Las recientes publicaciones de los archivos de Jeffrey Epstein
revelan con mayor claridad infamantes tramas, vínculos y negocios
gestados en un mundo privado por varones megamillonarios y poderosos
que marcan la era de la desconfianza, impunidad, bancarrota de lo
irracional y lo aborrecible.
Los nuevos documentos vinculados al caso Jeffrey Epstein, empresario y
magnate financiero, que falleció en 2019 mientras se encontraba
detenido en una cárcel, había sido condenado en 2008 por su
implicación en una red de tráfico de menores que involucra a personas
con altos niveles de poder económico y político.
Aquella información de tres millones de páginas de documentos, 180.000
imágenes y 2.000 vídeos, revela con nitidez la trama de vínculos,
negocios y contrataciones sexuales. Entre los nombres que aparecen
figuran presidentes, ex funcionarios, CEOs y algunos de los hombres
más ricos del mundo, como Elon Musk. Aún cuando se intenta
relativizar la gravedad de los hechos y calificarlos de “rumores o
teorías de conspiración”, cierto es que se trata de documentos
judiciales oficiales todavía en proceso de investigación.
Las teorías conspiración nacen luego de informes sin confirmar en el
sentido que Epstein era agente de la inteligencia israelí.
La presentación de documentos deja al descubierto una horrible red de
pederastia protagonizada casi exclusivamente por varones ultra ricos,
mega millonarios y poderosos. Una ultrajante violencia sexual ligada
al poder económico y político concentrada en manos masculinas.
Los documentos, que deberían provocar consecuencias judiciales,
institucionales y políticas de enorme magnitud dejan al descubierto
que los poderosos cuentan hoy con un nivel de impunidad superlativo,
incluso en un contexto de abundancia e hiper transparencia
informativa.
Pero lo patente del caso y la perversidad de los megamillonarios, es
el nulo impacto político y judicial que generan pruebas tan
contundentes.
Paradójicamente la impunidad no se erosiona con datos disponibles sino
que se reafirma y potencia como jamás visto a mediados de la segunda
década de este siglo.
Este nuevo fenómeno contemporáneo no se desvincula de las condiciones
materiales y culturales del mundo que habitamos con elementos que
producen una desconfianza generalizada sobre lo real.
Del caso Epstein vemos que los enojos sociales son carburantes contra
el sistema y amenaza la reproducción de ellos. No obstante el sistema
no parece alterarse por ninguna reacción.
Para mi el caso Epstein no expone un “error” institucional ni una
falla excepcional: pero explica un posible camino de cómo funcionan
hoy las instituciones en el capitalismo. Su objetivo central, lejos de
proteger la vida, es blindar el poder económico, la propiedad privada
y las redes de impunidad. A mayor riqueza, menor riesgo real de
castigo. Últimamente son sonoros los casos de ellos o en los que
concurren impunes.
Espero que Puerto Rico quede inmune al riesgo de menor castigo y que
quedemos fuera de la bancarrota de lo irracional y que se proscriba el
más mínimo asomo de la cofradía del privilegio en contradicción con la
justicia.
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