Emilio y Stanley se conocieron gracias a un objeto fálico, en el Londres de los años 60. En realidad, dicho objeto era necesario para el decorado de una película y Emilio fue el responsable de transportarlo en su taxi, no piensen mal. Uno era italiano; el otro, de Nueva York. Acabo de ver el documental S is for Stanley (Con ese de Stanley) de Alex Infascelli que cuenta esta historia.

Nunca le aclararon lo que tenía que llevar. La llamada de su jefe parecía sospechosa: «¿Puede dirigirse ahora mismo hasta el otro lado de la ciudad? Es una misión muy delicada, muy importante. Vaya inmediatamente a esta dirección, donde le darán…». Era una noche lluviosa y deprimente de diciembre, recuerda.

Un par de días más tarde, lo volvieron a llamar. A las afueras de Londres, en una residencia singular, un tipo de barba y con el cabello revuelto se presentó: «Soy Stanley». «Encantado, yo soy Emilio», respondió el italiano. Le preguntó entonces si le gustaría trabajar para una productora de cine. «Mañana mismo empezamos», se despidió míster Kubrick.

Lo que inició como una relación profesional de lléveme aquí, búsqueme allá, terminó como algo parecido a la amistad. Emilio era hábil en el volante, por eso había sido piloto de carreras y quizás eso le daba tranquilidad al cineasta. Ahora bien, con el paso de los días, le empezaron a encargar tareas tan insólitas como reparar las goteras del techo o buscar a un proveedor que surtiera velas durante tres años. Esto último tenía que ver con la película Barry Lyndon, que trata sobre la vida de un estafador del siglo XVIII. Kubrick tenía la intención de rodarla, romanticismos aparte, a la luz de la vela.

Para los que ignoramos todo sobre el creador de La naranja mecánica (donde aparece el adorno fálico aludido, en una escena violenta), el testimonio de su colaborador nos ayuda a imaginarlo: un genio maníaco que así como apuntaba indicaciones de su puño y letra pidiendo una botella de whisky, también exigía guardar el orden con frases como: «Si lo rompes REPÁRALO», según se leía en las paredes de Abbots Mead, la casa donde vivía con su esposa y sus tres hijas.

Durante la filmación de Barry Lyndon, que tuvo lugar en Irlanda, Emilio anduvo de arriba a abajo, se encargó de llevar materiales, grandes y pequeños, para que las cámaras y el ojo de Kubrick funcionaran. Hubo momentos, incluso, en que hizo hasta cuatro viajes entre Irlanda y Londres en un mismo día: había que entregar documentos en propia mano y Stan, como le decían de cariño, solo confiaba en él.

El norteamericano era un obseso del detalle, podía tomarse años en recrear los escenarios donde pensaba filmar. Reprodujo en un paraje inglés un hotel de montaña para rodar El resplandor. Al respecto, Emilio comenta que un día le preguntó sobre Jack Nicholson: «¿Qué te parece?», insistió. «Está bien, pero ¿por qué no buscas mejor a Charles Bronson?».

La que no estaba muy contenta era la esposa, una inglesa simpática de nombre Janette. Se quejaba de que no lo veía y, para colmo, cada vez que sonaba el teléfono era el dichoso señor. Parecen enamorados, es el único que llama a esta casa, alegaba, molesta y resignada al mismo tiempo. Una vez, ella se puso enferma y para que Emilio no tuviera que desatender sus tareas, que incluían ocuparse de perros, gatos y hasta un burro que rondaban los jardines de Abbots Mead, el cineasta propuso que dejara a sus hijos en su casa: «Aquí hay gente que puede cuidarlos…».

Pasaron dos, tres, cuatro años y más. Emilio tiene 50, es 1991 y no sabe cómo sacudirse los deseos de volver al terruño, quiere romper su incesante ritmo de trabajo (Emilio, la cremallera de la chaqueta no funciona, ve por favor con el sastre, dice un pedazo de papel). «¿Estás bromeando?», le pregunta tan pronto descubre sus planes.

Finalmente, desde el momento en que se decidió a partir hasta el día que pudo instalarse en Italia, pasaron dos años; pero al cabo de una semana el teléfono volvió a sonar: «¿No te aburres allá?», preguntó una voz y sí… Para engañar a la nostalgia del trabajo perpetuo, se puso a ver las películas de su amigo, así confirmó su genialidad y después empacó de nuevo, justo a tiempo para el rodaje del que sería su último filme, Ojos bien cerrados. El espectador atento podrá ver a un hombre que atiende un quiosco y le alcanza un diario a Tom Cruise; ese es Emilio.

En fin, Infascelli en su documental nos muestra una voz conocedora, amable. Además, vemos las miles de notas donde apuntaba sus instrucciones, firmadas con una ese rápida, descuidada, una ese de Stanley.

Manuel Iñaki Leal Belausteguigoitia

Abogado y literato

No es sencillo hablar de uno mismo. Qué decir sin provocar bostezos. Que tengo la dicha de estar en Santo Domingo; que antes anduve por México (de donde soy), Francia y España; que estudié derecho y más tarde literatura; que hoy me dedico a enseñar francés (Alianza francesa, Liceo Franco-dominicano), a leer y, en menor medida, a escribir, ir al cine, nadar…

Ver más