«Qué es el azul de Chartres», preguntó el guía, seguro de que nadie daría con la respuesta. No obstante, alguien dijo que sólo conocía el de Élouard, para enseguida disparar aquel verso: «El mundo es azul como una naranja». Entonces, recordé a ese poeta distraído que por pensar tanto en el surrealismo, no vio que Salvador, su amigo bigotón (¿tendría que poner comillas?), seducía a la esposa, la linda de Gala.
Estábamos a punto de entrar a la catedral de Chartres, famosa por sus vitrales en donde, por supuesto, sobresale el azul, aunque yo me reprochaba haberme inscrito al tour con ese sabe-lo-todo. Esta ciudad, pequeña y tranquila, está a menos de cien kilómetros de París. Es otoño, la mañana fría, el sol esquivo. Somos pocos los inoportunos turistas y yo evito la cíclica pregunta: qué diantres hago aquí.
La Catedral está en la cima de una colina y tendría que decir lo obvio: que forma parte del Patrimonio de la UNESCO desde 1979; que es una maravilla del arte gótico y tendría que hablar de sus vitrales; casi únicos, que nos regalaron el característico azul Chartres, que se obtenía a partir del óxido de cobalto…, lo que esto signifique. Sin embargo, sigo pensando en los demasiados escalones que subí, pues llegué por el lado equivocado. Escalones alargados, interminables, que sugieren la otrora ciudad medieval y que me dejaron sin aliento, sin ganas de explorar Notre Dame de…
Por fin entramos. Después de aleccionarnos que las vidrieras datan del siglo XII, el guía habló de un laberinto (yo me esforzaba en no escucharlo) «dibujado» en el piso, casi a la entrada, en la nave. Si el laberinto nos recuerda la historia del Minotauro, estamos en lo cierto: La obra de Dédalo, para que esa mansa criatura, mitad toro, mitad hombre, no anduviera por ahí sonsacando a la gente… El laberinto es el camino que el peregrino debe derrotar, si pretende llegar a la fe, dice nuestro Virgilio de ocasión. Yo lo terminé de apreciar en la tienda de recuerditos, aparece en tazas, camisetas, bolsas, ya que el original está oculto por las bancas donde se sientan los fieles a pedirle al jefe supremo que los visitantes se marchen rápido, no sin antes dejarles muchos euros.
Es imposible contemplar con deleite y paciencia los casi doscientos vitrales que narran desde episodios bíblicos hasta vidas de santos. Para que no perdamos detalle, el guía saca binoculares de su mochila. El grupillo suspira de emoción, se oye un aplauso, discreto. Son vitrales didácticos, señala, en aquellos años la población no sabía leer… Luego nos lleva a una capilla repleta de flores de lis, donada por el buenazo de Enrique Cuarto, apodado el Rey (rabo) Verde y que hoy sería el santo patrono de los sugar dadies, dada su inclinación por las mujeres jóvenes. En esta catedral lo consagraron y lo coronaron, dice una plaquita fechada en 1594.
La catedral está dedicada a la Asunción de la Virgen y, ni tardo ni perezoso, nos explica la diferencia entre ascensión y la asunción, quisiera decirle que Francia es una república laica donde no hay dioses sino filósofos y se prefiere el teorema al rezo, hasta que una palabra sobresale desde un pequeño ventanal: Nabucodonosor, ¿un rey de Babilonia?
Los datos divertidos, quizás inventados, continúan: que para que no se dañaran, desmontaron los vitrales mientras los alemanes fastidiaban Europa con sus dos guerras. No aclara quién hizo esa tarea terrenal, ¿los curas, los monaguillos?, ni dónde los pusieron a resguardo (mejor, me digo). Más tarde, nos muestra un edificio bastante inusual, es el sitio del coro, está adornado de estatuas finamente labradas que representan el nacimiento y la vida de Jesús, crucifixión incluida. Como cualquier iglesia de abolengo, la catedral de Chartres es inmensa y luminosa. Además, sobresalen sus mármoles multicolores, rojos, verdes, rosados, blancos. Otra placa nos recibe con un oxímoron simpático: bienvenidos a esta «penumbra colorida».
Supongo que la visita está por concluir cuando nuestro querido guía nos comparte su página web para que demos montones de likes y una propina digna del monumento que nos ha mostrado. Me gustaría ser un prestidigitador para que el billete que arrojo en su gorra regrese a mí al instante, pero el truco no funciona, entonces no me queda más que felicitarlo.
Huyo a uno de los bares de las inmediaciones. Proponen cerveza a precio turista, esto es, a 5 euros la pequeña y a 9 la grande, mejor pido agua, que no cuesta, para acompañar mi sándwich. Tarareo sin respeto a Agustín Lara: «Azuul, como una ojera de mujer, azul como un vitral de Chartres, en un lluvioso amanecer…».
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