Es consenso que la Iglesia católica es una entidad tradicionalista. Por conservar, conserva con atención pinturas, partituras, escrituras, tesoros, ex votos y un montón de cosas más al punto que los archivos vaticanos ejercían una especie de fascinación en el mundo cristiano. Más de un escritor de suspenso ambientó la trama de sus misterios en esa ubicación.
Sin embargo, a pesar de toda esa aura de secreto y de la gran capacidad de relacionarse bien con las figuras en el poder político a partir del siglo IV, no hay que olvidar que en muchos momentos desde su interior surgieron figuras que revolucionaron las prácticas existentes. Francisco de Asís soñó que debía reformar la Iglesia y le puso puso empeño a la tarea. Su esfuerzo causó tal conmoción y adhesión que fue preferible mantenerlo dentro del clero y hasta canonizarlo. A ochocientos años de su fallecimiento, sigue siendo uno de los modelos más admirados.
La más reciente demostración de capacidad de cambio la ha dado el papa León XIV al concederle más poder político a sor Simona Brambilla, una monja que ya era importante en la administración de esa iglesia. Un poco de contexto: para organizar el trabajo de apoyo en la fe a mil cuatrocientos millones de bautizados, el Vaticano tiene al Obispo de Roma (otro de los títulos del papa) y a dieciséis dicasterios.
Un dicasterio es equivalente a lo que en la administración política habitual se llama “Secretaría de Estado” o “Ministerio”. En términos de organización, su cantidad de miembros es variable y funciona como un comité donde la agenda y la regularidad de las discusiones comunes es determinada por lo que decide el prefecto de cada uno de ellos. Al igual que en una Junta Directiva, es común que los dicasterios repitan miembros, así las decisiones se toman con la visión enriquecida.
Sus títulos pueden sonar etéreos para nuestros oídos del siglo XXI, pero a la organización le funcionan. Uno de los más conocidos es el del “Dicasterio para la Doctrina de la Fe”, que dirigió con fuerza y rectitud el cardenal Josef Ratzinger. Otro dicasterio importante es el que trabaja para los Obispos (la nomenclatura es así “Dicasterio PARA” y no “Ministerio DE”). Ese Dicasterio para los Obispos, que es más o menos el equivalente de un Departamento de Recursos Humanos de una empresa moderna, dispone lo relativo al nombramiento de los obispos, administradores apostólicos y la provisión de las Iglesias particulares. Hasta el año 2025 estuvo dirigido por Robert Prevost antes de ser elegido papa. Además, se distingue porque en el año 2022 se convirtió en el primero en tener al mismo tiempo a tres mujeres en calidad de miembro.
Tres años después de esta innovación, uno de esos dicasterios, el que está destinado a los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (el que sería el equivalente de un Comité de Cumplimiento), pasó a ser dirigido por una mujer, Simona Brambilla. Menos de un año después, el 14 de febrero pasado, esa monja fue nombrada miembro del dicasterio para los Obispos. Es decir, además de jefa de un comité ahora ella es miembro de otro comité. Es un nombramiento que, además de reconocimiento a la trayectoria de una persona en particular, tiene lógica y utilidad.
Puede que a algunos le cueste asimilarlo, pero la Iglesia católica está haciendo innovaciones dentro de la tradición, algo que era de esperar cuando está dirigida por un papa que pasó de Chicago a Chiclayo y en el camino adoptó la nacionalidad peruana.
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