En un artículo anterior reflexioné sobre cómo la violencia casi siempre avisa antes de romperse: cómo el deterioro se instala gradualmente, cómo ciertas señales terminan normalizándose y cómo, con frecuencia, no fracasa la ausencia de advertencias, sino nuestra capacidad de concederles significado a tiempo. Lo que aquella reflexión dejaba abierta era una pregunta todavía más incómoda: cuando esas advertencias aparecen, ¿a quién le corresponde escucharlas, y quién lleva demasiado tiempo siendo el único convocado a hacerlo?

Cada vez que una mujer es asesinada, reaparecen con razón las conversaciones sobre señales de peligro, denuncias oportunas, mecanismos de protección y responsabilidad institucional. Todo ello resulta necesario. Pero hay una conversación que sigue apareciendo de forma incompleta, como si continuáramos bordeando una parte esencial del problema sin decidirnos a nombrarla del todo.

Durante demasiado tiempo, una parte importante del discurso preventivo ha descansado sobre una expectativa implícita: que las mujeres aprendan a reconocer señales, identifiquen el riesgo, pidan ayuda a tiempo, se retiren cuando aún sea posible y activen mecanismos de protección antes de que ocurra una tragedia. Esa conversación importa. Nadie sensato negaría su relevancia. Pero concentrar casi toda la pedagogía preventiva sobre quien podría convertirse en víctima deja una pregunta inquietante: ¿por qué seguimos hablando con tanta intensidad sobre cómo protegerse del peligro y con menor profundidad sobre cómo evitar que ese peligro siga formándose?

No toda violencia comienza con brutalidad visible. Esa es precisamente una de sus trampas más perturbadoras. Muchas veces emerge desde conductas inicialmente racionalizadas como preocupación, intensidad afectiva, necesidad de cercanía o expresiones de celos interpretadas como prueba de amor. El control aparece disfrazado de cuidado. La vigilancia se presenta como interés genuino. La posesividad adopta el lenguaje de compromiso emocional. Y cuando esas deformaciones no son reconocidas ni confrontadas, pueden evolucionar hacia formas progresivamente más peligrosas de dominación.

Por eso la conversación no puede limitarse únicamente a advertir a las mujeres. También debe dirigirse hacia los hombres.

Lo digo como hombre: esta conversación me incomoda precisamente porque me incluye. No como agresor, sino como parte de una cultura masculina que durante demasiado tiempo aprendió ciertas cosas sin examinarlas lo suficiente. Muchos hombres no recibieron educación emocional real. Aprendieron a callar dolor, a disfrazar vulnerabilidad, a interpretar el rechazo como herida personal o a confundir firmeza con control.

Y esa afirmación incomoda porque obliga a entrar en territorios menos cómodos que la simple condena del hecho consumado. Obliga a preguntarnos qué tipo de formación emocional reciben muchos hombres, qué aprenden sobre frustración, qué herramientas desarrollan —o no desarrollan— para gestionar rechazo, pérdida, contradicción o límites afectivos, y qué modelos de masculinidad continúan transmitiéndose de manera abierta o silenciosa.

No se trata de construir caricaturas injustas ni de convertir a todo hombre en sospechoso potencial. La inmensa mayoría no ejerce violencia letal. Pero precisamente porque no se trata de una acusación indiscriminada, conviene mirar con seriedad ciertas deformaciones culturales persistentes. Algunos hombres fueron socializados en esquemas donde vulnerabilidad emocional equivale a debilidad, donde el control se confunde con autoridad, donde la negativa femenina se interpreta como desafío personal o donde la pérdida afectiva se experimenta no como dolor humano legítimo, sino como humillación intolerable.

Cuando esas estructuras interiores no encuentran corrección ética, madurez emocional ni límites culturales claros, pueden transformarse en conductas profundamente destructivas.

Pero el problema no termina en el agresor individual. También existen entornos que, aun sin intención explícita de producir daño, contribuyen a prolongar situaciones peligrosas. Familiares que minimizan comportamientos preocupantes. Amistades que trivializan señales evidentes. Comunidades que prefieren no involucrarse bajo el argumento de que se trata de asuntos privados. Instituciones que reaccionan cuando el daño ya escaló demasiado.

