Las guerras pueden hacerse habituales sin volverse normales. Podemos acostumbrarnos a sus imágenes, a las cifras de muertos y desplazados, incluso a convivir con ellas como parte del paisaje informativo. Nadie puede permanecer indefinidamente consternado ante cada tragedia; sin embargo, otra cosa es permitir que esa adaptación termine erosionando nuestra capacidad de reconocer lo intolerable. Ahí comienza una forma más profunda de normalización: cuando el horror deja de sorprendernos y empieza también a dejar de interpelarnos.
La pregunta que cierra esta serie nace precisamente de esa frontera. Si no está en nuestras manos, individualmente, detener las guerras ni cargar sobre la conciencia todo el sufrimiento del mundo, ¿qué podemos todavía exigirnos? Quizá algo menos grandioso, pero no menos decisivo: preservar la capacidad de reconocer en quien sufre —cualquiera sea su nacionalidad, religión o bando— a alguien de nuestra misma humanidad y resistir, por eso mismo, la indiferencia.
- Una misma humanidad
Como fue establecido inicialmente, la humanidad nunca ha sido homogénea. Está hecha de pueblos, culturas, religiones, lenguas, intereses y memorias distintas; también de divergencias profundas y conflictos que no desaparecen por invocar una fraternidad abstracta. Pero ninguna de esas diferencias altera algo más elemental: compartimos la misma vulnerabilidad ante el dolor, la pérdida, el miedo y la muerte. La dignidad humana no cambia de nacionalidad ni de bando.
La compasión expresa algo esencial de nuestra humanidad: la capacidad de «mudar de casa el alma», de acercarnos a la experiencia del otro y sentir que su dolor también nos concierne. Frente a ella, la indolencia: saber que alguien sufre y permanecer ajenos a su padecimiento. Pocas fallas morales expresan un abandono tan profundo del otro.
La guerra tiende a oscurecer el reconocimiento de esa humanidad compartida. El otro deja de ser alguien y pasa a ser enemigo, objetivo, combatiente, refugiado o daño colateral. Categorías necesarias para describir una realidad compleja pueden terminar ocultando a la persona concreta que existe detrás de ellas.
Emmanuel Levinas situó en el «rostro del otro» una exigencia ética anterior a nuestros intereses, creencias y lealtades: reconocerlo implica admitir que su humanidad no depende de cuánto se parezca a nosotros ni de que compartamos sus causas.
Por su parte, Immanuel Kant ofrece un límite convergente: ninguna persona debería ser reducida únicamente a medio para alcanzar un fin.
La guerra la vulnera cuando convierte vidas humanas en instrumentos de objetivos políticos, territoriales o estratégicos. Resistir la indiferencia comienza, por tanto, en algo elemental: no permitir que nuestras diferencias nos hagan olvidar la humanidad que compartimos.
- Cuando lo excepcional empieza a parecer normal
Como vimos en la segunda entrega, podemos acostumbrarnos al horror sin dejar de juzgarlo. El riesgo aumenta cuando esa familiaridad altera nuestros criterios y lo inadmisible empieza a parecernos inevitable, justificable o parte del funcionamiento ordinario del mundo.
León XIV ha advertido precisamente sobre una «normalización de la guerra». No alude solo a la multiplicación de los conflictos, sino a un cambio más profundo: el regreso de la guerra al lenguaje y al cálculo político como instrumento disponible, acompañado por el rearme y por una cultura del poder capaz de relegar el drama concreto de las víctimas frente a los intereses estratégicos. Lo excepcional va perdiendo así su condición de límite.
Desde otro registro, Giuliano da Empoli vuelve a Maquiavelo y los Borgia para iluminar una vieja lógica que conserva inquietante actualidad: quien está dispuesto a transgredir las reglas puede obtener ventaja frente a quienes continúan sometiéndose a ellas. El peligro mayor aparece cuando esa ventaja deja de provocar rechazo y comienza a convertirse en modelo. La transgresión reiterada no solo viola el límite: termina erosionándolo.
Ahí radica acaso una de las amenazas mayores de nuestro tiempo: no que la guerra deje de ser terrible, sino que terminemos considerándola normal precisamente porque se ha vuelto frecuente.
