"Los tuits no anulan acuerdos firmados", declaró un funcionario saudita la semana pasada. En medio del hervidero de surrealismo que vive EE. UU., resulta llamativo que sea una autocracia dinástica la que nos aleccione en cuanto a la inviolabilidad de los contratos.
Donald Trump había afirmado en Truth Social, su red social, que modificaría un acuerdo nuclear entre EE. UU. y Arabia Saudita al día siguiente de su firma. Que el acuerdo fuera polémico es una cosa. Que él pensara que podía cambiarlo sin consultar a los sauditas era otra muy distinta. Trump sigue haciendo anuncios descabellados. Como resultado, su control del poder se está viendo afectado.
Eso podría parecer paradójico para un presidente estadounidense que ha hecho más que ningún otro por crear una presidencia todopoderosa. Pero el poder es la capacidad de moldear el mundo a tu favor. Esto no debe confundirse con constantemente proclamar lo poderoso que eres.
La fuerza es uno de los muchos medios para alcanzar un fin, no un fin en sí mismo. A veces, como en el caso de Irán, la acción militar genera un resultado opuesto al deseado. La concepción que Trump tiene del poder lo ha llevado directamente a perder su capacidad para influir en los acontecimientos del Golfo.
Esa pérdida de credibilidad se evidencia sobre todo en los mercados bursátiles. Al inicio de la Operación Furia Épica, las declaraciones de Trump provocaron grandes oscilaciones en los mercados. La promesa de muerte y destrucción en Irán, o el compromiso de dialogar con su régimen, generaban descontroladas fluctuaciones. Cuanto más Trump declara cosas que son obviamente falsas —por ejemplo, al repetir que Irán ha aceptado todas sus condiciones—, menos gente le cree.
Al igual que un drogadicto que aumenta la dosis para recuperar esa esquiva euforia, la respuesta de Trump es hacer que su retórica sea aún más descabellada. Dejar ese hábito sería resultado de hacer un balance, buscar mejores consejos y apegarse a decisiones que generen resultados a largo plazo. Sus palabras gradualmente recuperarían su peso. Dado que la curva de aprendizaje de Trump va en descenso, podemos suponer que él no hará nada de eso. El panorama para el resto de su mandato es, por lo tanto, tragicómico.
La parte cómica es más fácil de prever. En este momento de renovado interés por los clásicos griegos, Trump es como Ícaro, quien voló tan cerca del sol que la cera entre sus alas se derritió. La historia registrará el momento "Ícaro" de Trump como el 28 de febrero, el día en que se lanzó la campaña militar contra Irán.
Fue entonces cuando su bravuconería se topó con la realidad. Otros ven ese momento como en el que Trump traicionó a su base de derecha del movimiento MAGA al embarcarse en una guerra eterna. Pero eso no era en lo absoluto lo que Trump tenía en mente. Él pensaba que estaba iniciando una guerra corta que ganaría fácilmente y que resolvería, de una vez por todas, la situación en el Medio Oriente. El líder de Israel, Benjamín Netanyahu, se lo había asegurado.
Al no haber logrado someter a Irán mediante bombardeos, Trump está tratando de moldear la realidad mundial a su antojo a través de publicaciones en medios sociales. Lejos de resolver los problemas del Medio Oriente, él ha globalizado sus patologías. En este contexto cada vez peor, las publicaciones fantasiosas son tan peligrosas para el poder de Trump como intentar ganar una guerra solo con poder aéreo. Lo más sensato sería dialogar con Irán en privado, en lugar de hacer anuncios en los medios sociales. Al igual que los sauditas la semana pasada, sin embargo, Trump se comunica con Irán a través de bravuconadas públicas, lo que reduce las posibilidades de que los iraníes confíen en cualquier acuerdo que negocien con él.
Las palabras de Trump están, por lo tanto, alejando una vez más de su alcance lo que él desea: un acuerdo con Irán. Muchos se han visto tentados a calificar a Trump de irracional y, posiblemente, de loco. La conocida cita que define la locura como hacer lo mismo una y otra vez y esperar un resultado diferente se está citando aún más de lo habitual. Si se miden en función de los medios y fines diplomáticos, las acciones de Trump son irracionales. Pero esas no son necesariamente sus medidas de referencia. Él sigue ganando mucho dinero gracias a su presidencia y acaparando la atención pública. Esos dos objetivos son siempre sus prioritarios.
El acuerdo de Trump con Arabia Saudita da una idea de qué se puede anticipar del resto de su mandato. El acuerdo le permite a Arabia Saudita desarrollar una industria nuclear civil a gran escala, incluyendo el derecho a enriquecer uranio en su propio territorio, sin salvaguardias internacionales.
Desde cualquier perspectiva geopolítica, esto es una locura. Otros países se sentirán alentados a desarrollar armas nucleares, y el régimen de inspecciones de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) que ha mantenido contenida la proliferación correría la misma suerte que la Organización Mundial del Comercio (OMC), así como la de otros antiguos baluartes del "orden internacional liberal". Y, lo que es más importante, aumentará la tentación de Irán de lanzarse a producir la bomba nuclear.
Sin embargo, según Trump, tiene sentido. Los sauditas siguen dirigiendo negocios hacia Trump y su familia. Además, su sector nuclear lo construirían compañías estadounidenses, no rusas, chinas ni francesas.
La adición posacuerdo por parte de Trump fue afirmar que Arabia Saudita debe normalizar sus relaciones con Israel. Es imposible que los sauditas acepten esto mientras Netanyahu se oponga a un proceso de paz palestino. Así que, en teoría, el acuerdo entre EE. UU. y Arabia Saudita está muerto. Un vistazo a los motivos de Trump nos indica que él encontrará la manera de permitir que siga adelante.
He aquí, en síntesis, qué cabe esperar de un presidente empeñado en destruir su credibilidad geopolítica. El habitual troleo que tan bien le funciona en su país está minando su poder en el escenario mundial. Sin embargo, eso no le impedirá cerrar acuerdos bilaterales; más bien todo lo contrario.
Se pueden descontar los acuerdos serios que perduren más allá del mandato de Trump. Los acuerdos apresurados pueden resultar perjudiciales para el interés nacional de EE. UU., pero habitualmente mejorarán los resultados financieros de Trump.
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