Durante generaciones, ciertos códigos culturales ayudaron a normalizar precisamente esa abstención. El viejo refrán "entre pleitos de marido y mujer nadie se meta" no siempre funcionó simplemente como consejo de prudencia; muchas veces operó como una pedagogía silenciosa de omisión. Enseñó a observar sin intervenir, a interpretar dinámicas potencialmente peligrosas como asuntos estrictamente privados y a considerar impropio involucrarse incluso cuando el deterioro ya resultaba inquietante.

En una cultura atravesada por persistencias machistas, esa lógica adquiere implicaciones particularmente graves. Porque la frontera entre respeto a la privacidad y omisión moral puede volverse peligrosamente difusa. No todo conflicto de pareja exige intervención externa. Pero tampoco toda situación destructiva puede seguir protegida bajo la cómoda categoría de problema privado.

Y sí, también espacios religiosos. Decirlo incomoda, pero el silencio no corrige nada.

Existen contextos donde el acompañamiento espiritual ha ofrecido respuestas insuficientes frente a relaciones evidentemente deterioradas. Frases pronunciadas con buena intención —"ora más", "sé paciente", "todo matrimonio atraviesa pruebas" o "Dios cambiará su corazón"— pueden convertirse, sin discernimiento adecuado, en mecanismos involuntarios de prolongación del sufrimiento.

De ese modo, la buena intención no siempre equivale a buen acompañamiento.

Algunas interpretaciones religiosas han tratado la permanencia matrimonial como si constituyera un principio absoluto aplicable indistintamente a toda circunstancia. Sin embargo, el propio relato evangélico obliga a una lectura más cuidadosa. Cuando Jesús se refirió a la concesión mosaica del divorcio, no la presentó como ideal relacional, sino como reconocimiento de una fractura moral profundamente humana: la dureza del corazón.

Ese detalle importa más de lo que a veces admitimos.

No porque el texto funcione como legitimación superficial de toda ruptura. No porque la respuesta ética frente a cualquier conflicto sea simplemente la separación. Sino porque introduce una verdad teológicamente incómoda: existen realidades humanas donde el problema no es falta de paciencia espiritual, sino deterioro moral serio dentro de la relación. La dureza del corazón no describe incompatibilidad trivial. Describe incapacidad ética de reconocer plenamente la dignidad del otro.

Y cuando una relación comienza a estructurarse desde control, miedo, manipulación, cosificación o violencia, insistir automáticamente en permanencia bajo lenguaje espiritualizado puede dejar de ser prudencia pastoral para convertirse en grave error de discernimiento.

Pero la conversación eclesial no debería comenzar únicamente cuando una relación ya se encuentra rota o peligrosamente deteriorada. También conviene preguntarnos qué ha ocurrido con la tarea formativa de largo plazo. Durante décadas, muchas comunidades cristianas comprendieron que la formación espiritual no consistía únicamente en transmisión doctrinal, sino también en cultivo del carácter. La escuela bíblica infantil —con sus propias limitaciones históricas— ayudó a formar generaciones alrededor de principios como respeto, dominio propio, responsabilidad moral, dignidad del prójimo y conciencia de límites éticos.

Naturalmente, ninguna formación religiosa ofrece inmunidad automática contra la violencia. La historia humana demuestra lo contrario. Pero renunciar a la formación temprana del carácter mientras solo reaccionamos frente a crisis consumadas constituye una contradicción pedagógica y espiritual. Si aceptamos que ciertas conductas destructivas también se incuban culturalmente, entonces la prevención exige intervenir mucho antes de la tragedia.

Esto no constituye una condena general contra las comunidades de fe. Muchas acompañan con admirable responsabilidad, sensibilidad y madurez ética. Precisamente por respeto a esa tarea, conviene reconocer que la espiritualidad no debe utilizarse como sustituto de lucidez.

Si algo deberían enseñarnos estas tragedias es que la prevención no puede descansar únicamente sobre quien corre el riesgo de convertirse en víctima. Exige formar mejor a los hombres. Exige que familias, amistades e instituciones aprendan a distinguir cuándo un conflicto dejó de ser ordinario. Exige revisar silencios que durante demasiado tiempo parecieron prudencia cuando quizá eran omisión.

Porque el problema no siempre es que nadie vea el peligro. A veces el problema es que demasiados lo ven y siguen esperando que otro actúe primero.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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