- Resistir la indiferencia
Nuestra responsabilidad no es la de quienes deciden, ejecutan o justifican las guerras. Pero reconocer esa diferencia no nos exime de responder ante el sufrimiento de sus víctimas.
En el relato bíblico (Gn 4, 9), Dios pregunta a Caín: «¿Dónde está Abel, tu hermano?». Él responde: «No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?». Es como si lo matara dos veces: al arrebatarle la vida y al negar que deba responder por ella. Su respuesta nos devuelve una pregunta incómoda: ¿cuánto hay de Caín en nosotros cuando sabemos del sufrimiento de las víctimas de la guerra y seguimos viviendo «cual si no pasara nada»?
Resistir la indiferencia comienza por negarnos a considerar inevitable lo que debería seguir siendo intolerable. Distinguir entre comprender las razones de un conflicto y justificar sus atrocidades. Reconocer la dignidad de las víctimas incluso cuando pertenecen al bando que nuestras simpatías, convicciones o intereses rechazan. No permitir que la distancia, la nacionalidad, la religión o la ideología decidan qué sufrimientos merecen nuestra compasión y cuáles pueden relegarse al olvido.
Pero resistir exige también conservar el juicio. Las guerras se libran igualmente en el terreno de los relatos, las imágenes y las ideas, hoy amplificados por redes, plataformas e intereses políticos y económicos que compiten por nuestra adhesión. Ejercer una inteligencia crítica supone distinguir hechos de propaganda, razones de justificaciones, información de manipulación; y someter también nuestras propias certezas a examen.
Nuestro “padre de la patria” Juan Pablo Duarte, en otro tiempo y contexto, escribió que nunca le había sido tan necesario tener «salud, corazón y juicio». La fórmula conserva una resonancia particular: necesitamos corazón para no volvernos indiferentes y juicio para no dejarnos arrastrar por quienes pretenden decidir por nosotros a quién debemos reconocer como víctima.
Acaso ese sea también el tránsito que debemos resistir: de un estado de conciencia —capaz de mirar, discernir y juzgar— hacia una suerte de inconsciencia moral, en la que vemos el sufrimiento, pero ya no nos interpela.
Conservar la conciencia significa mantener vivos algunos límites: exigir responsabilidades por los excesos del poder, defender las normas levantadas para contener la barbarie y recordar que no todo lo posible es aceptable.
La falla moral se consuma cuando hacemos de nuestra incapacidad para impedir todo sufrimiento una excusa para desentendernos del dolor ajeno. Resistir la indiferencia exige mantener abierta una pregunta: ¿qué responsabilidad nos corresponde ante quienes sufren?
Epílogo
La guerra ha acompañado demasiadas veces la historia humana como para fingir sorpresa ante su regreso. Con frecuencia, la paz que la sucede se asemeja a una bajamar: las aguas se retiran y dejan al descubierto los escombros, mientras persisten las heridas y las tensiones que pueden alimentar nuevas marejadas. Sin embargo, reconocer esa recurrencia no obliga a aceptarla como destino. La paz no debería ser apenas una tregua entre guerras, sino una oportunidad para transformar las condiciones que las hacen posibles.
La advertencia adquiere mayor gravedad en un tiempo de retroceso democrático, avance de tendencias autoritarias y resurgimiento de nacionalismos extremos, cuando reaparecen discursos y prácticas que creíamos relegados a momentos idos de la historia. La democracia tampoco está asegurada para siempre. Cuando la fuerza gana prestigio, los límites se relativizan y el adversario comienza a ser tratado como enemigo, la normalización de la violencia puede terminar alcanzando también a la política.
Tal vez ahí se juegue una parte de nuestra responsabilidad: reconocer al otro como parte de nuestra misma humanidad; pensar críticamente frente a los relatos que buscan nuestra adhesión; conservar corazón y juicio cuando la repetición del horror amenaza con adormecer la sensibilidad y nublar el discernimiento.
Porque quizá una de las formas más silenciosas en que falla la humanidad sea precisamente esa: cuando dejamos de mirar a quienes sufren y de preguntarnos qué ocurre en nosotros. ¿Qué nos pasa?
Resistir la indiferencia y la indolencia es también resistir ese estado de inconsciencia. Es permanecer en estado de conciencia activa.
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