En enero de 2024 tomé prestado el título del Barómetro de Confianza de Edelman, «Innovation in Peril», para describir nuestra sospecha. La innovación dominicana corría peligro por la repetición de una fórmula de desarrollo que ni era neutral ni era equilibrada. Los mismos actores, las mismas instituciones, los mismos receptores de recursos.

Edelman enfocaba su informe en una crisis global de confianza; yo hablaba de un país que había caído al puesto 94 del Global Innovation Index (GII). Dos años y medio después, el índice 2026 responde a aquella pregunta con el puesto 99 de 139. La posición más baja en más de una década.

Conviene detenerse en la física del descenso antes que en su moral. Entre 2024 y 2026 los insumos de innovación del país subieron del lugar 94 al 87. Instituciones estables, formación bruta de capital en el puesto 33, inversión extranjera directa en el 40, estabilidad de políticas para hacer negocios en el 31.

Durante el mismo período los resultados cayeron del 99 al 110. La brecha entre ambos subíndices se abrió hasta veintitrés posiciones, siendo la más ancha de la década. El sistema recibe más recursos y devuelve menos resultados.

GII 2026 · República Dominicana

Posición general 99 / 139
Insumos de innovación 87
Resultados de innovación 110
Artículos científicos / PIB 138
Gasto en software / PIB 132
Sofisticación empresarial 76 (+11)

¿Dónde se disipan los recursos? En los lugares de siempre, que llevo documentando desde 2020. Capital humano e investigación en el puesto 116, cinco posiciones peor que el año pasado. Artículos científicos por unidad de PIB en el 138 de 139. Gasto en software en el 132. Patentes de origen, marcas globales y unicornios en cero. Veinte investigadores a tiempo completo por millón de habitantes, dato de 2022 porque desde entonces el país dejó de reportarlo.

Lo que en 2022 llamé el talón de Aquiles de los datos sigue abierto. El GII marca como obsoletos los indicadores de electricidad, investigadores y financiamiento de startups, y deja en blanco el gasto empresarial en I+D. Un país que deja de medirse acepta que otros lo midan por aproximación.

Un pilar que sube solo

Hay una excepción que merece lectura propia porque contradice el patrón. La sofisticación empresarial pasó del puesto 87 al 76, once posiciones en un año, y es el único pilar que avanza. Tres de los ocho indicadores que el índice marca como fortalezas nacionales en 2026 pertenecen a ese pilar. Son la inversión extranjera directa, los pagos por propiedad intelectual y el dividendo demográfico juvenil. La colaboración universidad-empresa en I+D subió doce lugares; las importaciones de servicios TIC, once.

Ese es el territorio donde trabajamos. Desde Tabuga y con nuestros aliados y clientes hemos sostenido durante quince años que la empresa dominicana se sofistica con o sin ecosistema, porque la presión competitiva opera, aunque la política pública se distraiga. El índice le da la razón a esa tesis. La empresa compra conocimiento, paga licencias, importa servicios, absorbe tecnología. El GII mide esa absorción y la premia.

Pero la absorción tiene un límite físico que conviene nombrar. Un organismo que solo absorbe engorda; para crecer necesita metabolizar. La sofisticación empresarial es un subíndice de insumos. Mide lo que la empresa toma del mundo, no lo que devuelve. Y lo que devuelve, medido en el subíndice de resultados, cayó ocho posiciones en el mismo año en que la absorción subió once. El país consume más de trescientos millones de dólares anuales en inteligencia artificial, según Tabuga Intelligence, e invierte diez en desarrollarla. La empresa se moderniza importando; el ecosistema sigue sin producir. Ambas cosas son ciertas a la vez y el índice las registra en columnas distintas.

El peligro como sistema

Vuelvo a Edelman porque su diagnóstico de 2024 envejeció bien. La innovación corre peligro cuando se gestiona mal, cuando la regulación llega tarde, cuando la confianza en líderes y expertos se erosiona y cuando la ciencia se percibe politizada.

En la República Dominicana esas cuatro condiciones toman una forma concreta en la innovación como capital político. Programas que repiten participantes, fondos cuyos administradores consumen más de la mitad de los recursos, casos emblemáticos como CiudadanIA que el Estado ejecuta de forma directa en lugar de licitar a empresas locales que así adquirirían capacidades. En 2025 describí ese arreglo como un equilibrio de Nash no cooperativo. Sucede cuando el sector privado se retira racionalmente de los espacios donde el Estado compite con presupuesto ilimitado y sin presión de retorno.

Ese equilibrio explica la paradoja de este año mejor que cualquier otra variable. La empresa privada innova donde el Estado está ausente, en su propia operación, en su cadena de suministro, en su relación con clientes. Y deja de innovar donde el Estado ocupa el espacio, en investigación aplicada, en datos públicos, en formación avanzada. La sofisticación empresarial crece como crece la vegetación en los bordes de un terreno baldío, por fuera del área que alguien dijo que iba a cultivar.

El GII 2026 lleva por subtítulo «Powering entrepreneurs at the frontier of science», y organiza su lectura del mundo alrededor del emprendimiento de ciencia profunda, el que convierte laboratorio en empresa. Bajo esa lente la República Dominicana aparece sin empresas en el registro global de inversores corporativos en I+D, sin universidades en los rankings y con co-publicaciones academia-industria en el puesto 119. La frontera de la ciencia queda lejos de donde está parada la sofisticación empresarial dominicana, que opera en la frontera de la adopción.

Lo que el crecimiento debe pagar

La respuesta a la pregunta de 2024, entonces, tiene dos capas. La innovación empresarial goza de salud en el país y mejora año tras año. La innovación como capacidad nacional está en peligro, porque el único motor que funciona trabaja aislado de los demás. Un pilar sube once y seis bajan o se quedan; un subíndice de insumos mejora y el de resultados se desploma. El sistema tiene una sola pieza en movimiento.

El desarrollo consiste en que esa pieza mueva al resto. El crecimiento empresarial que el índice reconoce debe financiar lo que el índice reclama, es decir, investigadores, datos abiertos, graduados en ciencia e ingeniería, que hoy son el doce por ciento del total, y producción de conocimiento propio. Si la sofisticación empresarial sigue subiendo mientras el capital humano sigue bajando, el país habrá optimizado la importación de inteligencia ajena y habrá renunciado a producir la suya. Hay economías que viven bien así durante décadas. Ninguna de ellas aparece en los primeros cincuenta lugares del índice.

La sofisticación empresarial es la línea base. Las autoridades deben construir el techo que la zapata pueda sostener.

La innovación es para todos.

Arturo López Valerio

Tecnólogo

Arturo López Valerio es pionero en Cloud Computing, eCommerce, Marketing Digital y el desarrollo de proyectos de alto tráfico en República Dominicana. Desde el 2011 opera en TABUGA, empresa que se dedica al fomento del conocimiento, la tecnología e innovación para la transformación y avance del crecimiento empresarial; llegando a desarrollar comunidades digitales, estrategias de marketing digital y emprendimiento con alcance de más de un millón de dominicanos. En 2010, fue designado como Experto Nacional para la República Dominicana por la WSA (World Summit Award) —la iniciativa de la ONU y su Alianza Global para las TIC y el desarrollo (GAID), que hace hincapié en la diversidad e identidad cultural, la creación de contenidos informativos variados y la digitalización del patrimonio educativo, científico y cultural. Ha publicado el libro “#Emprende: una guía para ciudadanos de a pie”, con consejos y experiencias para quienes han decidido iniciar proyectos de emprendimiento desde cero.

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