En la primera entrega examiné las cifras de población e inmigración haitiana utilizadas por Andy Dauhajre. En esta me detengo en el paralelismo que establece entre la inmigración haitiana en República Dominicana y la africana y musulmana en Europa. Inspirado en Conquests and Cultures, de Thomas Sowell, Dauhajre advierte que la llegada de poblaciones con menor capital humano y prácticas culturales distintas puede deteriorar la economía y las instituciones de las sociedades receptoras.

La advertencia merece examinarse: ¿qué permiten concluir los estudios de Sowell y qué respaldo tiene la interpretación que hace Dauhajre de la experiencia europea? El enfoque histórico comparativo de Sowell tiene el mérito de destacar la importancia de los conocimientos, las habilidades y las prácticas transmitidas entre generaciones. El propio autor reconoce la influencia de la geografía, la composición demográfica y la discriminación sobre las desigualdades. La dificultad está en establecer el peso de cada factor. La selección de casos históricos permite formular hipótesis, pero resulta insuficiente para separar lo que corresponde a las prácticas culturales de lo que depende de las oportunidades educativas, la posición social y las instituciones. A mi juicio, el enfoque corre el riesgo de atribuir a la cultura diferencias cuyo origen no se ha establecido.

Sowell advierte, con razón, que una desigualdad entre grupos no basta para medir la discriminación. Pero descartar que esta lo explique todo tampoco demuestra la primacía de la cultura. Su comparación entre la población negra de Haití y la de Estados Unidos ilustra esa dificultad: las dos poblaciones viven en economías con historias, recursos e instituciones muy diferentes. Comparar sus ingresos no permite aislar el efecto de la discriminación racial ni atribuir la diferencia restante a la cultura. La misma cautela que Sowell reclama frente a una explicación debe aplicarse a la otra.

La propia categoría de cultura requiere precisión. La escolaridad, los conocimientos técnicos, las redes familiares, las creencias religiosas y las actitudes laborales pueden influir por vías distintas. Reunirlas bajo una misma denominación dificulta identificar cuál de ellas explica un resultado. Si se deduce que un grupo valora poco la educación porque tiene baja escolaridad, y luego se explica su baja escolaridad por esa supuesta actitud, el razonamiento se vuelve circular. ¿Qué sabemos, en cambio, sobre las escuelas a las que tuvo acceso, los recursos de sus familias y las oportunidades laborales que ofrecía la educación?

Hay otra distinción decisiva para la lectura de Dauhajre. Explicar por qué unos inmigrantes ganan menos que otros no equivalen a establecer que su llegada empobrece a quienes ya viven en el país receptor. Un trabajador puede tener poca escolaridad formal y aportar habilidades que una empresa necesita. Para evaluar el efecto de su incorporación hay que examinar qué ocurre con la producción, el empleo y los ingresos de los distintos grupos. Incluso un aporte positivo al conjunto de la economía es compatible con costos para determinados trabajadores o territorios. Ninguno de esos efectos se desprende de una clasificación cultural previa. De hecho, el propio Dauhajre reconoce que la inmigración haitiana aporta positivamente a la economía dominicana, pese a la diferencia de capital humano que señala entre ambos países.

La analogía con las conquistas militares añade una dificultad. Una conquista puede destruir infraestructura, interrumpir la actividad económica y sustituir las instituciones de gobierno. En esos casos, atribuir el retroceso al capital cultural de los conquistadores exige distinguir su efecto del de la guerra y la coerción. Trasladar esa explicación a personas que cruzan una frontera para trabajar requiere todavía más evidencia. La comparación histórica puede sugerir preguntas; por sí sola no ofrece una respuesta sobre la inmigración laboral contemporánea.

Para evaluar el supuesto fracaso de la integración de los inmigrantes en las sociedades receptoras resulta más útil examinar las trayectorias y sus descendientes. Eso hace Hein de Haas, destacado holandés, en How Migration Really Works (o Los mitos de la inmigración: 22 falsos mantras sobre el tema que más nos divide). Su revisión reconoce conflictos, desigualdades y políticas desacertadas, pero muestra por qué una descripción de las desventajas iniciales dice poco sobre lo que ocurrirá una o dos generaciones después. El contraste entre recién llegados y población nativa puede revelar dificultades en el idioma, la escuela o el trabajo. Seguir a sus hijos y nietos permite preguntar si esas brechas persisten, se reducen o cambian de forma.

Un ejemplo que recoge De Haas es el aumento de la escolaridad media de los hombres de origen mexicano en Estados Unidos: de unos 9.5 años en la primera generación a 12.7 en la segunda. Ese dato no describe lo ocurrido en Europa. Allí, el autor reseña el progreso educativo de los descendientes de trabajadores turcos y marroquíes, aun cuando persisten diferencias respecto de la población sin ascendencia inmigrante. Ambos ejemplos muestran cuánto se pierde al juzgar la disposición hacia la educación de toda una población a partir de la escolaridad de quienes llegaron primero.

