El dominicano es una persona emotiva

Joaquín Balaguer

 

Se está muriendo el año 2026 y, con él, agoniza sin velorio, sin responsos y sin lágrimas el primer cuarto del siglo XXI.

Un cuarto de siglo que prometía ciudades voladoras, médicos robots y seres humanos más sabios, y que terminó entregándonos influencers analfabetos, guerras en alta definición y filósofos de TikTok.

La inestabilidad se ha vuelto costumbre. Vivimos en un mundo que avanza a dos velocidades: una vertiginosa, con inteligencia artificial, chips neuronales y promesas de cerebros con memoria ampliada; otra, mayoritaria, que camina descalza, sin educación funcional, huyendo del hambre y tocando puertas electrónicas que ya no se abren con llaves sino con algoritmos.

Cuando la moral se pierde en nombre de una tolerancia sin cerebro, los derechos dejan de ser derechos y pasan a ser permisos temporales. Y cuando todo es relativo, el desorden deja de ser un accidente para convertirse en un sistema.

El siglo XXI no se está cayendo, se está descomponiendo en vivo:

  • Con Wi‑Fi.
  • Con selfies.
  • Y con aplausos.

Radio Guarachita

Radio Guarachita (690 AM) fue una estación fundada en 1964 por Radhamés Aracena. Transformó la sociedad dominicana al convertirse en el puente de comunicación de las clases marginadas, la principal promotora de la bachata, género antes marginado y hoy patrimonio cultural, y un servicio vital de enlace familiar para el campo y la ciudad. El emprendedor Radhamés Aracena, a través de este medio de comunicación, fue un fiel intérprete del sentimiento del pueblo dominicano que, entre penas y alegría, acaba de sobrevivir a los efectos de la guerra civil de 1965.

El pueblo dominicano arropado en una nube de miseria se refugiaba en un trago de ron, una taza de café y su fe inconfundible en la Virgen de la Altagracia. En medio de esos vientos huracanados surgió una música llamada la bachata, "el género que los ricos, hacían como los fariseos, escuchaban a escondidas" en habitaciones, y  dentro de sus propios automóviles, la cual se convirtió en una descripción histórica de la realidad del pueblo muy acertada. Durante décadas, este ritmo sufrió una fuerte discriminación social en la República Dominicana antes de convertirse en el fenómeno global que es hoy.

Sus orígenes se ubican en la clase baja: nació en los burdeles, bares suburbanos y campos dominicanos. Sus letras hablan del desamor, alcohol y pobreza.

Aracena estructuró una programación que incluía saludos, cartas, llamadas telefónicas y telegramas leídos con gran maestría por el grupo de locutores. Pero el servicio público era el más solicitado por la ciudadanía, especialmente por la clase de escasos recursos, citadina y rural, del país, que enviaba sus mensajes a los familiares de forma gratuita sobre algún hecho sucedido o para informarles de alguna noticia importante para los familiares lejanos. Radio Guarachita se caracterizaba por la música que colocaba, especialmente las bachatas y merengues típicos. Transmitía programas especiales como “Los merengues de las 7:30”, que eran de la preferencia del público en la zona rural y sectores periféricos del Distrito Nacional.

La emisora también rendía homenaje a dos artistas mexicanos de gran arraigo entre los dominicanos: Javier Solís y Pedro Infante. Para llevar a cabo ese tributo, La Poderosa programó dos emisiones radiofónicas llamadas “Las canciones de Javier Solís” y “Así cantaba Pedro Infante”, transmitidas en horario de 5:30 a 6:30 de la tarde. De 12:00 del mediodía hasta las 12:30 se difundía el programa “Nuestro concierto de amor”, en el que colocaban instrumentales y promovían los discos y las casas disqueras que su empresa representaba en el país.

Una estrategia que utilizó Aracena para captar por completo a los radioescuchas fue entrenar a su equipo de locutores para que, al hablar, parecieran una sola voz. A continuación, menciono ese grupo de profesionales, integrado por Freddy Ortiz, William Tavárez, María Victoria Gaspar y Bernardo Palau Pichardo. Luego se fueron sumando otros como Marcia Matos, quien inició como secretaria de los servicios públicos y posteriormente se convirtió en la locutora más popular de la estación. Como toda emisora de radio, esta contó con su informativo de noticias llamado “Noticiero W”, un espacio alquilado que fue conducido por los locutores Rafael Arredondo y Ray Carrión Shulterbrandt.

El rechazo tramoyista de las élites

Las clases altas de esa época y los medios de comunicación la asociaban con la delincuencia, la vulgaridad y el analfabetismo. Las principales emisoras tenían prohibido reproducir bachata por considerarla "música vulgar".

