En tiempos de crisis, los poderosos no solo manipulan la economía o la guerra: también intentan secuestrar la fe. La reciente declaración de la televangelista Paula White-Cain, comparando a Donald Trump con Jesucristo, no es un simple exceso retórico; es una operación ideológica profundamente peligrosa.
Equiparar a un líder político —representante del poder imperialista contemporáneo— con la figura histórica y espiritual de Jesús de Nazaret constituye una distorsión grotesca del mensaje cristiano y una ofensa a millones de creyentes.
Jesucristo no fue un hombre de palacios ni de privilegios. Fue un predicador perseguido por desafiar al poder establecido, por ponerse del lado de los pobres, por denunciar la hipocresía religiosa y por enfrentar al Imperio Romano. Su mensaje no fue de acumulación de riqueza, ni de supremacía, ni de dominación: fue de justicia, de humildad y de liberación. Pretender que Donald Trump —símbolo del poder económico, del nacionalismo excluyente y de la política imperialista— encarna ese legado es una manipulación descarada.
Paula White y el sector del evangelismo político que representa no están defendiendo la fe: la están instrumentalizando. Transforman el cristianismo en una herramienta de propaganda, en un escudo ideológico para justificar políticas de poder. No es casualidad que este discurso emerja en medio de conflictos geopolíticos, crisis económicas y tensiones sociales. Cuando el sistema necesita legitimarse, recurre a lo sagrado para blindarse.
La comparación de Trump con Cristo no solo es teológicamente absurda, sino políticamente reveladora. Nos muestra hasta qué punto ciertos sectores están dispuestos a reescribir la historia y la espiritualidad para sostener un proyecto de dominación. Es la misma lógica de los mercaderes del templo, aquellos a quienes Jesús expulsó con indignación. Hoy, esos mercaderes no venden animales para sacrificios: venden narrativas, venden fe adulterada, venden obediencia disfrazada de devoción.
Frente a esta manipulación, resuena con fuerza la idea —atribuida al papa León XIV— de que Jesucristo fue el primer antimperialista. Más allá del debate sobre esa afirmación, lo cierto es que el mensaje de Jesús fue profundamente subversivo frente al orden de su tiempo. No se alineó con los poderosos, no bendijo imperios, no justificó guerras. Su praxis fue radicalmente opuesta a la lógica del poder dominante.
Por eso, el intento de convertir a Trump en una figura mesiánica no es solo un error: es una estrategia. Se busca construir un culto político, una especie de religión civil donde el líder es intocable, incuestionable, casi divino. Y cuando la política se vuelve religión, la crítica se convierte en herejía. Ese es el verdadero peligro.
La historia ha demostrado que cada vez que el poder se disfraza de divinidad, los pueblos terminan pagando el precio. Desde los emperadores que se proclamaban dioses hasta los líderes modernos que se rodean de discursos mesiánicos, el resultado ha sido siempre el mismo: opresión, manipulación y violencia simbólica contra los de abajo.
Hoy más que nunca es necesario recuperar el sentido crítico, separar la fe de la propaganda y recordar que ningún líder político —por poderoso que sea— puede apropiarse de la figura de Jesucristo para legitimar su proyecto de opresión. Cristo no pertenece a los imperios. Cristo no es propiedad de ningún gobierno. Cristo, si algo representa, es la dignidad de los oprimidos frente a los poderosos.
Y esa verdad, por más que intenten distorsionarla, sigue siendo profundamente incómoda para quienes gobiernan desde arriba.
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