Exordio: variables de una misma situación
- Hablar de Haití desde la República Dominicana exige abandonar dos extremos igual de estériles: la retórica moralista que no resuelve nada y el repliegue defensivo que solo administra el deterioro.
- Haití es hoy un país atrapado entre la descomposición interna y la insolvencia geopolítica. Nadie —ni Estados Unidos, ni Europa, ni América Latina, ni los países del Gran Caribe— está dispuesto a “hacerse cargo” de Haití como proyecto histórico: por su potencial minero, turístico o, al estilo taiwanés, estratégico y económico.
- En ese vacío, no hay sujeto ni colectividad humana que pueda salvar a Haití, pero tampoco actor alguno que logre fingir que su colapso no le concierne.
- Pro Haití, la República Dominicana debe actuar en consecuencia: no en función de favores ni de gratuidades, sino de intereses bien alineados y reciprocados.
En aras de Haití
Sigue un conjunto de directrices, enunciado sin orden de importancia, con la debida excepción de la primera de ellas:
1a Procurar cooperación real: intercambios, no simulaciones
La República Dominicana debe contrapesar su respaldo regional a Washington —otorgado, que se sepa, sin mayores condiciones— reclamando cooperación concreta y efectiva a Haití en materia de seguridad, desarrollo, frontera, migración, inteligencia y ayuda condicionada.
2a Reconocer a Haití como riesgo regional
Haití no concentra intereses estratégicos mayores e indispensables para ninguna potencia. Solo que el problema no es su irrelevancia global, sino su impacto local y regional. Su colapso genera efectos acumulativos y concretos sobre todo su entorno inmediato.
3a Garantizar la seguridad como contención, no como ocupación
Haití no necesita —ni tolera— una ocupación militar clásica.
Lo único defendible es una fuerza internacional limitada, con mandato claro, objetivos medibles y fecha de salida, enfocada en salvaguardar infraestructuras críticas.
Seguridad sin pacto interno no estabiliza: solo congela el deterioro.
4a No olvidar que Haití no se compone ni se sobrepone a sí mismo desde fuera
Décadas de intervenciones internacionales han demostrado una verdad incómoda: ningún actor externo puede construir un Estado haitiano funcional.
La ayuda mal diseñada ha producido dependencia, desinstitucionalización y rentismo.
La República Dominicana debe renunciar a toda tentación, sea redentora o utilitarista.
5a Promover lo inaudito: un contrato social entre haitianos
La crisis haitiana no es solo de pobreza o debilidad institucional, sino de ausencia de un acuerdo mínimo entre sus reales sectores de poder en sí mismos y entre ellos.
Sin un contrato social de y para los concernidos —limitado, transaccional y funcional— no hay seguridad, desarrollo, ni gobernabilidad posibles en ese espacio geográfico.
El mismo no debe aspirar a ser ideal, ni fundacional. Pero sí funcional y edificante en términos institucionales
En cuanto tal, depende de tres renuncias verificables: que las élites económicas renuncien a la captura del Estado y al contrabando; que los actores armados renuncien a la feudalización territorial; y que el narcotráfico deje de ser eje estructural de la economía política haitiana.
6a No respaldar imposiciones
La institucionalidad en Haití no puede imponerse, pero sí inducirse.
El reconocimiento político debe proceder de renuncias comprobables de las élites económicas, los actores armados y las economías criminales.
El caos no puede seguir siendo rentable.
7a Prestar atención prioritaria a la economía
Haití no necesita más ayuda abstracta, sino inversiones valorables —en función de sus recursos naturales disponibles en el país— e inmediato empleo productivo para la población.
Iniciativas como la Ley HOPE y el HELP Act deben emularse, renovarse y proliferar, con reglas claras, seguridad garantizada y capital nacional, mixto e internacional, a lo largo y ancho del territorio haitiano. Además del rescate del malogrado sector turístico.
Dinero sin control, no. Actividad económica vigilada, sí.
Y todo, sin rentabilidad alguna para el colapso.
8a No dejar la frontera dominico-haitiana al garete
La frontera no puede seguir siendo sinónimo de improvisación, militarización reactiva o enriquecimiento ilícito.
