La verdad, como producto de lo real, es un tema tratado por innumerables científicos y pensadores en el campo de la filosofía, en especial en la epistemología. La ciencia se encarga oficialmente, frente al mundo, de construir un sistema explicativo que nos dé respuestas para discutir las diferencias y determinar aquello que se legitima como verdad. En mis conversaciones con el Chatgpt yo pude elucubrar a partir de algunas cuestiones filosóficas acerca de los juicios sintéticos y a priori de Kant. La discusión me llevó a este relato que a continuación planteo.
Es la sombrilla que nos cubre para refutar o aceptar los datos y sus interpretaciones como conocimiento. Las ciencias crean los caminos para discutirlo, porque el saber es un marco que intenta explicarnos qué es lo que es y qué no es lo que no es; es decir, aquello que consideramos verdadero.
La epistemología es uno de los caminos que aborda estos debates. Para saber si existe la verdad, si podemos conocerla o construir un modelo basado en ella a través de la experiencia, entramos en el campo de una disputa epistemológica. Entre los pensadores que podríamos recordar están Bunge, Kuhn, Popper, Russell y Lakatos, entre otros.
La epistemología es uno de los caminos que aborda estos debates. Para saber si existe la verdad, si podemos conocerla o construir un modelo basado en ella a través de la experiencia, entramos en el campo de una disputa epistemológica. Entre los pensadores que podríamos recordar están Bunge, Kuhn, Popper, Russell y Lakatos, entre otros.
Esto no significa que estas discusiones sean nuevas. El debate comenzó muy temprano y fue tratado por los antiguos griegos: Platón y Aristóteles. Con ellos se desarrollaron algunas de las principales líneas de pensamiento que hoy conocemos dentro del campo de la epistemología. Occidente se sustentó, en gran medida, en el pensamiento de estos dos pensadores.
Ellos se situaron frente al problema del conocimiento desde perspectivas diferentes. Platón otorgó un lugar fundamental al mundo de las ideas, mientras Aristóteles concede una importancia mayor a la experiencia y a la observación de lo real. En esa diferencia comenzó a dibujarse una de las grandes preguntas de la filosofía: ¿conocemos aquello que es a través de nuestras ideas o a través de nuestra experiencia?
Ellos se situaron frente al problema del conocimiento desde perspectivas diferentes. Platón otorgó un lugar fundamental al mundo de las ideas, mientras Aristóteles concede una importancia mayor a la experiencia y a la observación de lo real. En esa diferencia comenzó a dibujarse una de las grandes preguntas de la filosofía: ¿conocemos aquello que es a través de nuestras ideas o a través de nuestra experiencia?
El dilema de estos dos pensadores creó un largo debate alrededor del observador y de los puentes teóricos mediante los cuales construimos nuestras percepciones. La verdad y lo real comenzaron a discutirse desde lo empírico y desde las ideas.
Es un debate viejo, pero cada vez volvemos a él con mayor fuerza cuando aparece la inteligencia artificial. Ahora nos encontramos frente al dilema de saber si podremos construir conocimientos desde una máquina que parece pensar y si esta puede influir en aquello que entendemos como conocimiento de la verdad.
Aunque utilicemos cálculos matemáticos, quienes construyen el conocimiento lo hacen dentro de un paradigma que se legitima por un grupo y en un marco particular. Entonces aparece una pregunta que no podemos esquivar: ¿puede la inteligencia artificial abanderarse de un sistema que construye conocimiento desde un marco reflexivo o solamente aceptará aquello que ha sido probado mediante procedimientos empíricos?
No lo sabemos.
La verdad está maniatada por preguntas, técnicas, acuerdos y experimentos que consideramos válidos porque logran reproducir, mediante la repetición, la formulación de una supuesta verdad bajo mecanismos de experimentación y verificación.
La cuestión fundamental de hoy, a mi entender, sobre este nuevo saber dirigido o mediado por un ordenador es la siguiente: ¿cómo vamos a definir lo racional o lo irracional en el marco de aquello que estudiamos si dejamos una parte creciente de nuestras operaciones intelectuales en manos de una maquinaria como la inteligencia artificial?
Si la IA ya ha demostrado su capacidad para producir respuestas, establecer relaciones y tomar decisiones en ámbitos que antes parecían exclusivamente humanos, ¿podrá ese ordenador superpotente convertirse en ese ser híbrido y extraño que nos obligue a regresar a algunas de las preguntas planteadas por Kant sobre el conocimiento?
Estas preguntas me llevan nuevamente a otra interrogante: ¿pensar y percibir implica que solo podemos demostrar el conocimiento mediante una evidencia empírica, o estamos entrando en una lógica computacional capaz de producir oraciones, relaciones e inferencias que parecen ocupar una posición mental?
Yo me separé de Popper; más bien, corrí hacia la fragancia del viejo Kant, quien planteó un bello paisaje para percibir el mundo y responder a estas preguntas y a otras que me arroja la inteligencia artificial.