Fue tan grande el impacto social de Radio Guarachita que la gente, los días de semana, apegada a las cábalas, escuchaba en esta estación. “Hoy es martes, ni te cases ni te embarques.” El dominicano, al igual que el presidente Heureaux (Lilis), creía en el destino impío; pero también, escuchando la famosa Bachata Chiquitica de Leonardo Paniagua, podía aliviar sus penas y recuperar a una mujer que lo había despedido del libro de su vida. Para su ilustración, transcribo textualmente sus letras:

Chiquitita, dime por qué
tu dolor aún te encadena,
que en tus ojos hay una sombra de gran pena.
No quisiera verte así,
aunque quieras disimularlo.
Si es que tan triste estás,
¿para qué quieres callarlo?

Chiquitita, dímelo tú,
en mi hombro aquí llorando,
Cuenta conmigo ya
para así seguir amando.
Tan segura te conocí
y ahora, ¿toda quebrada?
Déjamela vendar,
yo la quiero ver curada.

Chiquitita, sabes muy bien
que las penas vienen y van
y desaparecen.
Otra vez vas a bailar
y serás feliz
como flores que florecen.

Chiquitita, no hay que llorar,
las estrellas brillan por ti
allá en lo alto.
Quiero verte sonreír
para compartir tu alegría, chiquitita,
otra vez quiero compartir
tu alegría, chiquitita.

El pueblo dominicano, después de escuchar la Bachata Chiquitica, se dio cuenta de que no hay que llorar, que las estrellas brillan por ti en lo alto y que no hay que subestimar los fenómenos sociales que forman parte de la idiosincrasia de un pueblo cuando se quiere expresar, y eso está sucediendo con los influencers.

La centella algorítmica de los influencers

Decía el gran político Pericles que:

"No poder soportar la pobreza es una vergüenza, y no saber rechazarla por medio del trabajo es más vergonzoso todavía."

En 1900, Francisco Henríquez y Carvajal (Pancho) consideraba que éramos un pueblo que ‘carece en absoluto de tradición aprovechable y de educación’; por lo tanto, era una quimera pensar en la democracia; decía que tenía como “factores adversos las condiciones biológicas, el clima, el medio social, tradiciones, leyendas, raza, confusión de elementos étnicos, educación incipiente o violada, desarrollo individual exiguo, desenvolvimiento mental reducido”.

La República Dominicana conoce muy bien esa frase. La pronunció en 1930 una sociedad que no imaginaba que Rafael Leónidas Trujillo Molina pudiera llegar a la Presidencia de la República y convertirse en dueño absoluto del país. Se decía que aquello no podía ser, que aquel hombre no tenía las condiciones, que los militares, los políticos y la propia sociedad no permitirían semejante absurdo.

Sin embargo, ocurrió. Trujillo se impuso por la fuerza de las armas y después convirtió aquella victoria inicial en una dictadura de treinta y un años. La historia, una vez más, había demostrado que lo improbable no es necesariamente imposible.

Por estas razones, considero motivo de legítima preocupación la ligereza con la que determinados sectores de la sociedad dominicana contemplan las aspiraciones políticas de influencers. No sostengo que estén destinados, de manera inexorable, a ocupar la Presidencia de la República, ni mucho menos que exista, en el presente, fundamento suficiente para afirmar que un eventual ascenso político conduciría necesariamente a un régimen de naturaleza autoritaria. Una aseveración semejante carecería de rigor y sería intelectualmente irresponsable.

Mi planteamiento es otro, y quizá por ello resulte más pertinente: en materia política, nadie debería arrogarse la facultad de declarar imposible aquello que, bajo determinadas circunstancias históricas, sociales e institucionales, podría llegar a suceder. La política, por su propia naturaleza, es el territorio de la contingencia. Las sociedades se transforman, las expectativas colectivas se frustran, la confianza pública se erosiona, las instituciones se debilitan y, en ocasiones, figuras que ayer parecían inconcebibles dentro de las estructuras del poder terminan ocupando espacios decisivos en su configuración.

Los influercers son más que una simple personalidad mediática, son un fenómeno sociopolítico que buena parte de la clase dirigente dominicana parece todavía renuente a examinar con la profundidad que merece. Reducirlo a la condición de comunicadores, empresarios del entretenimiento sería desconocer la dimensión social de su influencia. Los cuales constituyen, además, un vehículo de identificación para determinados sectores de la población que encuentran en su lenguaje directo, su irreverencia, su permanente cuestionamiento de las convenciones tradicionales y, particularmente, en su confrontación con determinadas élites y centros de poder, una forma de expresar sus propias inconformidades.

