Uno de los fenómenos indispensables para analizar el pensamiento político y moral es la ideología. Las sociedades contemporáneas están atravesadas por conflictos identitarios y por formas distintas de concebir la interacción social. Ese pluralismo resulta difícil de admitir cuando se supone que solo existe una forma válida de entender el mundo y que únicamente quienes comparten la perspectiva propia están en el lado correcto de la historia. Conviene aclararlo: la defensa del pluralismo aquí planteada es ideológica y, por tanto, no pretende ser neutral.

La expresión «ideología» es imprecisa y ambivalente, pues se utiliza con dos sentidos diferentes que suelen confundirse en la práctica del discurso público. Por un lado, puede entenderse en el sentido descriptivo de la RAE, esto es, como “conjunto de ideas fundamentales que caracteriza el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político, etc.”. Por otro lado, puede verse en sentido peyorativo, “para referirse al conocimiento deformado de la realidad, a un fenómeno de falsa conciencia” (Atienza).

Los contornos de las ideologías no se definen de una vez por todas. Se moldean en el tiempo y en la interacción social, por lo que rara vez se presentan como un bloque monolítico cuyos fundamentos sean articulados como dogmas inmutables. Suelen contener fracturas internas y modulaciones de perspectivas que afectan la definición de sus contenidos. Por eso, dentro de cada marco ideológico hay polos que van de la moderación (que admite la legitimidad del pluralismo) a la radicalización (que tiende peligrosamente hacia el pensamiento único).

La ciencia no es aséptica. Aunque no todo desacuerdo científico es ideológico porque hay consensos robustos que no dependen de preferencias políticas, existen tensiones metodológicas en diversos campos del conocimiento que pueden ser instrumentalizadas con fines ideológicos. De ahí que se asuma con frecuencia que el etiquetado de «científico» otorga una legitimidad reforzada a la ideología propia, invalidando por anticipado cualquier perspectiva que le sea contraria por considerarla meramente ideológica.

Las ideologías afectan la comprensión de los hechos. Las ideas preconcebidas inciden en la manera en que interpretamos la realidad. Por eso, cuando se analiza un hecho social sin un control adecuado de las propias precomprensiones, pueden surgir conclusiones divergentes según la perspectiva ideológica adoptada. De ahí que la posverdad como fenómeno que debilita el peso de los hechos en la formación de la opinión pública sea especialmente relevante: hay divergencias sobre los propios hechos y sobre cómo interpretarlos según las adscripciones ideológicas de cada sujeto.

Aquí cobra relevancia la conciencia para comprender la forma de estar en el mundo. Schopenhauer consideraba que “muchas personas quedarían sorprendidas si pudieran ver de qué elementos se compone esa conciencia de la que se forman una idea tan pomposa. Se compone, aproximadamente, de un quinto de temor a los hombres, un quinto de creencias religiosas, un quinto de prejuicios, un quinto de vanidad y un quinto de costumbre”. La conciencia no es pura razón; por eso las ideologías arraigan con tanta fuerza, alimentadas por pasiones y emociones.

Cuando una ideología se vuelve impermeable al diálogo, suele tachar de ideológica la posición ajena, deslegitimar al otro mientras se normalizan las propias propuestas y descalificar como inmoral, irracional, pasional o anómalo todo discurso adverso. El pluralismo permite que las distintas ideologías se manifiesten con sus cargas afectivas y racionales; pero no acepta que una ideología transforme su propia perspectiva en autoridad exclusiva sobre la realidad, la razón o la moral.

La mayoría de los debates públicos están atravesados por disensos inerradicables entre ideologías que disputan la conciencia colectiva. Las diferencias de criterio siempre han existido y son parte esencial del desarrollo humano. El problema es la pretensión de ignorar el pluralismo asumiendo criterios de exclusión que niegan legitimidad a las perspectivas distintas y desembocan en el antagonismo amigo/enemigo (Schmitt), así como en el rechazo de toda posición intermedia por considerarla una claudicación.

Se impone advertir que el pluralismo no es incondicional. No implica tolerar discursos que niegan la dignidad o los derechos de otros, ni aceptar posturas que buscan destruir el propio espacio democrático. La apertura a escuchar todas las voces no implica pasividad frente a quien se ampara en la tolerancia sin asumir sus exigencias morales (Popper). Reconocerlo no contradice la apuesta por el diálogo, sino que la hace posible y evita sucumbir a una deriva autodestructiva.

Otra situación a considerar desde el prisma democrático es el aprovechamiento de las ideologías a partir de discursos que procuran proyección mediática o rentabilidad política. Aquí ya no hay falsa conciencia, sino instrumentalización retórica que puede asumir dos formas distintas: la identificación estratégica que usufructúa el capital ideológico sin compartir sinceramente sus bases subyacentes, o la presunta racionalización técnica que aprovecha ese capital en procura de legitimidad.

De ahí la necesidad de articular prácticas deliberativas racionales y afectivas que aseguren el pluralismo político y la convivencia democrática: mayor libertad de conciencia individual, tolerancia colectiva para dialogar con quienes piensan distinto y asunción de las propias visiones ideológicas para resguardarnos de los riesgos del pensamiento único, la instrumentalización y el dogmatismo. Solo así se garantizará el reconocimiento de las diversas perspectivas más allá de una mera estadística para cumplir con las formalidades democráticas.

Félix Tena de Sosa

Abogado

Abogado constitucionalista con más de 20 años de experiencia en instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales. Docente universitario de derecho constitucional, filosofía del derecho y derechos humanos. Apartidista, librepensador, socioliberal, moderado y escéptico. Opina a título personal

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