En estos días, cuando el sistema internacional, y no en menor medida el hemisférico, atraviesa un proceso de transformación que ya ha tocado las aguas del mar Caribe, Leonel Fernández reaparece recitando, como profesor de escuela, la Carta de las Naciones Unidas. El exmandatario dominicano intenta presentarse como un mediador ecuánime e imparcial, recordando que, como observador electoral en julio de 2024, cuestionó la legitimidad de las actas que proclamaron a Nicolás Maduro aun cuando esto ocurriera luego de un cuestionado silencio.

Pero la fotografía moral que pretende proyectar está montada sobre un escenario frágil. Vista desde la política internacional, su intervención no es un grito auténtico por la paz, sino el intento de redecorar un pasado de complicidad con un régimen cuyo colapso abre la puerta a la extirpación de un mal que ha abatido al pueblo venezolano y a toda la región por más de dos décadas.

Desde sus inicios, Fernández favoreció la existencia de Petrocaribe, la arquitectura geopolítica mediante la cual Caracas exportaba petróleo a cambio de lealtades diplomáticas. Para el expresidente, esa alianza energética se convirtió en bandera y motivo de orgullo político. No se trató de una adhesión técnica o circunstancial, sino de una identificación explícita con el proyecto chavista. En sus propias palabras: “Solo un estadista de la visión del presidente Hugo Chávez y su compromiso con la historia y su vinculación con los países centroamericanos y caribeños ha hecho posible un programa como Petrocaribe”.

Internacionalismo de cartón y la geopolítica del cinismo: una réplica a Leonel Fernández

Así también, en el mismo oficio religioso celebrado en el Palacio Nacional por la salud de Chávez, Fernández profundizó esa exaltación personal y política. Allí no solo elogió la “generosidad” del mandatario venezolano, sino que construyó una narrativa moral en torno a su figura: “Todo el pueblo sabe de su sensibilidad, sentir humanitario, generosidad y su solidaridad para con los pueblos. Es un hombre que ha querido con su acción política contribuir de una forma social en Venezuela e influir en otras naciones”.

Ese internacionalismo de interdependencia, presentado como solidaridad regional, tenía sin embargo un reverso menos noble. Investigaciones posteriores describieron cómo, a través de Petrocaribe, millones de dólares terminaron financiando campañas y fundaciones en distintos países de la región, apuntalando estructuras presidenciales funcionales a los intereses del chavismo. Un régimen que encubría su opresión bajo la retórica de una supuesta lucha contra el “imperialismo”, mientras hablaba de autodeterminación de los pueblos al tiempo que le robaba la libertad al suyo. En la bitácora del poder, episodios como estos convierten la neutralidad en una fábula.

Cuando Fernández insiste hoy en que toda controversia debe resolverse mediante el diálogo interno y proclama que su partido ha sido “demócrata en la República Dominicana y más allá de nuestras fronteras”, invoca el principio de no intervención con un fervor tardío. Está en su derecho de cuestionar el apresamiento de un dictador que recientemente se autoproclamó presidente tras un proceso electoral ilegítimo, en el cual él mismo fue observador. Pero para que la crítica sea sólida debería provenir de alguien que haya denunciado con igual energía la deriva autoritaria del chavismo que causó el éxodo de millones de venezolanos, lo cual no es el caso.

Durante sus gobiernos, Fernández no solo guardó silencio frente a los abusos de Chávez, sino que lo celebró como estadista, lo elevó como referente moral y participó en actos públicos en su honor. Nadie lo escuchó entonces hablar de la urgencia de un diálogo genuino en Venezuela, ni de la necesidad de preservar libertades básicas frente a un poder cada vez más concentrado.

El exmandatario ha sabido cultivar la ambigüedad. Por un lado, se alineó con el socialismo bolivariano cuando resultaba rentable; por otro, hoy cita al papa León XIV y a António Guterres para presentarse como custodio del orden internacional. Esta doble cara se comprende mejor a la luz de la geopolítica. Petrocaribe fue diseñado para comprar votos en la OEA y en las Naciones Unidas a través del petróleo, y su gestión de gobierno fue una de las beneficiadas. Fernández se presentó como líder de una nación soberana que negociaba con dignidad, pero en la práctica aceptó las reglas del juego impuestas por Caracas a cambio de crudo, empequeñeciendo al país y convirtiéndolo en peón de los intereses del chavismo. Su crítica actual a la intervención estadounidense omite que ese mismo chavismo vulneró la soberanía de otros Estados financiando campañas políticas, como ha quedado documentado en diversos reportajes.

Intenta introducir un componente pragmático en su discurso al culpar al gobierno dominicano de no haber convertido a Santo Domingo en la “capital de la paz”. Pero la geopolítica no es un escenario vacío. En lugar de proponer una arquitectura regional que trascienda las tutelas, Fernández recicla una narrativa que deja impune su trayectoria y borra sus alianzas pasadas. Como ya es costumbre, prefiere una República Dominicana pequeña, en estado de subsistencia frente a organismos y estructuras foráneas, en lugar de trabajar por su transformación en una potencia regional con voz propia.

Los conceptos de “libre determinación” y “no intervención” no pueden utilizarse a conveniencia. Quien celebra la solidaridad petrolera cuando le resulta útil y calla frente a la represión interna carece de credibilidad para hablar de derechos humanos. La política internacional exige coherencia entre principios y acciones; de lo contrario, se convierte en retórica vacía. La crisis venezolana no se resolverá reescribiendo la historia ni lavando un pasado prochavista, sino enfrentando la corrupción que la alimentó y reconociendo que la solidaridad no puede basarse en la compra de lealtades.

Juan Bosch, maestro de Fernández, escribió que el Caribe ha sido una “frontera imperial” donde las potencias proyectan sus luchas. En ese territorio de tensiones, los liderazgos locales deben elegir entre ser vigías de su pueblo o agentes de intereses externos. Leonel Fernández eligió lo segundo, trabajando para que la República Dominicana operara como agente de intereses ajenos.

Su internacionalismo de cartón, ayer sostenido en la amistad con Chávez y hoy maquillado con citas de la ONU, es un recordatorio de que la política exterior no puede ser un espejo de ambiciones personales. Defender la soberanía y la paz exige hacerlo sin dobleces y con la memoria intacta.

Octavio Landolfi

Internacionalista

Internacionalista. Licenciado en Relaciones Internacionales con Maestrías en Educación. Especialista en Geopolítica y Desarrollo de Mercados. Director de Comercio Interno del Ministerio de Industria,Comercio y Mipymes.

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