Control efectivo, tecnología, registro biométrico, pasos formales definidos y cierre real de los indocumentados son condiciones normales de soberanía.
Orden no es racismo.
Desorden tampoco es humanidad.
9a Administrar la migración como política de Estado, no como pulsión moral
La migración haitiana no es un fenómeno coyuntural, ni una anomalía excepcional: es estructural. Ignorarla o romantizarla equivale a abdicar responsabildades patrias.
Migración no es caridad ni delito; es una consecuencia de los fracasos, del colapso y de la asimetría económica binacional que debe ser administrada.
Cupos sectoriales, temporalidad definida, registro biométrico, trazabilidad laboral y retorno verificable son imperativos.
Hay que hacerlo valer: ordenar la migración no es racismo; tampoco un subproducto demográfico o de sentido común nacionalista. El desorden migratorio erosiona el Estado, precariza el trabajo y normaliza la ilegalidad.
10a Reconocer el colapso ambiental como amenaza compartida
Haití colapsa también ecológicamente. Deforestación, degradación de cuencas y vulnerabilidad climática no reconocen fronteras.
La cooperación ambiental no es altruismo: es seguridad nacional preventiva en el ecosistema de la isla de Santo Domingo. Por tanto, hay que producir conservando y conservar los recursos produciendo.
Ignorar esa realidad es gestionar síntomas, no causas; soslayarla, rehuir el desarrollo sostenible de los recursos mineros y otros.
11a No cruzar el Masacre
La República Dominicana puede apoyar desde la diplomacia, la inteligencia, la logística regional y las causas humanitarias, pero debe mantener una línea clara: ninguna presencia militar dominicana en territorio haitiano.
Esto no es indiferencia; es sentido estratégico e histórico.
12a Incorporar la diáspora haitiana a la ecuación haitiana
Ninguna estrategia hacia Haití será viable sin considerar a su diáspora, principal sostén económico informal del país.
Las remesas se han estabilizado, pero sin construir la sociabilidad estatal del país.
Es necesario inducir su canalización hacia empleo productivo formal e inversión transparente.
Sin integrar a la diáspora, Haití seguirá dependiendo de flujos sin responsabilidad política ni institucional.
Sin embargo, un Estado moderno de derecho es más que la suma de tantas buenas intenciones.
Criterios mínimos de éxito
Una política responsable se mide por resultados verificables, no por declaraciones:
- Reducción de territorios bajo control armado no estatal;
- Funcionamiento continuo de infraestructuras críticas;
- Aumento de la inversión extranjera;
- Creación sostenida de empleo productivo formal;
- Disminución de cruces fronterizos irregulares; y,
- Cooperación internacional condicionada a resultados.
Sin métricas fiables, toda política degenera en retórica.
Colofón: realismo estratégico, sin culpa ni autoengaño
Haití no puede ser salvado desde fuera. Su recuperación, si ocurre, será lenta, parcial y necesariamente liderada por haitianos; de lo contrario, no ocurrirá.
La responsabilidad de la República Dominicana no es redimir, ni sustituir, ni administrar el colapso ajeno, sino proteger su propia estabilidad, contener los efectos del derrumbe y crear incentivos estrictos —no morales— para el orden interno haitiano.
Las naciones no fracasan por falta de discursos correctos, sino por la incapacidad de tomar decisiones incómodas a tiempo. Eludirlas, bajo la coartada del humanitarismo o del repliegue defensivo, solo posterga y agrava los costos.
Realismo no es cinismo: es gobierno. Todo lo demás es retórica.
Para evitar esa vacuidad, es preciso asumir que quien más respaldo recibe, más responsabilidades debe asumir. De ahí que la política dominicana deba equilibrar sus alianzas geopolíticas en el Hemisferio americano y, en relación con Haití, exigir reciprocidades concretas y subordinar todo su apoyo a resultados verificables.
Haití —y su entorno inmediato— ya han pagado demasiado caro el desbarajuste prolongado. Persistir en la división, indiferencia e indefinición no es neutralidad: es complicidad pasiva.
La anarquía nunca es fértil. Siempre es mala hierba y peor porvenir: Haití no es Taiwán, ni Groenlandia; ignorarlo ha sido, hasta ahora, la forma más cara de equivocarse.
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