En los vastos territorios donde la riqueza mineral yace oculta bajo capas de tierra y tiempo, la institucionalidad emerge como un pilar esencial para transformar esa potencialidad en realidad palpable. En países como Chile, Perú, Argentina, Colombia y México, la exploración y explotación de recursos minerales se desarrollan en un marco de regulaciones robustas y amplias, leyes que actúan como guardianes de un delicado equilibrio entre desarrollo y protección, entre economía y comunidad.

Estos países, conocidos como las naciones mineras de América Latina, poseen una diversidad notable y una cultura nacional profundamente arraigada en la minería. Han construido una compleja red de leyes, normativas y entidades encargadas de control, promoción y consulta, que reflejan una historia de compromiso y regulación en torno a sus recursos naturales.

En contraste, la historia de la República Dominicana revela un escenario diferente, marcado por obstáculos persistentes. La intención de reformar la ley minera, que data desde 1971, sigue pendiente de ejecución, convertida en símbolo de resistencias que frenan el avance. Lo que resulta aún más revelador es que la eficacia de estos obstáculos no proviene de los sectores populares ni ambientalistas, sino de una estructura institucional y empresarial que aún no logra adaptarse a los tiempos ni a las necesidades del país.

La única iniciativa significativa en educación ciudadana en minería, desarrollada por el Ministerio de Energía y Minas entre 2021 y 2023, fue un esfuerzo modesto: spots televisivos, anuncios radiales y banners en vallas y estaciones del metro. Aunque bien recibido, este programa no encontró respaldo en el sector privado, dejando un vacío en la construcción de conciencia y diálogo social.

La experiencia de Romero revela que el tema minero debe elevarse a la agenda del Consejo Económico y Social, donde diversos sectores puedan dialogar y pactar, creando un espacio de consenso. La reciente aparición de tierras raras en Pedernales, las millones de onzas de oro en Romero y el depósito aurífero en Restauración, junto con otros yacimientos metálicos en investigación, exigen un marco institucional actualizado, liderazgo político maduro y una visión de largo plazo.

La crisis que rodea el proyecto Romero evidencia la fragilidad de la gobernanza en el sector. Las relaciones entre la empresa, las autoridades públicas y la comunidad afectada permanecen precarias, vulnerables a la tensión y la desconfianza.

Algunos sectores respondieron a la suspensión decretada por el presidente Abinader con descalificaciones contra ambientalistas y comunitarios. Este error, peligroso y contraproducente, solo profundiza la barrera comunicativa entre los desarrolladores y la población. La retórica hostil no hace más que alimentar la confrontación, en lugar de buscar puentes de entendimiento.

El presidente Abinader intervino en un momento crítico, cuando la discusión se había transformado de técnica y jurídica a una confrontación sociopolítica.

Antonio Almonte

Físico nuclear

Actual Director Ejecutivo de la Comisión Nacional de Energía del PRM. Graduado en física y en ingeniería nuclear (Madrid y Londres).

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