Hay una forma de sabiduría que no se aprende en libros ni se obtiene con títulos o cargos: saber quién es quién en el entorno que se dirige. Reconocer capacidades, comprender límites, asignar roles con criterio. En política y en el trabajo institucional, esta claridad no es un lujo; es una condición para conducir procesos con coherencia y visión.
Las instituciones se sostienen sobre equilibrios delicados. Cuando se confunden los roles, cuando se improvisa la representación o se desdibuja la diferencia entre ejecutar y decidir, el sistema comienza a resentirse. No de inmediato, pero sí de manera progresiva. Se pierde foco, se debilita la estrategia y se vacía de sentido la función pública.
El ajedrez ofrece una metáfora tan simple como reveladora. El rey garantiza la continuidad; la reina concentra visión, movilidad y capacidad de intervención; el peón avanza con disciplina, paso a paso, cumpliendo una función precisa. Todas las piezas son necesarias, pero no todas tienen el mismo alcance ni están llamadas a lo mismo. La fortaleza del juego reside justamente en esa diferencia.
Por eso no todo el mundo debe representar, negociar o hablar en nombre de una institución. Hay espacios que exigen forma, lenguaje, lectura del contexto y comprensión estratégica. No se trata de desprecio ni de jerarquía personal; se trata de responsabilidad institucional. Enviar a quien no está preparado a escenarios que requieren fineza y criterio no eleva a la persona, expone a la institución.
La propia lengua lo explica sin ambigüedades. Peón proviene del latín vulgar pedo, soldado de a pie. Es el jornalero que trabaja en lo material, el soldado de infantería, la pieza de menor movilidad del ajedrez. También es quien actúa subordinado a los proyectos e intereses de otro. No es un juicio moral: es una definición funcional.
El problema no es ser peón. El problema es creer que se puede actuar como rey o reina sin haber desarrollado visión, criterio, formas y sentido del poder. El problema surge cuando se confunde cercanía con liderazgo, ruido con influencia, obediencia con capacidad de representación. Ahí comienzan los errores estratégicos más costosos.
El liderazgo verdaderamente visionario no humilla, pero tampoco confunde. Reconoce el valor de cada función sin forzarla. Entiende que la lealtad no sustituye la competencia y que la representación institucional exige algo más que enviar a alguien a “estar presente”. Saber ubicar a cada quien donde mejor aporta no es un acto de dureza, sino de inteligencia y respeto.
Las instituciones se fortalecen cuando cada pieza ocupa su lugar natural, cuando el talento se reconoce sin disfraces y cuando la estrategia no se improvisa. Gobernar, dirigir o conducir equipos no consiste en mover piezas al azar, sino en comprender el tablero, anticipar consecuencias y actuar con prudencia.
La verdadera sabiduría no está en aparentar poder, sino en ejercerlo con orden, mesura y visión.
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