Cada febrero el país se cubre de símbolos patrios. Banderas, desfiles, discursos que se repiten con solemnidad. Lo propio de toda fiesta de independencia nacional. El ritual es casi automático y deja poco espacio para el análisis.
Cuando alguien introduce un matiz sobre el período 1822-1844, la reacción suele ser negativa. Si se menciona que bajo el gobierno de Jean-Pierre Boyer se abolió la esclavitud en el territorio oriental. Si se recuerda que las tensiones previas a 1844 fueron también económicas, fiscales y políticas, no exclusivamente identitarias. Si se señala que la figura de Duarte ha sido moldeada simbólicamente a lo largo del tiempo. Entonces surge la sospecha como si el matiz fuera una amenaza.
La independencia dominicana es un hecho histórico. En 1844 se produjo una ruptura política decisiva. Es un hecho indiscutible y fundador. Lo que sí merece analizarse es la forma en que enseñamos el proceso que condujo a esa ruptura.
Durante generaciones, la narrativa escolar ha presentado los años 1822-1844 bajo un esquema maniqueísta: opresores absolutos frente a víctimas absolutas; un bando encarna el mal, el otro el bien; una línea recta de agravios que desemboca inevitablemente en la separación. Sin matices, sin contradicciones, sin procesos.
Cuando aprendemos historia en clave maniquea, trasladamos ese esquema al presente. El adversario político se convierte fácilmente en enemigo moral. El desacuerdo se interpreta como traición. El matiz se sospecha. Y el debate democrático se va empobreciendo.
El maniqueísmo es cómodo. Ofrece claridad moral inmediata. Pero empobrece la comprensión histórica. Y no se limita al aula. También atraviesa la manera en que celebramos.
Recientemente, en una columna publicada en el periódico Hoy, la antropóloga Tahira Vargas, advertía que el llamado “Mes de la Patria” se ha convertido en una exaltación casi exclusiva de símbolos y figuras, especialmente de Juan Pablo Duarte, desvinculada de los valores sociales que impulsaron la lucha independentista. Señalaba además cómo, en algunos espacios, estas celebraciones terminan reforzando discursos de exclusión hacia poblaciones inmigrantes, sobre todo haitianas, amparados en una lectura reducida de la historia.
Ese señalamiento lo que hace es mostrar cómo una pedagogía centrada únicamente en la exaltación, sin contexto ni discusión crítica, puede contribuir a una visión rígida del pasado y a una cultura política polarizada en el presente.
El período 1822-1844 fue más complejo de lo que permite entender un esquema maniqueísta. Hubo abolición de la esclavitud y, al mismo tiempo, medidas fiscales impopulares. Hubo intentos de reorganización agraria mediante el Código Rural y resistencias profundas. Hubo disputas por las tierras comuneras y desacuerdos sobre el modelo de Estado que debía construirse. Hubo proyectos distintos en pugna.
Se puede afirmar la legitimidad de 1844 y, al mismo tiempo, reconocer que el proceso previo estuvo atravesado por decisiones humanas complejas. Se puede honrar a Duarte sin convertirlo en una figura inmóvil fuera del análisis histórico. Se puede estudiar a Boyer sin caricaturizarlo.
En un clima de nacionalismo exacerbado, la tentación de simplificar aumenta. Pero la simplificación es demuestra fragilidad. La madurez cívica es algo más exigente y requiere examinar el pasado objetivamente.
Febrero seguirá siendo un mes de símbolos. Lo que está pendiente es revisar la manera en que enseñamos y celebramos nuestra historia, para que el orgullo nacional no se construya sobre oposiciones simplistas, sino sobre comprensión histórica.
Tal vez los verdaderos silencios de febrero no estén en lo que ocurrió en el siglo XIX, sino en nuestra resistencia contemporánea a abandonar el maniqueísmo y asumir que la historia —como la sociedad— es más compleja de lo que quisiéramos.
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