Podemos discrepar de los métodos, cuestionar sus estilos comunicativos, considerar excesivo o inapropiado su lenguaje e incluso poner en duda su preparación para determinadas responsabilidades públicas. Todo ello forma parte legítima del debate democrático. Sin embargo, ninguna de esas valoraciones subjetivas debería conducirnos a desconocer un hecho objetivo: existe una cantidad significativa de ciudadanos que lo escucha, lo sigue, interactúa con su contenido y, en mayor o menor medida, encuentra en su figura una representación de sus frustraciones, expectativas, aspiraciones o desacuerdos con el sistema político tradicional.

Es precisamente en este punto donde se encuentra el núcleo de la cuestión. La democracia no garantiza que el poder termine siendo ejercido por el individuo más ilustrado, más prudente, más preparado o intelectualmente más refinado. El poder político puede recaer, en determinadas coyunturas, sobre aquel que consiga interpretar con mayor eficacia el malestar colectivo, canalizar las frustraciones sociales y ofrecer una narrativa capaz de convertir el descontento disperso en una voluntad política organizada. La historia demuestra, además, que las sociedades no siempre eligen aquello que las élites consideran deseable; en ocasiones, terminan otorgando legitimidad precisamente a aquellos fenómenos que durante años fueron subestimados, ridiculizados o considerados incapaces de trascender los márgenes del sistema. Y cuando eso sucede, la pregunta verdaderamente relevante deja de ser si podía ocurrir y pasa a ser: ¿Qué condiciones hicieron posible que ocurriera?

Desde esta perspectiva, la personalidad pública de los influerncers merece un análisis particularmente cuidadoso. No porque determinadas características individuales permitan predecir de manera automática su eventual comportamiento como gobernante, sino porque ciertos rasgos adquieren una significación sustancialmente distinta cuando se trasladan del ámbito de la comunicación y el entretenimiento al ejercicio del poder público.

La dificultad para admitir la crítica, la confrontación permanente como instrumento de comunicación, la exteriorización de una marcada seguridad personal y la tendencia a convertir las diferencias de criterio en enfrentamientos de carácter individual pueden resultar, dentro del universo mediático, elementos atractivos para una audiencia acostumbrada al espectáculo, la polémica y la provocación. En ese contexto, tales comportamientos pueden ser interpretados como espontaneidad, carácter, autenticidad o incluso como una forma de romper con los convencionalismos.

El problema comienza cuando se plantea la posibilidad de que esas mismas dinámicas sean trasladadas al ámbito institucional. El Estado no es un escenario mediático, ni las instituciones públicas pueden ser administradas bajo las mismas lógicas que rigen un programa de entretenimiento o una plataforma de comunicación. En el ejercicio del poder político, cada decisión posee consecuencias jurídicas, económicas, sociales e institucionales que pueden trascender ampliamente a quien la adopta.

Por ello, la cuestión no consiste simplemente en determinar si los influencers  resultan simpáticos o antipáticos, preparados o no preparados, prudentes o confrontacionales. El verdadero desafío intelectual consiste en comprender qué revela su creciente influencia acerca del estado de ánimo de una parte de la sociedad dominicana y, simultáneamente, acerca de las deficiencias de un sistema político que ha permitido que figuras provenientes de ámbitos ajenos a la política tradicional adquieran una capacidad de convocatoria que, hasta hace relativamente poco tiempo, parecía reservada casi exclusivamente a los partidos y a sus dirigentes.

En consecuencia, más que descalificar el fenómeno o asumirlo con ingenua admiración, corresponde estudiarlo con serenidad, rigor y sentido histórico. Las democracias saludables no se protegen ignorando aquello que incomoda, sino comprendiendo las causas que permiten su aparición y evaluando, con responsabilidad, los riesgos y las oportunidades que cada nuevo fenómeno político representa.

La falta de respuesta de los partidos políticos ante los reclamos de la sociedad y el efecto de los influencers

Pronto los algoritmos nos conocerán mejor que nosotros mismos. Yuval Noah Harari

La política moderna ha creado un extraño fenómeno: hombres y mujeres que, después de ocupar un cargo durante años, terminan creyendo que la silla les pertenece por derecho hereditario, como si la democracia fuese una monarquía disfrazada de elecciones. La ambición, cuando pierde el sentido del servicio, se transforma en una enfermedad silenciosa; una especie de hiedra venenosa que trepa por las paredes de la razón hasta cubrirlo todo.

La respuesta parece sencilla, pero la pasión política y el exceso de patriotismo y nostalgia suelen nublar hasta las verdades más evidentes.

La ambición de permanecer en el cargo, ese deseo de querer ser siempre el único, se parece a la mala hierba que termina ahogando la belleza de los rosales. El poder, cuando se prolonga demasiado, suele producir una extraña ilusión: la de creer que la institución existe para servir al político y no el político para servir a la institución.