En términos de Kant, la discusión adquiere una dimensión fundamental cuando distingue entre los juicios analíticos y sintéticos, y entre aquello que conocemos a priori y aquello que conocemos a posteriori. Esta distinción abre una de las cuestiones más profundas de su filosofía: ¿cómo es posible un conocimiento que amplía lo que sabemos sin proceder directamente de la experiencia?
De ahí surge la noción de juicio sintético a priori.
Esta idea resulta particularmente provocadora cuando la trasladamos al problema de la inteligencia artificial. Kant no pudo formular esta pregunta frente a una máquina, pero su pensamiento nos permite llevarla hasta este nuevo territorio: ¿puede existir un sistema capaz de producir conocimientos que no sean simplemente una repetición de la experiencia acumulada?
La inteligencia artificial recibe datos, los relaciona, encuentra patrones y produce respuestas. Pero ¿qué significa exactamente que produzca algo nuevo? ¿Estamos frente a un conocimiento propiamente dicho o frente a una sofisticada reorganización de conocimientos producidos previamente por los seres humanos?
Aquí aparece para mí ese extraño híbrido.
No porque Kant haya definido los juicios sintéticos a priori de esa manera, sino porque su distinción abre un territorio donde lo conocido no puede explicarse únicamente por la experiencia. Si una máquina puede producir una proposición que amplíe nuestro conocimiento, tendríamos que preguntarnos qué clase de conocimiento es ese y bajo qué condiciones podemos considerarlo verdadero.
Esta reflexión me lleva a pensar que quizá la inteligencia artificial pertenece a ese territorio extraño que Kant intentó explorar cuando habló de los juicios sintéticos a priori. No afirmo que la inteligencia artificial sea, en sí misma, un juicio a priori. Mi planteamiento es otro: su capacidad para producir respuestas, establecer relaciones y crear algo que no aparece literalmente contenido en los datos que recibe y vuelve a colocar frente a nosotros el viejo problema de cómo es posible un conocimiento que amplía lo conocido.
Es aquí donde aparece, para mí, ese extraño híbrido.
La máquina no posee nuestra experiencia del mundo, pero puede producir resultados que regresan hacia nosotros y modifican aquello que creíamos conocer. Puede generar textos, imágenes, relaciones, hipótesis y soluciones sin que podamos señalar una causalidad humana directa para cada una de sus respuestas.
¿Qué significa entonces crear?
¿Qué significa conocer?
¿Y qué clase de causalidad interviene cuando aquello que hemos construido comienza a producir algo que nosotros mismos no habíamos previsto?
Esta es, a mi humilde opinión, una de las preguntas más inquietantes que nos deja la inteligencia artificial.
Porque una cosa es que una máquina reproduzca aquello que hemos colocado previamente en ella, y otra muy distinta es que establezca relaciones que no estaban explícitamente formuladas de esa manera y nos devuelva algo que reconocemos como nuevo.
Aquí vuelvo a Kant.
Las proposiciones metafísicas pueden parecernos extrañas precisamente porque intentan llevarnos hacia aquello que no puede ser reducido inmediatamente a la experiencia. Y quizá lo verdaderamente extraño de nuestro tiempo sea que una máquina construida a partir de nuestra experiencia comience a devolvernos resultados que amplían nuestro propio campo de conocimiento.
No estoy diciendo que la IA haya resuelto el problema de la metafísica ni que sus respuestas sean verdaderas por el simple hecho de ser nuevas. Tampoco afirmo que una respuesta producida por una máquina sea, por ese solo hecho, conocimiento.
Lo que planteo es algo más sencillo y, al mismo tiempo, más perturbador: la existencia de la inteligencia artificial nos obliga a revisar nuestras categorías para hablar de conocimiento, creación y causalidad.
Esto nos lanza nuevamente a pensar sobre nuestras reflexiones acerca del pensamiento occidental, sobre el conocimiento y sobre lo que hemos logrado en el marco de lo interpretativo, de los racionalistas y de los empiristas.
Kant intenta superar esa confrontación. Su propuesta no consiste simplemente en elegir entre la razón y la experiencia, sino en preguntarse por las condiciones que hacen posible el conocimiento. El sujeto cognoscente adquiere así una importancia fundamental.
Y aquí la inteligencia artificial vuelve a introducirnos en el problema.
Si el conocimiento humano está condicionado por estructuras de pensamiento, categorías, experiencias y formas de interpretar el mundo, ¿qué ocurre cuando construimos una máquina que puede procesar enormes cantidades de información y producir respuestas que nosotros reconocemos como racionales?
¿Estamos ante una nueva forma de conocimiento o ante un instrumento extraordinariamente sofisticado para reorganizar conocimientos que ya fueron producidos por otros?
Para mí, esta es una de las grandes preguntas que abre la inteligencia artificial.
En este punto, las proposiciones metafísicas vuelven a aparecer como especies de híbridos extraños. Un mutante, un zombi, por ejemplo, sería una buena imagen para los relatos del cine: algo que no podemos colocar completamente en un solo territorio, algo que parece pertenecer a dos mundos.
Esa es la figurita que me permite imaginar el escenario kantiano.
