Venir del interior del país a la ciudad de Santo Domingo luego de los acontecimientos políticos que dieron al traste con la dictadura que por espacio de treinta (30) años y cinco (5) meses mantuvo al país bajo un estricto control de movilidad y represión, se convirtió en una rutina. Era el tour más deseado por años de una gran parte de la población que residía en el interior del país. Algunos ciudadanos querían conocer la gran ciudad desde sus primeros años juveniles. Otros, ya con pronunciados años de adultez querían hacerlo, pero los controles locales, regionales y nacionales impuestos por la satrapía casi lo hacían imposible. Desde el "alcaide pedáneo", hasta el gobernador provincial, debían saber quiénes viajaban a Ciudad Trujillo, a qué familia o institución estatal o privada visitarían, durante qué tiempo, a qué tronco familiar del pueblo y del país pertenecían. Antes de recibir esa gracia especial, los interesados en el periplo debían recibir un riguroso examen de vida en la comunidad, haciendo énfasis especial en un estricto respeto o apego a las autoridades estatales designadas por el Poder Ejecutivo, pero sobre todas las cosas, reconocidos como militantes consagrados del Partido Dominicano, estructura política única y de alcance nacional.
Ese estricto control de la movilidad en el país le permitía al régimen de fuerza tener una estricta supervisión sobre una población que en su mayoría era rural y de baja formación escolar. Según hemos leído en algunas publicaciones bibliográficas, periodísticas y relatos verbales de habitantes aún con vida y lúcidos de aquellos tormentosos años, la dictadura daba muestras contundentes de conocerlo todo, saberlo todo y a tiempo para someter y sofocar a quienes atentaran contra su estabilidad política y militar. El traslado de una provincia a otra, municipio a municipio, paraje a paraje, con los controles respectivos, era una fuente constante de delaciones e informaciones que los organismos represivos analizaban para actuar en consecuencia.
Ante ese asfixiante panorama, los habitantes del país en cada provincia, municipio o paraje entendieron el 30 de mayo de 1961 que la oportunidad de conocer la famosa Ciudad Trujillo, e incluso vivir en ella por un tiempo, o de manera definitiva, había llegado. Aunque nadie hizo una proclama desde la gobernación provincial o el Ayuntamiento anunciando la libre circulación nacional, la sociedad dominicana se tomó la libertad de hacerlo, no sin antes leer y escuchar varias veces las buenas nuevas reseñadas por los aún escasos medios de comunicación del país.
No solo consultaron los medios impresos y radiofónicos, también hablaban entre vecinos y de manera soslayada con las autoridades policiales, militares y edilicias que permanecieron en sus funciones luego de haber concluido aquel largo y trágico episodio de la sociedad dominicana.
Así como llegó el proceso eleccionario del 20 de diciembre del año 1962, mediante el cual el pueblo dominicano pudo elegir democráticamente un nuevo gobierno y gobernante, también hicieron su aparición las actividades lúdicas y con estas, el flujo constante de seres humanos a uno y otro lado del país.
Una de las grandes novedades de esa primera etapa en democracia lo constituyó el emprendimiento empresarial. Cada cual, hombre o mujer, empezó instalando pequeños negocios a partir de profesiones y oficios de su particular conocimiento científico o práctico. La intención era ganarse el sustento diario, y dar a conocer la calidad de sus conocimientos profesionales y artesanales.
Uno de los más espectaculares e impactantes de todos los emprendimientos creados en ese tiempo lo constituyó el diseño e instalación de la estación radial "La Guarachita". Su creador y director durante toda su existencia lo fue el locutor Radhamés Aracena (13 de mayo de 1930, Santiago de los Caballeros. Falleció el 11 de diciembre de 1998, a los 68 años, en Miami, EE. UU.).
La Guarachita tenía sus estudios en la esquina formada por las calles Palo Hincado y Bolívar, casi frente al Parque Independencia, entre la Ciudad Colonial, Ciudad Nueva, San Carlos y San Lázaro.
