Hace unos días me llamó la atención algo que normalmente no habría mirado dos veces. Varias personas estaban reunidas. Ya no recuerdo de qué hablaban. Lo recuerdo porque, al final, la conversación no fue lo que me llamó la atención. Mientras unos conversaban, una mujer acomodó unas sillas que habían quedado fuera de lugar. Un hombre preguntó si alguien necesitaba ayuda para regresar a su casa. Otra persona recordó que había un medicamento pendiente. Nadie parecía estar organizando nada. Sin embargo, las cosas fluían con una naturalidad difícil de explicar.

Resulta fácil pasar por alto a quienes sostienen silenciosamente aquello que otros consideran importante. Algo parecido ocurrió en uno de los episodios menos comentados de las Escrituras. Mientras la atención estaba puesta en Josué y en la batalla que se libraba en el valle, Aarón y Hur permanecían junto a Moisés sosteniendo sus brazos cuando el cansancio amenazaba con vencerlo. Su tarea parecía secundaria, casi invisible. Sin embargo, el relato sugiere que, sin aquella ayuda silenciosa, el desenlace habría sido distinto. A veces la historia recuerda a quienes están al frente, pero la realidad suele sostenerse gracias a quienes permanecen al lado.

Quizás exista una razón más profunda. Los seres humanos solemos percibir con facilidad aquello que produce cambios visibles, pero prestamos menos atención a lo que evita que las cosas se deterioren. Recordamos la inauguración de un edificio más que los años de mantenimiento que permiten conservarlo. Celebramos la victoria, pero rara vez observamos las pequeñas acciones que hicieron posible alcanzarla. Reconocer a quienes sostienen no siempre resulta sencillo. Su aporte no siempre se manifiesta en algo nuevo que aparece, sino en algo valioso que logra permanecer.

He visto que esto ocurre en las familias, en las iglesias y también en las instituciones. Hay personas cuya contribución rara vez aparece en los informes, pero cuya ausencia se percibe casi de inmediato. No porque fueran las más visibles, sino porque estaban presentes en los lugares donde las cosas realmente se sostienen.

A veces tengo la impresión de que admiramos más a quienes construyen que a quienes permanecen. Construir es importante. Sin duda lo es. Pero sostener también tiene su mérito. Exige volver mañana, y después volver otra vez. Exige seguir cuidando algo cuando ya desapareció la emoción inicial. Exige asumir responsabilidades que probablemente nadie reconocerá públicamente.

Algunas de las personas más importantes de nuestra vida no coinciden con las más conocidas. Cuando recordamos a quienes dejaron una huella profunda, muchas veces aparecen nombres de personas que simplemente estuvieron ahí. Personas que acompañaron, escucharon, cuidaron o ayudaron a mantener en pie algo que era importante para otros.

Con los años he llegado a sospechar que una vida no se mide solamente por lo que logra alcanzar. También por aquello que ayuda a sostener. Entre los aprendizajes más importantes que el tiempo termina enseñándonos está este: las personas más valiosas no siempre son las que ocupan el centro de la escena, sino aquellas cuya presencia permite que otros, las relaciones y las instituciones permanezcan en pie.

Hay hogares que permanecen unidos gracias a alguien que nunca buscó protagonismo. Hay amistades que sobreviven porque una persona decidió seguir llamando. Hay instituciones que continúan funcionando porque alguien asumió responsabilidades que nadie veía.

La grandeza tiene menos relación con ocupar el centro de la escena de lo que solemos creer. Tiene más que ver con esa capacidad silenciosa de cuidar lo valioso para que otros puedan seguir adelante sin siquiera advertir el esfuerzo que eso implica.

Con el tiempo descubrimos que muchas de las personas que más influyeron en nuestra vida no fueron necesariamente las más visibles. Fueron las que estuvieron presentes. Las que llamaron. Las que acompañaron. Las que sostuvieron cosas que parecían sostenerse solas. Y casi siempre lo hicieron sin esperar reconocimiento.

Quizás por eso el sujeto invisible rara vez recibe reconocimiento mientras está presente. Su aporte suele confundirse con la normalidad de las cosas. Solo cuando falta comprendemos cuánto sostenía. Y es entonces cuando descubrimos que algunas de las personas más importantes de nuestra vida fueron precisamente aquellas que casi nadie veía.

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno

Educador

Matías Benjamín Reynoso Vizcaíno es académico, investigador y servidor público. Doctor en Educación por Nova Southeastern University (EE. UU.), ha desarrollado una trayectoria orientada al fortalecimiento de la calidad educativa, la formación docente y la articulación de iniciativas nacionales vinculadas a la educación técnico-profesional. Posee una sólida experiencia en procesos de gestión académica, diseño y actualización curricular, así como en proyectos de desarrollo institucional y en la mejora continua. Su pensamiento integra una mirada ético-espiritual centrada en la responsabilidad pública, la esperanza y la dignidad humana. También escribe bajo el seudónimo literario Benjamín Amathís, desde el cual desarrolla poesía, narrativa y textos de sensibilidad espiritual. Es columnista del diario Acento, donde aborda temas de ética, ciudadanía, vida pública y educación en la columna El Grano de Mostaza.

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