Mis ojos jamás habían visto tanto desperdicio por doquier en nuestro bello y querido país.
Calles, avenidas, autopistas, la ciudad, pueblos, barrios, hombrillos, cunetas, ríos, playas, cañadas; prácticamente todo está lleno de desperdicios y da la cara, con la simple mirada de vergüenza. Sí, la basura ya es más que evidente.
Y una se pregunta: ¿y qué hacen las autoridades, que ni siquiera eso pueden como obligatoriedad, resolver? ¿Para qué están los presupuestos, los impuestos, los ayuntamientos y todo un conjunto de personas laborando para que, por lo menos puedan resolver lo que es columna vertebral de esas instituciones?
Es tan grave el problema que se vuelve costumbre y hasta hábito. Entonces estamos cimentando la cultura de la porquería: la normalizamos, la justificamos y la banalizamos.
La generación de nuestros hijos formará parte de los grupos de personas acostumbradas a ver basura, a botarla despiadadamente; aprenderán también a recrearse visualmente con ella, como parte de la cotidianidad propia de los dominicanos.
Nos vanagloriamos de ser un destino turístico de diez millones de visitantes y nos vendemos en Fitur como el gran destino turístico, con un grave y vergonzoso problema por resolver.
Sin embargo, cuando nuestros funcionarios visitan España, deberían fijarse y pudieran donar un poco de su tiempo fantástico en esas campañas, y ver cómo se comporta el sistema de recogida de desechos sólidos en ese país, para imitar, copiar y demás, y así poder traer un poco de ese comportamiento resuelto que esa potencia turística ofrece en su país, y quitarnos esta nefasta vergüenza que tenemos nosotros en el nuestro.
Igualmente, pudiéramos implementar, ¿por qué no?, convertir el gran recurso humano privado de libertad en motor de servicio público aprovechable para el trabajo de recogida de basura a nivel nacional.
¿Cuántos países han optimizado, desde el Estado, la incorporación de los reclusos para hacer trabajos sociales, con una retribución beneficiosa para ambas partes? Convertir esa población ociosa, privada de libertad, con un gasto operativo cuantioso de mantenimiento y de sustento dramático, sin oficios ni perspectiva de mejoras en su rehabilitación a futuro, con una carga estresante de inactividad improductiva mental y física, en una población a la que definitivamente podemos sacarle un gran provecho.
Nos acostumbramos a la porquería: verla, olerla, vivirla, sin que ninguna autoridad pueda resolver este mal. ¿Por qué no hay nada que podamos hacer con nuestros alcaldes de todo el país? Y claro, sabemos que solo se interesan por el puesto cada cuatro años.
La necesidad del compromiso patriótico no existe. Estamos frente a una generación y una época de mucha irresponsabilidad, sin sensibilidad social, pero no solo de los que nos administran, sino también de todos los que convivimos en este pedazo de isla sin queja, dejando que las cosas se cangrenen y mueran delante de nuestros ojos.
Cultura es todo lo que hacemos; por lo tanto, también la basura la producimos y la descuidamos, como si no fuera con nosotros. Las costumbres también pueden ser malas, y las arraigamos y las transmitimos a quienes criamos y formamos.
A partir de ahora, pongamos atención y asegúrense de ver basura por doquier, porque ya estamos acostumbrados.
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