Los cambios acelerados que se producen en el mundo, especialmente en el campo de las ciencias, de las tecnologías; de las formas de aprender y de vivir, nos mantienen absortos. Es verdad que cuesta superar el asombro; cuesta, también, apropiarse de tantas innovaciones, de múltiples invenciones que aportan nuevas maneras de entender y de asumir la vida; y de comprender la cotidianidad. Todas estas sensaciones, no solo las experimentan los sujetos, sino que, también las viven las instituciones y la sociedad. Pensarlas y darles seguimiento desde lo que ocurre en la educación, de forma particular en la educación superior, requiere atención y un redireccionamiento. El reenfoque es necesario para que el desarrollo de los actores y de los objetivos misionales de estas instituciones respondan con coherencia a la filosofía que asumen.

La causa principal de una forma diferente de encauzar la educación superior estriba en la radicalidad con la que se conciben y asumen los avances tecnológicos. Estos están desplazando el sentido humanizante de las instituciones de educación superior. En el mundo actual, el rechazo a los avances tecnológicos es inadmisible; constituye una mirada y postura involutivas. Pero, endiosarlas y sacrificar por ellas el compromiso humanizador de la educación superior es, también, un tipo de locura. A este aspecto no se le está prestando la atención debida. Continuar en esta dirección significa eliminar una dimensión esencial de la educación en todos sus niveles y órdenes.

La situación se vuelve más peligrosa por el desplazamiento de campos del conocimiento vinculados a la filosofía, a las ciencias sociales y a la ciencia política. Estos saberes son fundamentales para fortalecer una cosmovisión más humana, más comprometida con un desarrollo integral. Las tecnologías son necesarias e importantes. Pero, considerarlas como núcleo central de la formación universitaria, marginando la atención a valores nucleares como la democracia, la inclusión y la libertad es un sinsentido que genera deformación y deterioro de la naturaleza humana. Apelamos a una educación superior capaz de aprovechar los adelantos científicos, tecnológicos y sociales sin crear fracturas en las concepciones, valores y acciones de los estudiantes, de los docentes y de los gestores.

La formación humanizante, más que reducir las capacidades y las opciones de los actores de la educación superior, amplía la visión de las personas; potencia las habilidades para acoger y valorar los nuevos saberes que los avances del conocimiento y del mundo van produciendo. Esta formación crea solidaridad, afirma la interdependencia entre los humanos; y fortalece las capacidades de los estudiantes, docentes y gestores para ser. Sí. Para ser ellos mismos y superar una conciencia y una práctica instrumentalizadas por tecnologías que no se quieren asumir como medios; que se presentan y promueven como valor absoluto. Esta forma de aplicar y de promover las tecnologías de la información y de la comunicación constituye un error que no se quiere ver ni admitir.

El avance de las guerras, de la manipulación política y de la desorientación social radica, en gran parte, en la degradación del sentido humanizante. La recuperación de este sentido ha de ser tarea obligada de la educación. Por tal motivo, la educación superior tiene una responsabilidad impostergable en esta tarea. Para ello ha de clarificar internamente su posición entre lo humano y la revolución tecnológica. No puede haber oposición entre estos ámbitos. Tampoco puede haber supremacía tecnológica y debilidad progresiva de la humanización de la educación superior. Este decrecimiento del sentido humanizante se percibe en la exacerbación de las tecnologías que adquiere y aplica; y en el déficit de democratización, de atención a los valores de los estudiantes y de los docentes. Estamos frente a una educación superior subsumida por la rutina; ensimismada por la tecnología y con retrasos en la formación de actores con mayor capacidad para asumir y gestionar su libertad; su corresponsabilidad social y política. Celebramos la graduación de miles de profesionales cada año. Pero, no nos damos cuenta de que la obsesión por las nuevas tecnologías, como la Inteligencia Artificial, está carcomiendo los valores que humanizan, que hacen de la persona un ser capaz de sentir y de solidarizarse con los otros.

Trabajar para que la educación superior fortalezca su dimensión humanizante sin desmedro de una producción científica apoyada por la tecnología más avanzada es una tarea obligada. Tecnología, sí. Dominio absoluto de la tecnología, socavando la humanización de la educación superior, no. Hay que evitar pensar estos dos aspectos como excluyentes. Por el contrario, se han de asumir con su especificidad, se han de potenciar desde lo que significa cada uno.

En un mundo cada vez más injusto e inhumano, la educación superior no puede ser cómplice. Debe asumir una posición en favor de los procesos, de las prácticas y de la productividad que eleva el valor de la persona; que construye relaciones y culturas donde las personas tienen el reconocimiento que merecen, por lo que son; no por las tecnologías que dominan y exhiben. Humanización con un uso racional, inteligente y solidario de las tecnologías avanzadas debe ser la mira.

Dinorah García Romero

Educadora

Exrectora del Instituto Superior de Estudios Educativos Pedro Poveda (ISESP). Miembro de Número de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Miembro Titular de la Carrera Nacional de Investigadores. Miembro de la Comisión de Educación de la Academia de Ciencias de la República Dominicana. Investigadora del ISESP. Dra. en Sicología de la Educación y Desarrollo Humano.

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