Desde hace muchos años, en la República Dominicana se desarrollan campañas, programas y acciones institucionales dirigidas a prevenir la violencia, particularmente aquella que afecta a las mujeres. Se han aprobado leyes, creado organismos especializados y destinado importantes recursos a la atención de este problema. Sin embargo, las noticias sobre feminicidios, agresiones intrafamiliares y otras manifestaciones de violencia continúan provocando preocupación e indignación.

Esta realidad debería llevarnos a examinar no solamente cuánto estamos haciendo, sino también cómo lo estamos haciendo y sobre cuáles concepciones fundamentamos nuestras intervenciones.

Una de las inquietudes que me surgen tiene que ver con el enfoque utilizado en algunas iniciativas de prevención, especialmente cuando el problema se presenta como una confrontación entre dos partes: hombres contra mujeres, adultos contra jóvenes, autoridades contra ciudadanos, o cualquier otra relación en la que unos aparecen enfrentados a otros.

Cabe preguntarnos: ¿No estaremos, en determinadas circunstancias, reforzando precisamente el tipo de relación que necesitamos transformar?

No pretendo desconocer las relaciones de poder que históricamente han favorecido distintas formas de abuso, ni restar importancia a las medidas de protección de quienes sufren violencia. Mi preocupación se refiere a la posibilidad de que determinados mensajes, aun cuando persigan objetivos legítimos, provoquen actitudes defensivas, resistencia o antagonismo que dificulten los cambios de comportamiento que buscamos.

Para examinar esta cuestión, considero particularmente útiles los aportes de la antropóloga belga Pat Patfoort, quien ha dedicado buena parte de su trabajo al estudio de los mecanismos de la violencia y a la construcción de alternativas para superarla.

En su libro “Erradicar la violencia. Construyendo la no violencia", Editorial, Lumen América, 2004, la señora Patfoort explica que una de las bases de la violencia se encuentra en una forma de relación que denomina Modelo MAYOR–menor (M–m).

En este modelo, una persona se coloca en una posición que considera superior y sitúa a otra en una posición inferior. Quien ocupa la posición MAYOR entiende que sus opiniones, necesidades, intereses o decisiones tienen mayor importancia, mientras atribuye menor valor a los de la otra persona.

Pensemos en algunas situaciones habituales. Un esposo considera que, por ser hombre, le corresponde tomar las decisiones importantes del hogar. Un padre entiende que su autoridad le permite humillar a sus hijos. Una supervisora cree que su posición jerárquica le concede el derecho de descalificar a sus colaboradores. Un ciudadano considera que sus necesidades deben atenderse antes que las de los demás. Una persona que conduce en una carretera a una velocidad constante, pero al ver que un vehículo tiene intención de rebasarle, acelera su vehículo para evitar que lo haga.

Aunque se presentan en escenarios diferentes, estas conductas tienen algo en común: alguien se atribuye una posición de superioridad que utiliza para disminuir el valor de otra persona u obtener un mayor beneficio que los demás.

Patfoort señala que este modelo favorece la aparición de la violencia y explica cómo puede producirse su escalada.

Cuando alguien es colocado en posición de menor, puede reaccionar intentando situarse por encima de quien lo desvaloriza. Este último, a su vez, procura mantener su posición. Así comienza una dinámica en la que cada parte intenta demostrar que tiene más razón, más autoridad o más derecho que la otra.

No resulta difícil reconocer este proceso en muchas discusiones familiares, conflictos laborales y enfrentamientos comunitarios. En ocasiones, el motivo original termina perdiendo importancia y lo que predomina es la necesidad de imponerse.

Pero también puede ocurrir que quien es colocado en posición de menor no reaccione abiertamente. Puede someterse, experimentar miedo, sentirse incapaz de defender sus derechos o terminar aceptando como natural el trato que recibe.

La violencia, por tanto, no se limita a las agresiones físicas. También se manifiesta en las relaciones de dominación, desvalorización y sometimiento que muchas veces aceptamos como parte normal de la convivencia.

