Estados Unidos, junto con Israel, han desatado una guerra ilegal y destructiva contra Irán, país que, sin embargo, ha logrado mantener su régimen dictatorial, interrumpir y controlar el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, causar un shock global económico, inclinar a los países [ex]aliados de Washington a negar el apoyo —procurado por una gran potencia que hace poco declaró no necesitarlo— a su aventura militar, obligándola, tras recular de su obscena y barbárica amenaza de genocidio y aniquilación civilizatoria, a un alto al fuego bajo sus condiciones.
Aunque es obvio que Trump rechaza habitualmente el conocimiento experto de sus oficiales militares, el fracaso de esta guerra, esta denominada «no estrategia», no es consecuencia de un fallo técnico, pues, por ejemplo, se pudo generar con inteligencia artificial una selección de objetivos humanos y materiales que fueron efectivamente eliminados en Irán gracias a precisas coordenadas de ataque. ¿Qué explica entonces este colosal chasco?
Como afirma Yonatan Touval, puedes ver dónde está exactamente tu adversario y eliminarlo, pero eso no hace colapsar a un régimen. Piensas que atacando un país lograrás una rebelión contra una dictadura, pero lo que logras es que el pueblo se una con su Estado maltrecho para combatirte como agresor externo. Te concentras en destruir los recursos militares y económicos de tu enemigo, pero olvidas que «la legitimidad, la soberanía herida y la ira colectiva», «el resentimiento, las narrativas sagradas, el recuerdo de humillaciones pasadas y el deseo de venganza», «la deshonra, la lealtad o el dolor», son claves en las guerras.
Y es que la guerra no es solo técnica, como aprendió muy tarde Robert McNamara, secretario de Defensa estadounidense que, creyendo que la guerra es simple administración empresarial y basándose en datos cuantitativos (número de bajas, toneladas de bombas, etc.), ignoró la realidad de un terreno dominado en Vietnam por las fuerzas enemigas.
La guerra es un asunto también cultural. Por eso los generales Douglas MacArthur y George S. Patton leían asiduamente los dos Comentarios sobre la guerra de Julio César, y el libro de Churchill sobre la Segunda Guerra Mundial fue fundamento de las operaciones de la OTAN; todas, obras maestras de estrategia político-militar.
Desde esta perspectiva, para toda «mente formada por la historia y la literatura», la actual guerra contra Irán es «un fracaso no solo estratégico, sino también intelectual» (Touval). Lógicamente, la cultura por sí sola no evita perder una guerra, como evidencia que de nada sirvió a Napoleón leer las Vidas de Plutarco para comprender que el pueblo ruso prefería que Moscú ardiera «antes que someterse».
Pero la cultura histórica definitivamente ayuda. Narra Heródoto que algunos pueblos se negaron a ayudar a los escitas contra la invasión del persa Darío I al considerar esta una venganza justificada contra Escitia y no una amenaza para ellos. Prefirieron mantenerse «quietos y neutrales, persuadidos de que los persas no vienen contra nosotros, sino contra sus antiguos agresores, que dieron principio a la discordia».
Hoy Estados Unidos es, en el mismísimo territorio persa, la Escitia que sus aliados se niegan a defender frente a un Irán que responde una agresión injustificada. Nueva vez la historia se repite (Hegel), primero como tragedia y después como farsa (Marx), siendo lamentablemente la farsa más terrorífica que la tragedia original (Marcuse).
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