Ese visionario de la comunicación dominicana no solo articuló una programación diferente a las demás estaciones establecidas, sino que también agregó una prensadora de discos en pasta, un estudio para presentaciones de grupos y artistas en vivo desde la misma emisora, y su gran proyecto artístico: difusión de las canciones que intérpretes independientes y grupos musicales llevaban a cabo fuera del contexto artístico extraordinario, creado por la dictadura durante treinta años y cinco meses. Podríamos decir sin dudarlo un instante que Radhamés Aracena sacó del submundo cultural en que se desarrollaba la bachata o música de amargue, para convertirla en una expresión artística y empresa de múltiples beneficios.
Esa expresión romántica que apenas presentaba a la sociedad dominicana los sentimientos amorosos de un submundo poblacional, de hecho, marginal y lúgubre, encontró en el locutor y emprendedor Radhamés Aracena un gran aliado.
Ese es en cierta forma el antecedente de la música que hoy llena escenarios nacionales e internacionales y se baila en los más elegantes salones del país y del mundo. Rediseñadas sus composiciones, soportadas en fabulosas interpretaciones, un exquisito cuidado en los arreglos musicales, efectos profesionales de sonido, mezclas y sofisticados estudios de grabación, han hecho del género musical que Radhamés Aracena produjo, grabó y promocionó durante veinte (20) años, una verdadera maquinaria musical, que además de los artistas, proyecta el país ante el mundo.
Aunque cueste mucho creerlo a los habitantes del país del siglo XXI, bailar y escuchar bachata en los años 60 y 70 era casi una ofensa a la moral pública en barrios, ciudades y campos. En consecuencia, el ritmo no era apropiado para televisión, tampoco para radio, y los periodistas de espectáculos del país jamás ocupaban sus columnas habituales para comentar de estas y sus intérpretes.
Su lugar más apropiado eran los centros de diversión popular, denominados: cabarets, barras y posteriormente night clubs y boîte, sobre todo aquellos ubicados en sectores de baja formación cultural y educativa. Eran espacios donde el hombre de pueblo agobiado por las deudas y limitadas condiciones materiales se refugiaba en el alcohol, el tabaco, las damas de vida alegre, y una canción que consolara sus sentimientos amorosos hasta el próximo fin de semana.
Radhamés Aracena no solo abrió las puertas de su estación radial a la bachata, compositores, intérpretes y eventos artísticos del género, sino que de manera muy visionaria creó un sello disquero, un catálogo de artistas, empresas que posibilitaban la grabación, venta de discos, y proyección de esa música que solo consumían guardias, policías, chulos y damas integrantes de la vida alegre y residentes en sectores de limitadas condiciones económicas y educativas, como ya señalé.
Hoy resulta sencillo y hasta risible pensar en la creación de ese emprendimiento en el siglo XXI, pero en el año 1964, la realidad y el contexto social, político y económico de ese tiempo lo hacían muy difícil. Ese sencillo locutor se las jugó todas y empezó un largo viaje hacia lo desconocido, pero con la decidida voluntad de crear un proyecto empresarial que se acercara al corazón del pueblo dominicano y mostrara una parte significativa de la intimidad que le había sido reprimida durante tanto tiempo.
La Guarachita, además de su programación emblemática, incluía el más importante servicio de comunicación social que medio de comunicación alguno haya ofrecido al pueblo dominicano: "Los servicios públicos". En esas dos primeras décadas (60 y 70) poseer servicio telefónico en las casas y oficinas constituía un hecho extraordinario, además de costoso para cualquier grupo familiar. Otras vías o formas de comunicación eran el contacto directo, los telegramas y el servicio postal ordinario. Ni soñar con el furor de estos tiempos: la telefonía móvil.
En las dos décadas precitadas "Los servicios públicos de Radio Guarachita" fueron la clave para que la población que venía del interior del país a la capital de Santo Domingo y se extraviara, fuera recogida por sus familiares en la Palo Hincado n.º 74, dirección donde funcionaba la estación. Esta labor social era el alma de la programación de la estación; su importancia fue tan fundamental que no tenían hora fija para ser difundidos, condición que en múltiples ocasiones provocaba interrupción de canciones en pleno desarrollo. Los oyentes acostumbrados a esa dinámica mantenían la fidelidad de manera inalterable. Ese diseño programático implementado por Radhamés Aracena en su estación le garantizaba una amplia y cautiva audiencia.
En la próxima entrega abundaremos sobre la metodología en que eran implementados los servicios públicos de la poderosa Radio Guarachita, entre otros aspectos fundamentales de su programación habitual.
¡Los espero…!
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