A partir de este planteamiento, me parece oportuno reflexionar sobre el enfoque que utilizamos para prevenir la violencia el cual puede generar resistencia.

Cuando una campaña presenta a un grupo humano como responsable del problema y a otro como víctima, sin distinguir suficientemente entre las personas y los comportamientos de ambos grupos, puede provocar que algunos de sus destinatarios se sientan atacados por su pertenencia a ese grupo.

Esto podría llevarlos a defenderse del mensaje, en lugar de examinar sus propias conductas.

Pensemos, por ejemplo, en un hombre que interpreta una campaña contra la violencia hacia las mujeres como una acusación dirigida contra todos los hombres. Aunque esa no sea la intención de sus promotores, su reacción podría ser de rechazo, especialmente si considera que se está desvalorizando su condición masculina.

En ese caso, el mensaje preventivo corre el riesgo de quedar atrapado en una dinámica semejante a la que Patfoort describe mediante el Modelo M–m.

No afirmo que todas las campañas produzcan este efecto, ni que las acciones dirigidas específicamente a proteger a las mujeres deban abandonarse. Sería un error hacerlo. La violencia contra ellas tiene características y factores de riesgo que requieren intervenciones especializadas, protección efectiva y consecuencias para quienes la ejercen.

Lo que planteo es la conveniencia de revisar aquellos enfoques que puedan ser interpretados como una confrontación entre grupos, cuando lo que necesitamos es modificar comportamientos, creencias y formas de relación.

Quizás obtendríamos una mayor participación si, además de señalar las conductas violentas y sus responsables, invitáramos a toda la población a reconocer las manifestaciones del Modelo M–m en su vida cotidiana.

Después de todo, cualquiera de nosotros puede reproducir relaciones de superioridad e inferioridad, aun sin ser plenamente consciente de ello.

Frente al Modelo MAYOR–menor, Patfoort propone el Modelo de Equivalencia (E–E).

La elección de este término tiene especial importancia.

La autora parte del reconocimiento de que los seres humanos somos diferentes. Tenemos capacidades, experiencias, conocimientos, necesidades, intereses y características particulares. Pretender que todos somos iguales en estos aspectos desconocería nuestra propia naturaleza.

Lo que propone es reconocer que esas diferencias no justifican que una persona se considere superior o inferior a otra.

En una relación basada en la Equivalencia, cada persona reconoce su propio valor y el de los demás. Puede defender sus derechos, expresar sus necesidades y sostener sus opiniones sin tener que desvalorizar a quien piensa de manera diferente.

Una frase que considero apropiada para expresar este principio es: “Defiendo mis derechos, sin irrespetar a los demás”, propósito de la Comunicación Asertiva.

Esto no significa que debamos renunciar a nuestras convicciones, aceptar abusos o evitar los desacuerdos. Tampoco supone que todas las opiniones sean correctas o que las responsabilidades y funciones deban ser idénticas.

Podemos ejercer autoridad sin humillar, corregir sin descalificar, reclamar sin agredir y disentir sin convertir a la otra persona en un adversario.

La Equivalencia tampoco exige que una víctima dialogue o negocie con su agresor. Cuando existe violencia, amenaza o control coercitivo, la protección de la persona afectada debe prevalecer. El reconocimiento del valor humano de todas las personas no elimina las responsabilidades individuales ni las consecuencias legales de sus actos.

Uno de los aspectos que considero más valiosos de la propuesta de Patfoort es que nos invita a intervenir antes de que la violencia se manifieste abiertamente.  Nos invita a cambiar las creencias que sostienen la violencia.

En nuestra sociedad persisten creencias que favorecen las relaciones de superioridad e inferioridad. Todavía encontramos personas que consideran que el hombre debe imponerse en el hogar, que los hijos deben obedecer sin poder expresar sus opiniones, que un jefe demuestra autoridad cuando inspira temor o que reconocer un error constituye una señal de debilidad.

También existen prejuicios relacionados con la condición económica, el nivel educativo, la edad, el sexo, el origen social y otras características personales.

