El domingo 1 de octubre de 1933, la Cruz Roja Dominicana abrió las puertas de un edificio de dos plantas, estilo colonial y concreto armado. Adentro esperaban 20 camas de emergencia, una sala de operaciones y un salón de socorros. La obra costó $16,000. Lo sabemos porque su tesorero, Don Generoso Núñez, lo dejó todo por escrito. En un folleto de diez páginas, impreso por la Imprenta Pol Hermanos, anotó cada barril de cemento, cada contratista y cada donante, hasta los que dieron dos dólares. La portada, con el lema «La caridad ennoblece», deja otra huella de su tiempo. El hospital, dice, fue «construido bajo los auspicios del Generalísimo Rafael L. Trujillo Molina», presidente de la República y presidente de honor de la Cruz Roja.
Tres años antes, en septiembre de 1930, el ciclón de San Zenón había dejado a Santo Domingo en ruinas, con miles de muertos y heridos y sin dónde atenderlos. De ahí el nombre del nuevo centro: un hospital de emergencia. Detrás del proyecto estaba una Cruz Roja joven, nacida a finales de los años veinte y presidida por el Dr. Luis E. Aybar. Su junta la completaban figuras conocidas de la ciudad: el Lic. Julio Ortega Frier, el Lic. Domingo Estrada, Don Generoso Núñez, el padre E. Pérez Sánchez, Don Haím López Penha, Don A. Pellerano Sardá y el secretario general Don Andrés Julio Espinal. La oficina quedaba en la calle J. R. Luna.
El edificio ocupaba 316 m² de un solar de 1,286 m² y alcanzaba 9 metros de altura. Las fotos del folleto muestran arcos de medio punto, ventanas con aleros de teja y una cruz coronando la fachada. Lo dirigió el ingeniero municipal José Ramón Báez y lo levantó el maestro constructor Julio Brenes. Quien entraba en 1933 cruzaba una galería y un zaguán hasta un pasillo de 14 metros que desembocaba en la sala de operaciones. A cada lado, un salón con 10 camas. Al fondo, esterilización y anestesia. También había farmacia, cocina y cuartos para enfermeras y practicantes. Arriba funcionaban las oficinas de la Cruz Roja, el despacho de su presidente y un amplio salón de actos de 23 por 8 metros. Los detalles llegan a lo minúsculo: 122 puertas y ventanas, las de afuera de caoba y cristal, las de adentro de pitchpine.
Casi la mitad del dinero se fue en materiales: 832 barriles de cemento, 4,500 tejas, 15,743 pies de madera y hasta una lámpara especial para el quirófano de $300. Aparte, la Cruz Roja presupuestó otros $5,000 para equipos y mobiliario. En ese entonces circulaba el dólar estadounidense; el peso dominicano aún no existía.
La colecta en efectivo reunió $2,754.31, apenas el 17 % del costo. El folleto no explica de dónde salió el resto. Los grandes aportes fueron dos cheques de $1,000: uno de Trujillo, como «contribución personal», y otro de la Cámara de Comercio de Santo Domingo. En tercer lugar aparece el béisbol: los juegos entre Licey, Escogido y Santiago dejaron $286.46. El Ayuntamiento dio $200. La lista es un retrato de la ciudad. Están Juan Bta. Vicini Perdomo y la Joyería Italiana, pero también la Cruz Roja Juvenil, los empleados de la Secretaría de Trabajo y un equipo de voleibol. Aparecen bancos extranjeros como el National City Bank of New York y el Royal Bank of Canada, la Colgate Palmolive y las legaciones de Cuba y Francia. Otros pagaron con materiales. La Iglesia Evangélica, el Club Unión y la Azucarera Boca Chica, entre otros, donaron 121 barriles de cemento. La Secretaría de Obras Públicas regaló 50 balaustres de caoba.
Noventa y tres años después, esas diez páginas siguen mostrando cómo se construyó un hospital en la República Dominicana, y quién pagó cada parte.
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