Nunca había convocado a una Gran Fiesta del Libro, pero después de 41 años de estar editando y alcanzar un catálogo con más de 200 títulos, es lo menos que podría compartir con los lectores.

Quisiera frotarme las uñas y luego soplarlas, como en una película B, pero tengo que cortarlas, que andan muy mugrientas.

Lo de Gran Fiesta asusta, porque, como siempre, hay amenazas de lluvias y muchísimos conocidos me dirán que no hay parqueos en La Zona, que deben descansar sus huesos en alguna montaña o con Samaná en el fondo de la foto. Por eso he llegado a la fórmula de la felicidad: lo grande será para cuatro gatos, para el corito de amistades con quienes al final vamos por una cerveza, una empanada o donde los chinos, si acabamos temprano.

Lo de los cuatro gatos es la fórmula que siempre he cuidado, incluso más que mi páncreas y mi cara. Lo descubrí en 1985: si las letras acercan y te permiten vivir, entonces los libros serán hechos para los amigos. Durante estos 41 años con las fiestas del libro hemos recorrido medio Santo Domingo, algo de Santiago, para no mencionar a Nueva York, Madrid, París y hasta Berlín, mi ciudad, en esta ruta de la creatividad y la celebración. Colmados, parques, cementerios, calles, patios, segundas plantas, balcones, tantos espacios vitales han sido impactados por esta poesía, ese cuento, aquel pensamiento luminoso.

Marginal a los talleres, los ministerios, a los funcionarios y funcionaritos, a los profesores de la UASD y, a lo peor, a los culturosos, Cielonaranja ha sabido labrarse un sendero de la dignidad, en la recuperación del más amplio legado literario nacional, incursionando incluso en el espacio caribeño, aportando a Cuba y Puerto Rico por igual. La obra de José Martí, Alberto Lamar Schweyer, Francisco Ichaso, Jorge Mañach, Eugenio María de Hostos, Antonio S. Pedreira, Emilio S. Belaval y Efraín Barradas nos ha permitido trazar hilos comunicantes con nuestra comunidad hispanocaribeñoparlante.

Celebramos por esta intensa comunidad lectora, que ha sabido adentrarse por tantos laberintos, desde los días coloniales de Enriquillo hasta los más sórdidos de Rafael Lara Cintrón y René del Risco Bermúdez, desde esa energía en Rita Indiana, Homero Pumarol, Frank Báez y Thaís Espaillat, cuatro de las voces más potentes y celebradas por todas partes.

Ciertamente seremos cuatro gatos en esta Gran Fiesta, celebración que inició en 1985 y que todavía continúa, como en la canción del Terror dedicada a Pichirilo, "como mecha ardiente", porque la lectura será como nuestra sombra y las ganas de compartir, como el primer día.

Y justo ahora en que la apatía y el cheverismo se entronizan como los nuevos dictadores, justo en tiempos donde buenísima parte de mi propia generación —los mayores de 50 años— solo se animan a encontrarse en Funeraria Blandino, la concesión de alguna medalla o premio, en alguna consulta en Cedimat o Plaza de la Salud, o en campeonatos de golf o tal vez en la zona de espera de algún aeropuerto, mientras se deciden por un single malt o chocolates orgánicos para los hijos y sobrinos.

Por eso una Gran Fiesta: para compartir una tarde seguramente lluviosa, celebrar la fragilidad de un Santo Domingo más entaponado espiritualmente, donde masas enteras en el Polígono y otras torres van tirando la toalla, sintiendo que no quedarán tantas primaveras, etc., etc., mientras de esta parte no habrá tampoco grandes cosas que esperar. Siempre será lo mismo aquí y allá, porque el tío Nietzsche tampoco se equivocaba con eso del "eterno retorno de lo mismo".

Gran-fiestar con el libro, ¿por qué no? Seguramente Funeraria Blandino podría esperar un par de días más. Mientras tanto, "no me digan que es muy tarde ya".

Miguel D. Mena

Urbanista

Editor, docente universitario y urbanista

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