Estas creencias no siempre producen agresiones, pero pueden contribuir a crear condiciones en las que la imposición, la descalificación y el abuso se consideran comportamientos aceptables.

Por eso, la prevención no debería limitarse a explicar cuáles conductas constituyen violencia y cuáles son sus consecuencias legales. Necesitamos ayudar a las personas a identificar las creencias que orientan sus relaciones y desarrollar capacidades para modificarlas.

Esto supone aprender a escuchar, reconocer las necesidades ajenas, expresar desacuerdos, manejar las emociones y resolver conflictos sin recurrir a la imposición.

Y supone, sobre todo, que quienes educan, dirigen o ejercen autoridad sean capaces de practicar aquello que enseñan.

Considero que la República Dominicana debería explorar la posibilidad de desarrollar un Plan Nacional de Prevención de la Violencia que incorpore el Modelo de Equivalencia como uno de sus fundamentos educativos.

La iniciativa tendría que involucrar simultáneamente a las instituciones públicas, las empresas, las escuelas, las universidades, las organizaciones comunitarias, deportivas y culturales, las iglesias y demás organizaciones basadas en la fe.

Los medios de comunicación y las redes sociales podrían contribuir mediante una campaña sostenida que presente situaciones cotidianas en las que se manifiesta el Modelo M–m y muestre alternativas de comportamiento basadas en la Equivalencia.

Imagino, por ejemplo, mensajes que presenten una discusión entre esposos, un desacuerdo entre padres e hijos, un conflicto entre compañeros de trabajo o una situación de maltrato en una oficina pública. En cada caso se podría mostrar cómo una relación de superioridad e inferioridad favorece el conflicto y cómo otra manera de relacionarse permite abordarlo sin desvalorizar a ninguna de las partes.

La campaña tendría que acompañarse de procesos formativos y de cambios en las prácticas institucionales. De poco serviría promover el respeto mediante mensajes publicitarios si en las escuelas, las familias y los centros de trabajo continuamos reproduciendo comportamientos autoritarios y humillantes.

La propuesta no consiste en sustituir los programas especializados de prevención de la violencia contra las mujeres, la niñez u otros grupos vulnerables. Consiste en complementarlos con una intervención educativa de mayor alcance, dirigida a transformar las relaciones humanas en toda la sociedad.

Naturalmente, sería necesario evaluar sus resultados, identificar qué intervenciones producen cambios efectivos y realizar los ajustes correspondientes.

El verdadero reto es el de Construir la No Violencia.  La teoría de Patfoort nos ofrece una oportunidad para revisar nuestras concepciones sobre la prevención de la violencia.

Durante mucho tiempo hemos concentrado buena parte de nuestros esfuerzos en combatir sus manifestaciones. Quizás necesitamos dedicar una atención mucho mayor a comprender cómo aprendemos a relacionarnos desde posiciones de superioridad e inferioridad y qué podemos hacer para modificar esos aprendizajes.

Me parece especialmente importante que la prevención no termine convirtiéndose, involuntariamente, en otra confrontación entre grupos humanos.

Podemos reconocer las desigualdades, denunciar los abusos, exigir responsabilidades y proteger a las víctimas sin promover antagonismos generalizados entre las personas.

El desafío consiste en lograr que hombres y mujeres, adultos y jóvenes, autoridades y ciudadanos, y todos los demás integrantes de nuestra sociedad aprendamos a relacionarnos reconociendo nuestras diferencias, pero sin utilizarlas para justificar la superioridad de unos sobre otros.

Tal vez sea momento de complementar nuestros esfuerzos por combatir la violencia con una tarea que requiere la participación de todos: aprender a construir la No Violencia desde el Modelo de Equivalencia.

Les invito a escuchar la Canción Equivalencia, que trata esta temática.

Luis Holguín-Veras

Psicólogo

Psicólogo y Scout. Trabajó en la Dirección de Programas Especiales de la Presidencia de la República. Trabajó como Asesor del Ministro de Educación y Coordinador del Programa Nacional de Alfabetización "Patria Letrada" en Ministerio de Educación (2012 - 2020).

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