Este artículo es el resultado de una inusitada concatenación de hechos fortuitos iniciados en 1955, cuando tenía 11 años de edad y recibía la clase de historia que impartía en el Colegio Cibao al octavo curso de Intermedia mi tía Fela Santaella, quien también abordaba temas literarios. En esa ocasión nos habló de la novela La Mañosa, de Juan Bosch. Este título me resultó jocoso para una obra literaria y, seguido, además, mencionó la visita al país de Francisco Villaespesa y de su poema Canto a Santo Domingo. Desde esa época mantuve en mi mente el nombre de Villaespesa y, cuando vine a vivir a la capital, coincidencialmente encontré un amigo que vivía en la calle Francisco Villaespesa, quien estaba muy interesado en saber quién era ese personaje. Le indiqué que lo apropiado era ir a la feria del libro de ese año y buscar un folleto que hablara del citado personaje. Ese folleto indicaba que había nacido en Laujar de Andarax, España, el 15 de octubre de 1877 y que él era un estrecho amigo del genial poeta nicaragüense Rubén Darío, fundador de la corriente literaria del modernismo. Por eso admiraba grandemente a Hispanoamérica. Al mismo tiempo, rechazaba a Estados Unidos porque esa nación contribuyó a que España perdiera sus últimas dos colonias en América: Puerto Rico y Cuba.

Consecuentemente, Villaespesa viajó extensamente por Hispanoamérica entre los años 1917 y 1921, ocasión en que visitó nuestro país y el 17 de octubre de 1919 leyó en la Casa de España su poema Canto a Santo Domingo, que sirvió de fundamento para despertar el sentido patriótico de los dominicanos frente a la ocupación estadounidense de 1916. Resalto que en 1965 los héroes Euclides Morillo y Rafael Tomás Fernández Domínguez ofrendaron sus vidas luchando con armas en la mano contra la segunda ocupación estadounidense del siglo XX. Sin embargo, con un simple poema, Villaespesa logró que toda la nación dominicana enfrentara valientemente unida a los intervencionistas y que la ocupación terminara en 1924.

Empero, como la humanidad evoluciona siguiendo un proceso circular y paradójico, esto provocó que muchos dominicanos que enfrentaron la segunda intervención militar estadounidense del siglo XX se vieran en la necesidad de aceptar la muy cruda realidad geopolítica y, después de lograr sus correspondientes visas, se marcharan a Estados Unidos buscando mejoría económica. Desde allá envían periódicamente, sin falta, cuantiosas remesas, permitiendo a sus familiares que todavía permanecen aquí mejorar su nivel de vida, cuidar su salud, vivir en casas confortables de su propiedad y que también sus hijos puedan educarse en reconocidos colegios y universidades privadas, donde reciben formación de calidad, garantizando un futuro promisorio para ellos, personalmente, y para toda la sociedad, que recibirá valiosos servicios profesionales y de mejor nivel, aplicando los conocimientos adquiridos en las aulas.

Sin embargo, el nuestro no es el único caso. También ese fenómeno ocurre con los vietnamitas que lucharon por décadas contra los estadounidenses y hoy muchos de ellos viven tranquilamente en Estados Unidos. Pero esos dos casos citados no son los únicos: Japón perdió la Segunda Guerra Mundial, pero ganó la paz bajo el mandato del genial general Douglas MacArthur, que consagró una nueva Constitución progresista que eliminó el poder de propietarios latifundistas, pasándolo a empresarios progresistas. En pocas décadas, Japón se convirtió en una de las grandes potencias económicas del mundo, con la más importante industria automovilística a nivel mundial, que destronó de ese sitial a los automóviles estadounidenses y alemanes.

Sin embargo, los dominicanos, como un todo, todavía estamos a la espera de recibir de parte de Estados Unidos un apoyo trascendental que nos permita formar parte de las naciones que aprovechan eficientemente las cruciales tierras raras para producir localmente semiconductores, mejorando así nuestra economía y pudiendo salirnos de la categoría de ingresos medios y acercarnos a la anhelada clasificación de país desarrollado.

Termino aquí este escrito, que comenzó abordando el poema Canto a Santo Domingo, de Francisco Villaespesa, estimulador del patriotismo popular dominicano, que logró terminar la repudiable primera intervención estadounidense del siglo XX, ocurrida entre 1916 y 1924, al triunfar la lucha nacionalista estimulada, como ya he dicho, por el poema Canto a Santo Domingo, de Francisco Villaespesa, siempre solidario con el mantenimiento de la República Dominicana como nación libre e independiente.

Eulogio Santaella

Ingeniero

Ingeniero. Fue administrador del Consejo Estatal del Azúcar y embajador en Washington. Profesor universitario. Empresario.

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