De otro lado, el informe de integración de la OCDE y la Comisión Europea de 2023 ofrece otra evidencia pertinente. Documenta mejoras en comprensión lectora entre los hijos de inmigrantes nacidos en los países receptores y una reducción parcial de las brechas con los hijos de padres nativos. El avance no ha sido igual en todos los países y grupos. Precisamente esa variación aconseja estudiar las condiciones familiares y escolares de cada caso, en vez de dar por sentado que una religión o un origen nacional determina el rendimiento.

El acceso al empleo ofrece una prueba adicional de por qué debemos considerar a la sociedad receptora. De Haas recoge un metaanálisis de 43 estudios de contratación, realizados entre 1990 y 2015. En promedio, candidatos de grupos minoritarios con cualificaciones equivalentes debían enviar alrededor de un 50% más de solicitudes para conseguir una entrevista. El resultado no explica todas las diferencias laborales. Sí muestra que, incluso con cualificaciones comparables, las oportunidades pueden ser desiguales. Una explicación que atribuya el desempleo únicamente a los hábitos o a la falta de voluntad de los inmigrantes deja fuera una barrera que puede observarse directamente.

De Haas también cuestiona determinadas políticas multiculturalistas. En su interpretación, algunas prolongaron la ficción del trabajador invitado que terminaría regresando a su país. Mientras se esperaba ese retorno, se postergaban decisiones sobre el acceso al empleo, la educación y la participación de personas que ya se habían establecido. Esta crítica merece tener en cuenta porque permite discutir los desaciertos de las políticas europeas sin atribuirlos a una supuesta incompatibilidad del islam o de las culturas africanas con las sociedades democráticas. Una cosa es examinar si una política favoreció la separación; otra, responsabilizar de ella a las creencias de quienes llegaron.

En materia cultural, conviene distinguir integración de uniformidad. Aprender el idioma, respetar las leyes y participar en la vida económica y social es compatible con conservar creencias y costumbres que no vulneren derechos ajenos. La Comisión Europea concibe la integración como un proceso que exige esfuerzos de los inmigrantes y condiciones de participación en la sociedad receptora. Esa orientación no demuestra que las políticas hayan funcionado en todos los casos. Ayuda, en cambio, a precisar qué se está evaluando: si las personas pueden participar y convivir en condiciones de igualdad, sin hacer de la renuncia a su religión una prueba de pertenencia.

La experiencia europea tampoco ofrece una trayectoria única. Hay familias que mejoran su posición mediante el estudio, el trabajo o el emprendimiento, y otras cuyos hijos siguen encontrando barreras para salir de la pobreza o acceder a empleos estables. Reconocer esas diferencias permite preguntar por qué los avances son mayores en unos lugares que en otros. Atribuir los rezagos a una cultura de origen común deja sin explicar, justamente, por qué poblaciones de origen semejante pueden tener resultados distintos según las oportunidades que encuentran y el tiempo que llevan establecidas.

Sentencia De Hass que a pesar de la sólida evidencia de prejuicios y discriminación hacia grupos particulares de migrantes y minorías, el panorama general a largo plazo sigue siendo de notable éxito. La evidencia de estudios e informes que se han escrito sobre la integración de los inmigrantes desafía las narrativas de fatalismo y muestra que, aunque lleva tiempo, incluso los grupos de migrantes más desfavorecidos pueden tener éxito a través del trabajo duro, el emprendimiento y la solidaridad comunitaria.

Podemos coincidir con Andy en que República Dominicana necesita institucionalizar su política migratoria y exigir el cumplimiento de las leyes. La discrepancia está en invocar el supuesto fracaso de la integración de los inmigrantes en Europa como advertencia sobre el futuro dominicano. La evidencia examinada muestra avances entre generaciones, desigualdades persistentes y decisiones institucionales que merecen crítica. Para nuestro país, la pregunta pertinente es qué condiciones laborales y sociales encuentran aquí los inmigrantes haitianos y qué oportunidades tienen sus descendientes. Esas condiciones pueden investigarse y, cuando sea necesario, cambiarse. Una analogía entre poblaciones definidas por su origen o su religión no puede sustituir ese examen.

Julio César Mejía Santana

Demógrafo y Estadístico

Demógrafo y Estadístico. Egresado del Doctorado en Ciencias, especialidad en Estudios de Población, El Colegio de México, A.C., México, D.F. y de la Maestría en Estudios Sociales de Población del Centro Latinoamericano de Demografía de la CEPAL, en Santiago de Chile. Egresado de la carrera de Estadística en la UASD. Publicó en el año 2010 el libro Empleo y desempleo y desempleo En República Dominicana: La controversia de las cifras oficiales. Actualmente coordina y dirige dos publicaciones científicas periódicas del Observatorio Ciudadano del Mercado de Trabajo: el anuario Barómetro del Mercado de Trabajo y Notas de Coyuntura Laboral, de periodicidad semestral.

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