El debate público sobre la inteligencia artificial suele atascarse entre extremos: del entusiasmo ingenuo al miedo desmesurado e incluso la indiferencia elitista. En medio de esa mezcla de ruido y exageración, de vez en cuando aparecen textos que no buscan impresionar, sino aclarar. The Adolescence of Technology, de Dario Amodei, es uno de ellos.

Lo interesante es que Amodei no habla desde la teoría. Como fundador y director ejecutivo de Anthropic, ha estado en primera línea del desarrollo de algunos de los modelos de IA más avanzados (como la IA Claude). Ese lugar privilegiado se nota. Su tono no es alarmista, pero tampoco autocomplaciente. Lo que transmite es una preocupación seria por el desfase entre lo que somos capaces de crear y lo que somos capaces de gobernar.

Adolescencia y descontrol.

La tesis central del brillante ensayo de Amodei: la IA no está fuera de control; está en una adolescencia efervescente. Ya tiene fuerza de adulto, pero carece de la madurez institucional y la prudencia que debería acompañarla. El problema no es que la tecnología avance demasiado rápido, sino que nuestras estructuras (reguladores, legisladores, sistemas educativos, marcos de responsabilidad y mecanismos de control privados y públicos) para manejarla avanzan demasiado lento.

La metáfora no pretende dramatizar. Un adolescente no es peligroso porque sí; lo es cuando se le da poder sin guía, libertad sin límites y responsabilidad difusa. Con la IA ocurre algo parecido: sistemas capaces de optimizar y decidir a una escala masiva operan en entornos donde las reglas, los controles y las responsabilidades llegan tarde y, a veces, ni llegan.

Un país de cincuenta millones de premios Nobel.

Dario Amodei usa una imagen que parece simpática y deseada: un país de cerebros excepcionales poblado únicamente de premios Nobel. Suena a utopía y mundo ideal, pero sirve para mostrar justo lo contrario.

En un lugar así, el problema no sería la falta de inteligencia, sino que habría demasiada para unas instituciones incapaces de absorberla. Cada vacío legal sería detectado al instante, cada incentivo mal diseñado sería explotado sin esfuerzo, cada descubrimiento científico se aprovecharía sin límites y cada fisura del sistema se convertiría en una grieta indetenible. No haría falta mala intención: bastaría con que cada uno actuara racionalmente en un marco que no está preparado para ellos.

El ejemplo es impactante porque revela algo incómodo: las capacidades extraordinarias no arreglan instituciones frágiles; las ponen a prueba hasta romperlas. En otras palabras, la genialidad sin organización no compensa la debilidad institucional; la amplifica.

Amodei insinúa dos futuros posibles: en el primero, la propia dinámica del sistema se descontrola: millones de actores optimizando en paralelo generan un caos difícil de coordinar. En el segundo, el control cae en manos de quienes entienden el sistema antes que nadie, no necesariamente quienes tienen legitimidad para gobernarlo.

Así, Amodei alerta que un sistema avanzado podría producir estrategias políticas, militares o diplomáticas con una sofisticación inédita. Si cae en manos de un régimen autoritario, podría ayudarle a consolidar un Estado totalitario a gran escala.  Si cae en manos de hipercapitalistas sin freno puede explotar datos hasta lacerar derechos de niños, personas vulnerables y hasta de sectores que se consideran privilegiados.

Cómo gobernar algo que corre más que nosotros… y lo sabe.

Al final, gobernar la inteligencia artificial no consiste en ponerle un freno, sino en construir el terreno donde pueda crecer sin desbordarnos. No se trata de elegir entre avanzar o regular, sino de asumir que no habrá progreso sostenible sin instituciones a la altura. La tecnología seguirá empujando, porque ese es su impulso natural, y seremos nosotros quienes decidamos si ese empuje se convierte en oportunidad o en vulnerabilidad.

Amodei sugiere que el verdadero riesgo no está en lo que la IA es capaz de hacer, sino en lo que aún no somos capaces de organizar alrededor de ella. Y ahí está el desafío: dejar de improvisar y de reaccionar tarde o de ser indiferentes, y empezar a diseñar estructuras que no solo controlen, sino que comprendan, acompañen y orienten estas nuevas capacidades.

La madurez tecnológica no llega por acumulación de potencia, sino por asunción de responsabilidad. Como lo trata de explicar Amodei, lo que está en juego no es la inteligencia de las máquinas, sino la nuestra: la inteligencia institucional (pública y privada) y colectiva para gobernar aquello que hemos creado.

Referencias.

https://www.darioamodei.com/essay/the-adolescence-of-technology

Angel Santana Gómez

Abogado y consultor

Licenciado en Derecho por la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra, PUCMM (2001). Maestría en Derecho de los Mercados Financieros de la Universidad Pontificia Comillas, Madrid (2006) y Máster en Derecho Internacional de Negocios y Administración de Empresas en la Escuela Superior de Ciencias Económicas y Comerciales, París, (2010) (École Supérieure des Sciences Économiques et Commerciales - ESSEC). Previamente abogado asociado en la firma Headrick, Rizik, Álvarez y Fernández en Rep. Dominicana y actual Director Legal en la división de banca de inversiones y servicios globales de valores del banco Societe Generale en Francia, encargado del área de servicios financieros a emisores de acciones y obligaciones cotizadas en las bolsas de valores europeas y financiamientos estructurados a fondos de inversiones públicos y privados. Miembro del comité de estudio de emisores de valores del observatorio jurídico de la Asociación Francesa de Profesionales del Mercado de Valores (AFTI por sus siglas en Francés) y miembro de la Asociación Nacional de Juristas de Bancos franceses (ANJB). Instructor y conferencista sobre reglamentación financiera, custodia de valores y servicios post trade, operaciones financieras en los mercados de capitales, financiamientos estructurados internacionales y fondos de inversión.

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