Muchas veces siento que estoy arando en el desierto. Y es que me sorprendo repitiendo las mismas preguntas o abordando las mismas preocupaciones. Entonces compruebo que no estoy sola y que, como yo, hay muchas personas que nos preocupamos por el futuro del turismo en nuestro país.
En múltiples ocasiones he escrito sobre diversos aspectos relacionados con la sostenibilidad del turismo, insistiendo en la necesidad de que nuestro país cuente con una estrategia nacional clara, coherente y, sobre todo, aplicable, que nos permita orientar el desarrollo de nuestra principal actividad económica hacia un modelo verdaderamente sostenible.
El objetivo de esa estrategia es disponer de una hoja de ruta que establezca hacia dónde queremos llevar nuestro turismo y bajo cuáles criterios debemos continuar creciendo. Muy especialmente, se busca establecer cuáles son los límites que no deberíamos traspasar si aspiramos a preservar nuestro patrimonio natural y cultural, garantizar el bienestar de las comunidades receptoras y mantener la competitividad de nuestros destinos a largo plazo.
Había decidido dejar descansar este tema cuando el Gobierno anunció que estaba trabajando en la elaboración de la Estrategia Nacional de Turismo Sostenible, en coordinación con ONU Turismo, y que la contraparte dominicana estaría dirigida por una excelente profesional, de reconocida trayectoria y amplia experiencia en el sector.
El 22 de abril de 2024, el Ministerio de Turismo anunció formalmente el inicio de los trabajos para la elaboración de dicha estrategia. Posteriormente, en octubre de ese mismo año, según consta en los boletines informativos distribuidos durante el proceso, comenzaron las investigaciones de campo y las consultas correspondientes.
En abril de este año, escribí en este mismo medio:
«Mientras otros destinos turísticos competidores implementan indicadores de sustentabilidad y hablan de regeneración, República Dominicana no termina de definir su estrategia de sostenibilidad, a pesar de haberla anunciado en reiteradas ocasiones».
También expresé entonces que la elaboración de esta estrategia constituía una iniciativa que podría transformar profundamente la manera en la que nuestro país gestiona su principal industria. Sin embargo, advertía que, hasta ese momento, el documento no había sido presentado públicamente.
Han transcurrido varios meses desde aquellas reflexiones y continuamos esperando.
En aquel momento, considerábamos que la demora podía responder a un simple retraso administrativo. Sin embargo, según las informaciones que hemos recibido, el documento habría sido concluido y entregado a las instancias correspondientes. De ser así, resulta todavía más difícil comprender por qué no ha sido presentado públicamente.
Quienes conocemos el funcionamiento del turismo sabemos que alrededor de esta actividad convergen numerosos intereses económicos, empresariales, territoriales, sociales y políticos. Conciliarlos nunca ha sido una tarea sencilla. Mucho menos cuando se trata de establecer reglas que pudieran modificar prácticas tradicionales, limitar determinadas inversiones o exigir mayores responsabilidades ambientales y sociales.
Sin embargo, también sabemos que otros países han logrado avanzar en esa dirección, precisamente porque comprendieron que la sostenibilidad no puede quedar subordinada permanentemente a los intereses particulares ni a las conveniencias del momento.
Tomando en cuenta las buenas relaciones que actualmente prevalecen entre los principales actores del sector y el liderazgo que existe dentro del mismo, quiero pensar que contamos con las condiciones necesarias para alcanzar los consensos que requiere una estrategia de esta naturaleza.
Debemos estar conscientes de que algunos de sus planteamientos pudiesen no ser agradables ni recibirán el aplauso de todos.
Y es que hemos tardado demasiado en establecer las reglas que debieron orientar nuestro crecimiento desde hace muchos años. En determinados destinos turísticos, la concentración de infraestructuras, la presión sobre los recursos naturales y la expansión inmobiliaria han alcanzado niveles que hacen cada vez más difícil corregir decisiones tomadas en el pasado.
Por eso, imagino que algunas de las medidas que considero indispensables abordar y que estoy segura deben formar parte de esta estrategia, podrían estar generando resistencias.
Soy consciente de que una estrategia nacional no resolverá de manera inmediata todos los problemas que enfrenta el turismo dominicano. Sin embargo, sería lamentable que, después de haber construido una industria turística tan exitosa, termináramos comprometiendo su futuro por no haber tenido el empeño de establecer oportunamente las reglas necesarias para garantizar su permanencia.
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