La aceptación de la autoridad de otro es como una foto vieja que no se borra, porque es puente entre lo que se vivió y lo que sabe algo más. Ha sido una constante en las ciencias sociales la búsqueda de ese movimiento que no abandona la renuncia de encontrar respuestas y de avanzar por los delirios de la orfandad para la comprensión de las estructuras culturales que mueven la vida social.

La variedad de problemas que se presenta para las ciencias sociales son muchos, que no solo remiten al ámbito epistémico, también a situaciones sociales complejas que afectan la vida social, tal como sucede con los horribles feminicidios que ocurren en el país. Los feminicidios son los votos que patentizan el poder del cuerpo que tiene el capitalismo sobre las mujeres y su odioso dominio masculino que llamamos patriarcado.

Las ciencias sociales no renuncian a sacar el clavo en su comprensión para analizar cómo se construye la verdad, el conocimiento y el cambio social, si es que esto es posible, pues en los sistemas educativos todavía se atrapan los juicios morales, por donde se legitiman las grandes mentiras sociales, los estatus y el poder del Estado y su viril cremallera. A las mujeres se les somete por leyes escritas y por las costumbres que llevan siglos. El conocimiento sobre el androcentrismo, la invisibilización, los castigos y la muerte no son ajenos a la comprensión de la opresión femenina por parte del Estado.

No obstante, es una situación que no quiere ser discutida en la escuela, no solo por asuntos religiosos; también implica un programa de liberación, transformaciones sociales, económicas y culturales profundas, a lo que el Estado no está dispuesto a negociar, ya que se favorece con el trabajo de las mujeres, las cargas emocionales, los robos y la flagelación de nuestras instancias corporales, porque nos convierten en mercancías, entre otras cosas.

En los años sesenta se intentó dar un nuevo giro teórico para tratar de comprender cómo los sistemas autoritarios elaboran, desmenuzan, construyen e impulsan un control del biopoder de los cuerpos. Eso se miró como herejía impudente que narró sobre nuestra naturaleza envilecida, la cual propiciaba la corrupción de las ideas de la separación entre hombres y mujeres.

Esas argumentaciones pesaban sobre las cabezas de las mujeres conscientes y feministas. A todas se nos tachó de marimachos, locas delirantes y brujas. Fuimos marcadas con el estigma de querer el poder de los hombres por nuestros deseos de control social y político del cuerpo.

Estas posturas de las mujeres desautorizaron a la iglesia y al Estado. Se nos pedía que nos hiciéramos cargo de las formas tradicionales del amor que se le exigían a las mujeres: la de cuidar, obedecer, casarnos, ser madres y atentas a las órdenes de los hombres que se constituían en esposos, jefes, padres y familiares masculinos. Un viejo discurso que viene desde la colonia.

En la República Dominicana, los cuerpos de las mujeres yacen en el suelo. Esto no es solo una noticia de una más de las asesinadas por la incapacidad del Estado y de otras instancias para detener a los feminicidas. Tampoco es solo un picor del cuerpo, por el dolor, la rabia de ser feministas y antropólogas.

Las cifras son alarmantes: en lo que va de año son 33 mujeres asesinadas. Las mujeres en el país arrastramos la fuerza de los viejos tratados que se inician en la colonia y muy tempranamente en el siglo XVI, en la que obligan a las mujeres a la casa y a depender de los hombres y los rangos, bajo los principios de la tutela.

El poder político sobre las mujeres se construye desde el Estado y se mueve como las aguas en la familia, la escuela, las iglesias, las universidades y todos los espacios públicos que controlan lo que gira en torno a la fuerza del poder, y a la supuesta virtud de la occidentalización.

La muerte y el odio a las mujeres están enlazados directamente con el fundamento teológico y político de la obediencia. Es la cruz a la que nos obligan para decirnos que, en ese gran mar de la vida, nos tocan pocas cosas, tan solo las flores que se tiran sobre nuestras tumbas.

