a discurso privado sin relevancia pública. Esa desconfianza, sin embargo, dice más de nuestra cultura presente que de la espiritualidad misma.

Hemos aprendido a depositar y confiar casi exclusivamente en la técnica, hoy, en la llamada IA y todo lo que ello nos puede ofrecer; en los datos, en la eficiencia y en el control. Pero cuando esos fallan —y fallan— queda al descubierto una carencia profunda: la carencia de sentido.

El próximo miércoles 18 de febrero se inicia la Cuaresma y que algunas iglesias cristianas tradicionalmente han convertido en tiempo litúrgico de preparación para la Pascua de Resurrección. Recuerdan los cuarenta días en que Jesús se sumerge en el desierto para su reflexión y oración al Padre e iniciar su ministerio público.

Quizás pueda ser una nueva oportunidad para redescubrir nuevos sentidos y significados que nos orienten en la construcción de una vida más apegada a la “vida buena”, centrada en la justicia y la equidad, en la compasión y la bondad, en la solidaridad como expresión del amor. Démonos esa oportunidad.

Julio Leonardo Valeirón Ureña

Psicólogo y educador

Psicólogo-educador y maestro de generaciones en psicología. Comprometido con el desarrollo de una educación de Calidad en el país y la Región.

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