Kant nos coloca frente a los límites de nuestra razón y frente a aquello que podemos conocer, aquello que podemos pensar y aquello que podemos demostrar mediante la experiencia. Según esta perspectiva, el conflicto no puede ser explicado simplemente desde la posición de los racionalistas ni desde la de los empiristas.
Esto resulta potente porque establece un nuevo enfrentamiento con los viejos griegos. Las definiciones de aquello que Kant llama juicios analíticos y sintéticos modifican profundamente algunas de las formas tradicionales de comprender el conocimiento.
Los juicios analíticos no agregan algo nuevo al concepto que ya tenemos; los juicios sintéticos, en cambio, amplían nuestro conocimiento. Y cuando Kant habla de juicios sintéticos a priori, introduce una posibilidad todavía más inquietante: podemos tener conocimientos que amplían lo que sabemos sin depender directamente de una experiencia particular.
Kant entra las manos en el baúl del conocimiento y acepta al sujeto cognoscente y al objeto por conocer dentro de una relación mucho más compleja. Por eso insiste en construir categorías capaces de explicar cómo conocemos.
Desde mi lectura, aquí aparece ese cuerpo extraño que me interesa: un conocimiento que no puede reducirse únicamente a lo empírico y que tampoco puede explicarse solamente por la reflexión.
Y entonces regresó a la inteligencia artificial.
¿Dónde está el sujeto cuando una máquina produce una respuesta?
¿Quién conoce?
¿La máquina, quien la programó, quien aportó los datos o quién interpreta la respuesta?
La relación entre sujeto y objeto parece haber adquirido una tercera presencia.
Ya no estamos únicamente frente al sujeto cognoscente y al objeto por conocer. Aparece una máquina que interviene entre ambos: procesa información, establece relaciones, reconoce patrones, fórmula respuestas y, en determinadas circunstancias, puede producir resultados que ni siquiera fueron previstos directamente por quien la utiliza.
¿Es esto pensar?
¿Es esto conocer?¿O simplemente estamos ante una nueva forma de cálculo?
La pregunta se vuelve todavía más compleja cuando recordamos que el conocimiento humano tampoco existe fuera de determinadas estructuras culturales, lingüísticas, históricas y conceptuales. Lo que llamamos verdad no aparece desnudo frente a nosotros. La observamos, la interpretamos, la discutimos y finalmente la legitimamos dentro de determinados marcos de conocimiento.
Entonces, si una inteligencia artificial aprende de los productos del conocimiento humano y puede reorganizarlos de formas que producen nuevas relaciones, ¿en qué momento esa operación deja de ser simplemente procesamiento y comienza a parecerse al conocimiento?
No tengo una respuesta.
Y quizá esa ausencia de respuesta sea precisamente lo que hace fascinante la pregunta.Porque la inteligencia artificial nos obliga a volver a discutir aquello que creíamos suficientemente establecido: qué es pensar, qué es conocer, qué es percibir y qué significa afirmar que algo es verdadero. ¿Son los juicios a priori una intuición de Kant para plantearnos sobre el futuro epistemológico nuevo logrado por una máquina? Aunque él no se imaginó ese potencial llamado IA.
En este sentido, la pregunta sobre la IA no es solamente tecnológica. Es epistemológica.
La máquina ha entrado en una conversación que comenzó hace siglos entre Platón y Aristóteles, que pasó por los racionalistas y los empiristas, que Kant llevó hasta las condiciones de posibilidad del conocimiento y que Popper, Kuhn y otros pensadores volvieron a colocar en el centro de la discusión científica.
Ahora aparece una nueva figura.
Una máquina.
Un artefacto que no nació de la naturaleza, pero que fue construido por seres humanos para procesar una parte de aquello que durante siglos consideramos propio de nuestra inteligencia.
¿Podrá la inteligencia artificial construir por sí misma un nuevo modelo metafísico?
¿Podrá producir conocimiento que no dependa exclusivamente de la experiencia humana?
¿Podrá establecer nuevas categorías para interpretar la realidad?
¿Podrá, finalmente, convertirse en ese extraño híbrido que nos obliga a redefinir la relación entre sujeto, objeto y verdad?
No lo sabemos.
Pero quizá allí esté el verdadero desafío.
No se trata solamente de preguntarnos si la inteligencia artificial piensa como nosotros. Tenemos que preguntarnos qué entendemos por pensar. No basta con preguntarnos si conoce; tenemos que preguntarnos qué entendemos por conocimiento. Tampoco basta con preguntarnos si produce respuestas verdaderas; tenemos que volver a preguntarnos qué hace que una verdad sea verdadera.
Kant nos dejó frente a esas preguntas.
La inteligencia artificial nos obliga a retomarlas.
Y quizá, después de tantos siglos de filosofía, volvamos a encontrarnos frente a aquella pregunta elemental que parece esconderse detrás de todos nuestros sistemas de conocimiento
¿Qué es lo que es?
Y frente a la inteligencia artificial, esa pregunta adquiere una nueva forma:
¿Es lo que es la inteligencia artificial?
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