Con Gaza en el corazón; no a la guerra

"Dedico este libro a los hombres y mujeres que se alimentan y acarician la voluntad de vivir y resisten sin rendirse el impulso de destruir. A todos aquellos que a la hora de pagar el peaje de la vida, sustituyen la moneda del odio, el dominio de la venganza por la razón, la generosidad y la empatía."

La semilla de la violencia, libro escrito por el psiquiatra español Luis Rojas Marcos publicado hace más de 25 años, inicia de esta manera. El estudio de la conducta violenta —el uso y abuso de la fuerza contra un semejante con el propósito de herir, abusar, robar, humillar, dominar, ultrajar, torturar o causar la muerte— es de las conductas más terribles.

Este psiquiatra español me enseñó que fuera del análisis individual existe el contexto social donde este tipo de conductas germina como si de una semilla maldita se tratara, porque su crecimiento es muy silencioso: crece y se hace árbol de una forma que pasa desapercibida o que muchas veces no queremos mirar.

La violencia como forma de relacionarnos es la forma más primitiva y oscura que conocemos. La especie humana es la más violenta, pero la evolución humana también es la más brillante; con la razón, los impulsos animales se fueron controlando y estas conductas violentas se transforman y hacen que la convivencia sea posible.

Pero hace tiempo que la sociedad dominicana da señales de humo sobre una violencia consustancial en todo lo que nos rodea: el lenguaje, el insulto, las descalificaciones, el grito permanente en la defensa de la verdad. Todo esto, aunque usted no lo crea, construye violencia.

Las formas actuales de diversión se basan en la controversia y la confrontación, y eso también construye violencia.

El terreno fértil para que germine es, sin lugar a duda, la marginalidad, el barrio, el hacinamiento, la precariedad más absoluta y, sobre todo, la falta de una perspectiva de futuro. No la justifica, la alimenta. La marginalidad y la masa que la habita no son ajenas al resto: son parte de nosotros, y estas realidades son el terreno más fértil para que la semilla de la violencia germine y se haga tan grande que su poder de destrucción marque toda una sociedad.

Después de años —o mejor dicho, décadas— de ignorarla, este monstruo nos recuerda que nadie está a salvo de las conductas violentas.

No se controla con más violencia; se combate con programas que, por ejemplo, regulen las armas de fuego y las armas blancas. No se plantea ni siquiera la posibilidad de implementar programas de estas características.

La reacción a los hechos terribles es justicia y castigo, pero ¿cómo se construye lo previo? ¿Cómo se construye una reacción tan cruel y desmedida, la destrucción del otro de una manera colectiva puesta en escena para que todos podamos verla como si de un espectáculo se tratase? Este es el síntoma de una gran enfermedad colectiva con nombre propio: la violencia nuestra de cada día.

Son muchas preguntas y pocas respuestas. Lo más triste es que no hay ninguna intención de regular ni de educar en la prevención, de anticiparnos a los hechos.

Y de nuevo me pregunto: ¿existe alguna estrategia para regular o para retirar las armas de fuego de la sociedad civil?

Llevamos mucho tiempo conviviendo e ignorando la convivencia desde la violencia, y no pasa nada. El titular de hoy mañana estará olvidado y centraremos nuestro interés en otro foco de terrible actualidad.

Y este monstruo que se llama violencia, que lo recojan otros; tenemos más preocupaciones que son importantes. Nunca es tiempo de controlar algo que ya está descontrolado.

Más barrotes para los balcones, verjas y protecciones, seguridad para las casas, vigilantes armados: esas imágenes cotidianas son producto también de una convivencia violenta. Pero tenemos un gran país y también una marca país. ¿Qué tiene que pasar para que miremos la violencia de una vez por todas?

Clara Melanie Zaglul Zaiter

Doctora en Psiquiatría

Resido en Madrid de forma permanente desde 1999. Actualmente trabajo como Médica en la Consejería de Asuntos Sociales y Familia (COMUNIDAD AUTONOMA DE MADRID). Formada como Médica en UNIBE promoción 1996. Doctorada en Psiquiatría por la Universidad Complutense de Madrid 2001. Alumna del Doctor Juan José López Ibor y Juan Coullaut Jáuregui. Desde la Psiquiatría paso al estudio de la Demencia y el Deterioro Cognitivo Precoz. Experiencia profesional en el área de Demencias sector asistencial en grandes dependiente para las actividades básicas de la vida diaria por más de 20 años.

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