Aunque apenas llegamos a la primera quincena del nuevo año 2026, los estragos de la “realpolitik” y el desagradable reestreno de la doctrina de Monroe dejan poco espacio para propósitos, promesas y esperanzas, en un ambiente enrarecido por la cruel constatación de que la decisión sobre el destino de millones de personas depende del capricho e intereses de algunos que desprecian las instituciones, las leyes y la ética, cuyo único motivo es satisfacer sus respectivos egos, para quienes no hay límites, controles ni contrapesos aceptables, pues su ambición es tan desmedida como los sueños imperialistas que pretenden ejecutar.
Si fuéramos a proyectar lo que sucederá en este año en base a lo sucedido en sus primeros 12 días, como hacían nuestros campesinos con sus siembras, tendríamos que lamentablemente admitir que retrocedimos en el túnel del tiempo y que las fronteras, el orden mundial, el mapa político, los derechos y las regulaciones internacionales solo existen en tanto sirvan para satisfacer los insaciables apetitos de líderes narcisistas, que con el mismo desenfado y descortesía que quizás jugaban de niños robando jugadas, abortando partidos si los resultados parecían desfavorables, abusando de compañeros que veían más débiles; gobiernan e intentan controlar el mundo.
Somos actores y testigos de un tiempo en el que el mundo exhibe imágenes grotescas de repartos de hemisferios y regiones, de irrespeto a la soberanía de naciones y territorios, en el que se ha perdido la sensatez de distinguir lo correcto y lo incorrecto, y no se sabe si el chiste de mal gusto terminará ejecutándose en la práctica bajo el silencio cómplice y sonrisas áulicas, ni cuando la ruda y disruptiva táctica negociadora pasará de las amenazas y el acorralamiento hasta llevar al borde al contrario, a ejecución en los hechos, o si retrocederá para lograr una mejor negociación o si simplemente se dejará caer porque la atención se concentrará en otros asuntos.
Luego de décadas de un orden mundial que las potencias decidieron darse después de muchas guerras y de demasiadas vidas perdidas y países destruidos, el cual operó con sus altas y bajas manteniendo niveles de entendimiento, poco a poco la “perestroika” se revirtió para hacer renacer los sueños imperiales rusos, el capitalismo se convirtió en una herramienta económica utilizada bajo el control político del partido comunista chino, y la globalización acortó las distancias y volteó al mundo, y de repente el poderío chino se hizo sentir en todas partes en base a una producción masiva a muy bajos precios irrespetando derechos humanos, laborales y de propiedad intelectual, bajo la complicidad del mundo; y todo ese orden que criticábamos, que quizás no valorábamos suficientemente o que simplemente dábamos por descontado, nos lo arrebataron abruptamente.
De forma patética ha quedado retratado que bajo este nuevo liderazgo mundial la democracia, la libertad de expresión, los derechos humanos, el respeto a la voluntad popular, poco importan, y que no hay ningún paladín de la justicia que vendrá a salvar a ningún país o a ayudarlo a reconstruirse, y a los que apostaron a pactar por esa ayuda, les harán pagar el precio, y los utilizarán como fichas, y los descartarán si no les son de utilidad en su tablero en el que solo puede haber un ganador.
Durante años tuvimos referentes mundiales, organizaciones que de alguna manera ayudaban a construir nuestras instituciones, a quienes apelábamos cuando sentíamos la vulnerabilidad del irrespeto a la ley o a la expresión de la voluntad popular, pero debemos estar conscientes de que los tiempos cambiaron, que los que antes fueron modelos hoy día son ejemplos de malas conductas y constituyen nefastos precedentes de que todo se vale, y de que ningún contrapeso limita el poder cuando quien lo ejerce desprecia el imperio de la ley. Y en estas circunstancias debemos más que nunca valorar la democracia que tenemos con todos sus defectos, intentar mejorarla en cuanto sea posible, y aprender de las malas lecciones que tanto el populismo de izquierda como el de derecha han dejado al mundo, y colocarnos con firmeza justo en el centro, para así poder mantener el equilibrio, aunque nos hayan quitado la alfombra de debajo de los pies.
Compartir esta nota