“Que en su servicio y trato de la gente de ella [de México], hay la manera casi de vivir que en España y con tanto concierto y orden como allá” Hernán Cortés a Carlos V, 1521, Thomas, Hugh, La conquista de México, p. 27, Edición V Centenario, Crítica, 2021.
Por lo que he leído en el libro antes citado, y al cual me referiré aquí varias veces cuando trato sobre la historia de los mexicas, su vida era estable, organizada mediante un sistema conocido como calpulli, posiblemente compuesto por asociaciones de familias vinculadas entre sí que se autogobernaban bajo políticas y normas centralizadas. Los guerreros eran numerosos y bien organizados en legiones de 8 mil hombres, divididas en compañías de 100 que eran coordinadas por el calpulli. Ellos mantenían la paz y el dominio imperial. Sus ejércitos estaban siempre en movimiento y sus principales tareas eran reprimir rebeliones y conquistar nuevas ciudades.
Existían escuelas para los niños de la clase alta que según al historiador antes citado eran comparables a las escuelas públicas del reinado victoriano en Inglaterra, en cuanto a que “cultivaban los buenos modales, pretendían acabar con la lealtad de los niños hacia su hogar. Prestaban atención al carácter, o sea a la preparación de un rostro y un corazón auténtico; pero daban también clases de derecho, política, historia, pintura y música.” [p, 35] Los hijos de los trabajadores recibían una educación vocacional. A todos se les inculcaba una sólida ética de trabajo, para que fuesen honrados, diligentes e ingeniosos. A las niñas se les educaba en escuelas aparte, para ser amas de casa y madres.
El emperador se consideraba un ser semi divino, aunque no era objeto de culto. El designaba a los dos sumos sacerdotes, cada uno al servicio de los dos dioses más importantes, de una religión politeísta que lo dominaba todo. Según el relato de Thomas, las principales divinidades eran los verdaderos gobernantes de los mexicas. Indica que “a mediados del siglo XV los mexicas habían construido una ciudad colosal, más grande que cualquiera de las de Europa, con las posibles excepciones de Nápoles y Constantinopla.” Se estima que la población de Tenochtitlan rondaba los 300 mil habitantes, residiendo en un entorno urbano diseñado mediante el sistema de cuadrículas, es decir: en cuatro cuadrantes orientados hacia los puntos cardinales, divididos por dos ejes viales de calzadas y canales en ángulos rectos, con el Templo Mayor como centro y corazón político-religioso del imperio mexica.
Thomas también señala que había escasa delincuencia, gracias a la aceptación generalizada de los usos y costumbres de la sociedad o como consecuencia de los durísimos castigos. Indica que “La ley no era más favorable para los nobles; de hecho, si estos cometían ciertos delitos o crímenes, su castigo era más riguroso que el de los plebeyos. Los monarcas consideraban que su propia familia estaba sujeta a las leyes.” [p.42]
Las mujeres podían poseer propiedades y recurrir a la justicia sin autorización de su esposo. Predominaba la monogamia, aunque los monarcas poseían muchas concubinas, además de la esposa oficial o “reina”. El adulterio se penalizaba con la muerte. Las tierras que pertenecían a la ciudad se repartían entre los calpultin, los nobles, los templos y el gobierno, pero las tierras conquistadas se repartían entre los que habían luchado. El emperador nombraba inspectores para asegurarse de que se cumplieran las normas de cultivo dictadas por el gobierno central, y además se supervisaban las obras en construcción para evitar que estas invadieran las calles o los canales públicos.
Las creencias religiosas dominaban la vida, regidas por el calendario específico que indicaba cuándo realizar las distintas ceremonias y rituales. La cotidianidad de la vida estaba repleta de festejos, grandes y pequeños. Los historiadores estiman que posiblemente los sacrificios humanos se iniciaron en la región de México hacia el año 5000 a.c. Los mexicas fueron incrementando el uso de esta práctica tanto en frecuencia como en la cantidad de sacrificados, que provenían de prisioneros de guerra, pueblos anteriormente conquistados que ofrecían esclavos o plebeyos a modo de tributo, y de mexicas pobres que ofrecían a sus hijos como víctimas. Thomas indica que “Tanto los enemigos como los amigos de los mexicas aceptaban este derramamiento de sangre y la ingestión ritual de los miembros de las victimas sacrificadas”. [p.52]
Añade que “La misericordia y la compasión eran emociones tan desconocidas para los mexicas como lo fueron para los griegos en la antigüedad. Después de todo, ¿qué son la vida y la muerte, sino dos aspectos de la misma realidad? Eso es lo que se deduce de las caras fabricadas por los alfareros de Tlatilco: mitad viva y mitad calavera. ¿Acaso la muerte no consistía en entregar algo que todos sabían que debía transferirse en algún momento? (El término náhuatl para designar el sacrificio significaba literalmente “el pago”.) Los que morían así tenían asegurada una mejor vida después de la muerte.” [ p.52] Por eso, como premio, el equipo vencedor en los juegos de pelota era el sacrificado.
