A lo largo de los últimos veinte años Hugo Suriel se convirtió en un consagrado divulgador y promotor de la obra artística de su hijo HRSuriel, y en su principal sostén material y espiritual. Con dedicación y esmero, movido por un amor filial que casi rayaba en la devoción, organizó, coordinó y promovió todas sus publicaciones y sus exposiciones individuales: Aparat, Sacro atómico, Estancia de lata, Casa balística y la más reciente, Fórmula One, del año 2025, en el Museo de Arte Moderno. Se ocupó del más mínimo detalle de todas estas muestras sin perder la visión de conjunto. Fue el padre amoroso y protector detrás del hijo vulnerable, el gestor detrás del artista, el mecenas detrás del creador.
Como gestor cultural y artístico fue un hábil planificador y un buen armador de eventos con gran sentido curatorial y museográfico. Sabía rodearse de lo mejor en cada campo, creaba sus equipos de colaboradores y cultivaba relaciones con artistas, críticos, curadores y galeristas de arte.
Descubrí su talento organizador a raíz de la muestra Casa balística, inaugurada en la segunda planta de la Galería Nacional de Bellas Artes, en septiembre de 2019. Allí demostró su capacidad de concebir y ejecutar en forma seriada el éxito de un evento artístico. Para esa exposición orquestó toda una estrategia de cuatro eventos concatenados, cercanos uno del otro en el tiempo. A todos nos sorprendió con la novedad de un evento cada vez distinto. El primero fue la apertura de la muestra. A este le siguió el coloquio sobre la obra de HRSuriel titulado “Universalismo integrador, diferencia y arte crítico”, en el que congregó a una parte importante de la crítica de arte y la crítica cultural dominicana: Abil Peralta Agüero, Amable López Meléndez, Marianne de Tolentino, Odalís Pérez y quien escribe. Luego vino la puesta en circulación de dos libros: Cabeza de motor, del artista expositor HR Suriel, y Universalismo visual integrador de HRSuriel, de Odalís Pérez. Por último, coronó su plan con la presentación del libro-catálogo Del apocalipsis a la luz, de Marianne de Tolentino. Toda una serie de cuatro eventos íntimamente vinculados en torno a un motivo central: la expo. El éxito de público y de crítica fue rotundo. Con Casa balística Hugo Suriel nos dio a todos cátedra de lo que es hacer buena gestión de eventos de arte contemporáneo en espacios expositivos tradicionales.
Recuerdo aquel día en que me llamó por teléfono para que visitara a su hijo. Me dijo: “Al artista le gusta mucho lo que escribes y quiere conocerte. ¿Puedes venir hoy a mi casa? Te mando a buscar con mi chófer”. Le respondí: “Por supuesto, ingeniero, será un placer y un honor para mí conocer al artista”. Fue un 27 de febrero de hace algunos años y en la Plaza de la Bandera se congregaba la Marcha Verde. Ese día conocí al artista. Conversamos sentados un buen rato. De pronto se levantó de su mecedora para despedirse: “Gracias por tu visita. Ahora voy a descansar. Nos vemos otro día”. El chófer me trajo de vuelta a casa.
En septiembre de 2024 un grupo de amigos comunes le acompañamos en el evento de lanzamiento oficial del proyecto RDÉ Digital, que él fundó como parte de un innovador ecosistema cultural y multimediático. Desde su inicio me invitó a participar en el programa “Intervista”. Después de varias citas pospuestas la entrevista se produjo finalmente en julio de 2025. Al concluir la grabación apareció de la nada, nos dimos un fuerte abrazo, charlamos un rato y nos despedimos sin sospechar ninguno de los dos que esa sería la última vez que nos veríamos.
Poco antes de su partida física en marzo del año que corre, recluido en la tranquilidad de su hogar con un mal irreversible, le llevé un ejemplar del segundo número de la revista de la Facultad de Artes, In-Artes, que trae un ensayo de mi autoría dedicado a la obra de HRSuriel. No pude verle en persona, por lo que se lo dejé con un asistente, pero supe por su hijo Julián que recibió la revista con mucha alegría y que le agradó tanto ver publicado ese texto mío que pidió se lo leyeran en voz alta.
He lamentado muchísimo su muerte. Lamento haber perdido a un buen amigo, a un colaborador que me tendió la mano en más de una ocasión y me apoyó en iniciativas y proyectos, y a un aliado de sueños comunes. Le extraño y me duele saber que ya no habrá entre nosotros más visitas ni encuentros.
Le despedimos una mañana lluviosa de abril en el Parque Cementerio Puerta del Cielo, en compañía de sus familiares y amigos más cercanos. Al momento de despedirle sentí que el país había perdido a un hombre bueno, a un ser honesto y solidario, a un ciudadano ejemplar, pero también a un gestor y mecenas del arte y la cultura que nunca pretendió serlo, pero tampoco dejó de serlo.
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