Las mujeres no le importan al Estado dominicano. El interés por las mujeres se convierte en un voto que solo es necesario para las elecciones electorales. Todos tienen una opinión sobre las mujeres libres, las que trabajan con sus propias manos, las creadoras y las que adquieren conciencia de sí mismas y de los otros.

La negación sobre el derecho de nuestras libertades se asocia con un pensamiento que viene desde muy lejos para controlar nuestros cuerpos con los ideales de belleza, los controles del cuerpo, las faltas de libertades para elegir sobre nuestra reproducción, el trabajo, el movimiento de las mujeres dentro como fuera del territorio, así como la promoción de que solo servimos, tan solo para ser receptáculos y adornos que reproduzcan los valores de la obediencia al hombre y a un poder enorme que nos alecciona con un control avasallador ostentado por el Estado-nación.

Esas ideas de que las mujeres libres son malas por naturaleza y que tenemos que someternos para ser propiedad de los hombres, el Estado, la iglesia y la familia son parte de los acuerdos matrimoniales que justifican la desigualdad social y la muerte de las mujeres, la opresión y ser una vulgar mercancía de cuerpos que se miran y compran. Todo para garantizar sus títulos de poder sobre nosotras, agarrar nuestra propiedad y los privilegios que nos corresponden como trabajadoras, creadoras o pensadoras.

Los feminicidios se sostienen en la autoridad y en los derechos de los hombres sobre las mujeres. No es una rareza que el clima actual empuje a los hombres a que resuelvan sus problemas psicológicos, existenciales, económicos y vulnerabilidades humanas, y que estas sean pagadas con un fortísimo látigo en el cuerpo de las mujeres. La violencia y brutalidad psicológica, por los acosos, persecuciones y difamaciones, son el producto de una brutal violencia de los hombres y mujeres que asumen el poder patriarcal sobre el cuerpo de las mujeres.

Las innumerables conversaciones de las mujeres libres y feministas llevan a saber que todo acto político tiene que romper con esa dama decimonónica que siguen asumiendo las habitaciones de los hombres, el voto que aprueba las propuestas masculinas que siguen aprobando la imaginería de los cuerpos modelados por los mercados de la moda, de una economía que celebra la destrucción de la naturaleza que sigue dando fuerza al control de la propiedad y de los medios de producción en las manos de unos pocos.

Las mujeres libres conocemos que este mundo de extravagancia no es un azar, porque se ha diseñado que las mujeres usen vestidos largos con sus encajes y pinturas en el rostro; además, el bótox para cubrir las arrugas de la vida está asociado con un control sobre nuestra sexualidad, espiritualidad, actividades creativas y política.

Bajo el control de las reglas masculinas, el capitalismo, el androcentrismo y el patriarcado juegan un papel para garantizar el poder sobre las mujeres.

La muerte es una expresión odiosa y canalla de esas fuerzas de los viejos cortesanos de la historia que utilizan los fantasmas de los afectos, el amor, los lazos matrimoniales y el poder del Estado para continuar desgarrando los cuerpos y la vida de las mujeres.

Todo acto político necesita actuar y, en el capitalismo, el voto es significativo para reproducir el poder del sistema capitalista que sostiene el Estado-nación. Las elecciones son un medio para romper los camisones del poder. Esos feminicidios de las inocentes de la historia son una clara prueba de que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres no existe en la República Dominicana.

La calle fue siempre el espacio donde las feministas rompieron las fronteras de las jerarquías. Es el territorio de la lucha social, el cual no es solo palabra. Es un espacio que se tiene que tomar y asaltar para movilizarnos con múltiples actos que reclamen, empujen y logremos cambios sustanciales para desarticular la fuerza avasalladora del poder patriarcal. El Estado no debe dormir tranquilo; la calle es el medio para legalizar la fuerza contra la autoridad.

Fátima Portorreal

Antropóloga

Antropóloga. Activista por los derechos civiles. Defensora de las mujeres y los hombres que trabajan la tierra. Instagram: fatimaportlir

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