Pero nada es eterno. Ni los imperios, ni las dictaduras, ni los caudillos, ni las mayorías electorales. Todo en la vida tiene un principio y un final, y la democracia posee la sana costumbre de recordarles a los poderosos que las urnas también saben practicar la ingratitud.

No hay nada peor que una mente vacía. Y peor aún es una mente alimentada exclusivamente por la adulonería. El adulador es un personaje peligroso; convierte las derrotas en victorias morales, los errores en genialidades y las vanidades en supuestas virtudes cívicas. Es, en definitiva, el maquillista oficial de los egos políticos.

Las complejidades de la vida son las que la hacen interesante. Todos los pintores saben que en su paleta no pueden faltar el blanco y el negro, porque de la combinación de ambos nace una infinita gama de grises. Del mismo modo, la política no puede entenderse desde los extremos. Las sociedades son infinitamente más complejas que los eslóganes de campaña.

Todo maestro sabe también que sin lectura no puede haber educación y que sin educación sólo quedan los prejuicios, las consignas y las pasiones irracionales.

El abrazo del tiempo para todos los políticos

Porque el tiempo tiene una pésima costumbre.
No obedece.
No recibe órdenes.
No acepta sobornos.
No tiene policía secreta.
Y, sobre todo, no sabe guardar silencio.
El tiempo termina colocando los archivos sobre la mesa.
Resucita testimonios.
Publica cartas.
Encuentra fotografías.
Recupera libros.
Reabre expedientes.
Y convierte los discursos oficiales de ayer en piezas de museo.
La historia es, en ese sentido, un tribunal bastante extraño.
No necesita verdugos.
No necesita cárceles.
No necesita fusiles.
Le basta con esperar.

La religiosidad popular en el alma del pueblo dominicano

Según María del Pilar Silveira, doctora en teología, la religiosidad popular surge desde los comienzos del cristianismo y ha contribuido a la elaboración teológica de la Iglesia, pues la experiencia de fe vivida por las comunidades cristianas en su vida cotidiana ha sido la base de la reflexión teológica eclesial. En América Latina y el Caribe, es una de las riquezas más fuertes y sólidas que poseen nuestros pueblos vivir su fe y expresarla ricamente en medio de su cultura desde los primeros tiempos del encuentro entre la diversidad de culturas amerindias y la española. A través de la evangelización de los misioneros que predicaban la Palabra de Dios y de las imágenes de Jesús y de la Virgen María, la fe católica se fue haciendo carne en la vida cotidiana, dando rostro al ethos cultural de los pueblos que fueron creados y bautizados con nombres cristianos. Según el cardenal Bergoglio: “la doctrina que trajeron los misioneros se sincretizó con formas africanas o indígenas, dando lugar en algunos casos a formas mixtas muy bien integradas”.

Dentro de este enfoque, puedo expresar que la Virgen de la Altagracia, a través de sus milagros, en fruto de su aparición en la batalla real de Limónade del año 1691, en la batalla de los dominicanos en contra del ejército francés, generó la más fiel expresión del sentimiento de gratitud de un pueblo que, en una gran ruta de peregrinación, inició el camino de la fe a la madre del pueblo dominicano.

La coronación canónica de la Virgen de la Altagracia en el Altar de la Patria como “Madre Espiritual” fue celebrada en la ciudad de Santo Domingo durante el reinado del Papa Pío XI en agosto de 1922, actividad que fortaleció esta creencia dominicana.

El canónigo Luis Alcocer en 1630 afirmó que la imagen de la Virgen de la Altagracia fue traída a Higüey por los hermanos Alonso y Antonio Trejo de la Villa de Plasencia en Extremadura, España, de donde ellos eran oriundos.  Primero se veneró en una rústica capilla de yagua y de caña, luego en la iglesia vieja y posteriormente en la moderna e imponente basílica.

De esta manera, la Virgen más querida del pueblo dominicano, su madre espiritual, es parte de las intimidades de la identidad, de su religiosidad popular, sin que esto afecte su dimensión en el panteón oficial de la iglesia católica.  ¡Bendita sea Tatica, la Virgen de la Altagracia!

Mons. Jesús Castro Marte

Sacerdote

Monseñor Jesús Castro Marte. Labores Pastorales: Obispo de La Diócesis Nuestra Señora de La Altagracia, Presidente de la Fundación del Museo de La Altagracia, Gran Canciller de la Universidad Católica del Este (UCADE), Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Dominicano, Presidente del Pensamiento Altagraciano. Maestrías: Magíster Tecnología Educativa, en la PUCMM, 2009; Magíster en Historia Aplicada a la Educación, en la PUCMM, 2012; Máster en Gestión internacional de Universidades, en la Universidad Alcalá de Henares, España, 2014; Máster Internacional en Bioética, Fundación Jérôme Lejeune.

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