Desde que Delcy Rodríguez asumió el liderazgo de Venezuela en enero, tras la incursión estadounidense para capturar al presidente Nicolás Maduro, Donald Trump la ha elogiado sin parar. El presidente de EE. UU. la ha calificado de «persona fantástica» y ha insistido en que Rodríguez —vicepresidenta de Maduro— está realizando un «gran trabajo».

Tras dos fuertes terremotos ocurridos el 24 de junio, Trump ha intensificado su apoyo. «Más allá de lo ocurrido anoche, es un país feliz de nuevo», declaró al día siguiente. Dichos sismos, uno de magnitud 7,2 y el otro de 7,5, devastaron varias ciudades de la costa norte del país y pusieron de manifiesto las deficiencias de la estrategia estadounidense de respaldar a Rodríguez y evitar el debate sobre nuevas elecciones.

Fue inusual que EE. UU. apoyara a un régimen socialista responsable del espectacular colapso de la economía venezolana y al que, según la opinión generalizada, se le atribuye el fraude en las elecciones de 2024. Esta contradicción se ha hecho aún más evidente tras los terremotos, que han dejado patente la falta de competencia y legitimidad del Estado. Incluso si los objetivos de Washington se limitaran a reactivar la industria petrolera del país —como Trump ha sugerido en ocasiones—, lograrlo resultará difícil bajo la actual estructura política.

Según algunas estimaciones, la economía venezolana se contrajo hasta un 75 % entre 2013 y 2021, víctima de la mala gestión económica, la corrupción y —especialmente desde 2017— de las severas sanciones estadounidenses. Rodríguez era un miembro clave de la élite chavista responsable de una de las trayectorias económicas más desastrosas de los últimos tiempos para un país que no se encuentra en guerra. Los terremotos del mes pasado también han sido reveladores, ya que han puesto de manifiesto cómo dos décadas de mala gestión han vaciado la capacidad del Estado venezolano.

Aunque las zonas más afectadas se encuentran en las ciudades cercanas al principal aeropuerto del país y en partes de la capital, los residentes informan de que, en algunos casos, pasaron días antes de recibir ayuda efectiva. Los sondeos de opinión muestran que Rodríguez es profundamente impopular entre los venezolanos. En su primera aparición pública en la zona del desastre, fue increpada por supervivientes indignados. En la única rueda de prensa que ha ofrecido desde los terremotos, Rodríguez culpó a los «laboratorios mediáticos» de dar una imagen de caos.

En un sentido más amplio, el terremoto ha puesto de manifiesto las deficiencias de la estrategia de Washington hacia Venezuela. En enero, el secretario de Estado Marco Rubio esbozó un enfoque de tres etapas: estabilidad, recuperación económica y, solo entonces, una transición política. Desde entonces, Rubio y otros funcionarios estadounidenses han hablado en términos generales sobre elecciones, pero no han establecido un plazo de tiempo y se han opuesto al regreso a Venezuela de la líder opositora María Corina Machado.

Sin embargo, los últimos seis meses han demostrado lo difícil que será orquestar una recuperación económica sostenida sin abordar primero las cuestiones políticas. Muchas empresas están interesadas en invertir en Venezuela, pero gran parte de ellas no quieren hacerlo bajo el régimen actual. La élite chavista que aún dirige Venezuela es la misma que se apropió de los activos de diversas empresas internacionales. No existe Estado de derecho ni confianza en que se respeten los contratos a largo plazo. La amenaza de sanciones sigue pesando sobre la economía venezolana.

Trump ha dejado claro que promover la democracia no figura entre sus prioridades. Quiere que Venezuela sea un país seguro para que las empresas energéticas estadounidenses inviertan y generen beneficios sustanciales. No obstante, le resultará difícil alcanzar ese objetivo mientras se mantenga la dictadura de Rodríguez. Unas elecciones libres y justas no son un obstáculo para los planes de Trump; al contrario, son la clave para desbloquear una recuperación económica duradera en Venezuela.

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