Y cabe preguntarse, ¿cómo fue posible que un puñado de españoles pudieron aplastar a una civilización tan avanzada como la que describe Hugh Thomas? En la primera entrega de esta serie señalamos que contribuyeron la descentralización del estado-imperio, y la alianza de los españoles con los pueblos originarios enemigos de los mexicas. Lo que anteriormente no había mencionado es que “los mexicas habían fundamentado su historia en el mito de un cataclismo final. […] La era actual, la de los mexicas, la del quinto sol, llegaría a su fin y todo el mundo lo sabía.” Como quien dice, las clases altas estaban esperando lo peor. Por otro lado, conocían de pueblos desaparecidos, aún dentro de su grandeza, como por ejemplo los toltecas y quienes habitaron Teotihuacán, cuyas inmensas pirámides se encontraban en ruinas, lo cual “constituía un recordatorio de lo efímero de la grandeza”. [p.55] Estos factores. unidos a gastos excesivos que ocasionaban que el presupuesto central dependiera mayormente de los tributos, malas rachas en el clima que disminuyeron las cosechas, y derrotas militares frente a otros pueblos originarios, todo confluyó a que fueran finalmente derrotados por los españoles. Desde luego que hubo muchas otras causas que no puedo recoger aquí, pues me desviaría del tema principal.
Veamos ahora el presente. Veamos algunos de los aportes principales que han realizado los pueblos originarios a la cultura mexicana. En primer lugar, aporta la multiculturalidad y el indigenismo, como se garantiza en el segundo artículo de la Constitución de México que establece que “La Nación tiene una composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas que son aquellos que descienden de poblaciones que habitaban en el territorio actual del país al iniciarse la colonización y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas.”
La riqueza de la cultura mexicana proviene justamente de esa diversidad. La identidad de cada grupo distinto proviene de su propio legado histórico que se manifiesta en su cultura que es la suma de las costumbres, creencias, cosmovisión, arte, hábitos y conocimientos ancestrales. Son personas que viven en comunidad, fomentando el respeto mutuo, el trabajo en equipo y la solidaridad entre los vecinos, gracias a que comparten el mismo lenguaje que les permite comunicarse, convivir, trabajar, y festejar los momentos y fechas importantes.
A través de ferias y exposiciones para venta al público, el gobierno central- así como las autoridades de los distintos estados y municipios- promueven las artesanías, textiles, cantos, danzas, y gastronomía. Se promueve la educación bilingüe del español con la lengua original; realizan talleres para la divulgación y preservación de las lenguas, como el náhuatl, mixteco y otomí, y se celebran foros de consulta ciudadana para orientar a las personas que se autoidentifican como pertenecientes a un pueblo originario. La presencia de la cultura de los pueblos originarios es innegable en todos los ámbitos, particularmente a partir de los dos gobiernos nacionales de MORENA que ha fomentado la promoción y protección de esas culturas.
Un aporte notable es el de las vestimentas de cada grupo. Parte de su identidad corresponde a la forma de vestir pues las mujeres tejen y bordan sus vestidos, por lo que cada traje es único. En el recién inaugurado Museo de Textiles que se encuentra en un palacete del virreinato en el centro histórico de la CDMX, admiramos magníficas exhibiciones mientras escuchábamos la explicación de un experto que nos guiaba a través de la historia de los textiles en México. El algodón es uno de los grandes aportes; cuando llegaron los españoles, la clase alta vestía ropas de algodón, y los demás tenían vestuarios hechos de maguey. En el museo vimos las distintas formas de tejer, cómo se tiñen los textiles; vimos exposiciones de vestimentas de todo el país que muestran la variedad por la forma de tejer, los colores utilizados, y los distintos detalles en los bordados: algunos con diseños geométricos, mientras que otros llevan flores multicolores, o animales como venados o pájaros. Las funcionarias del gobierno, comenzando por la presidenta Scheinbaum, suelen vestir elegantes prendas artesanales, hermosamente bordadas, que se han convertido en una exhibición y promoción permanente de las confecciones artesanales.
La red de tiendas FONART (Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías) comercializan artículos variados (cerámica, vidrios, metales, textiles, madera) todos de la más exquisita calidad, representando una muestra bastante completa de las diversas regiones del país. El gobierno mexicano, a todos los niveles, realiza campañas publicitarias para divulgar el siguiente mensaje: “NO al regateo de precios con los artesanos.” Cualquier pieza hecha a mano, requiere muchas horas de trabajo. Por ejemplo, una artesana puede tardar casi un año en confeccionar un delicado huipil (blusa o vestido adornado que constituye una prenda tradicional indígena), por lo cual su precio es de varios miles de dólares. Por último, la siguiente estrofa nos recuerda la belleza del huipil: “Salías de un templo, Llorona,/ cuando al pasar yo te ví./ Hermoso huipil llevabas, Llorona,/ que la Virgen te creí.” de la canción La Llorona, una pieza musical de la tradición oral.
Por ser temas que ameritan ser tratados individualmente, más adelante, escribiré sobre la gastronomía mexicana, cuya riqueza proviene de la diversidad de los platillos indígenas; de la religiosidad mexicana y sus celebraciones que son parte intrínseca de la identidad social y a la vez, son mezclas de rituales ancestrales con las tradiciones católicas: y, no menos importante, de la impronta de las lenguas originales sobre el español que se habla en México.
¡Ojalá que al concluir esta serie de tres artículos haya despertado en ti, amable lector/a, el interés y respeto por los pueblos originarios de México! ¡Que vivan!
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